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Parábola: El Buen samaritano Nº 2

 

Mira este hombre. Va a emprender un largo viaje.

 Mete en la alforja algunos bocadillos y un termo con té. Luego, se monta en el burro.

 ¡Arreee!

Pronto quedará atrás la ciudad.

  El sol calienta mucho, y la larga cuesta que hay que subir hacer resoplar al burro.

   El camino discurre entre altas rocas. Es un lugar oscuro, lleno de sombras.

   “No me gusta esto”, dice para sí el hombre. Tiene el extraño presentimiento de que alguien le está acechando.

De repente, lanza un grito. ¡Ladrones! ¡Son tres!

Le roban el burro y todo lo que lleva. Con su propio bastón le dan un fuerte golpe en la cabeza.

Al poco rato alguien se acerca por el camino. Viste buenas prendas. Es un obispo.

Se detiene…, luego acelera el paso, finge no verlo. Tal vez llega tarde a un asunto importante.

A lo mejor tiene miedo

El hombre se despierta y empieza a pedir auxilio.

¡Ah! Por ahí llega alguien. Un hombre con peluca. Un juez.

¡Auxilio! ¡Socorro!

Pero el juez simula no oírlo y apresura el paso. Igual que el obispo.

El sol brilla en lo alto del cielo. El hombre tiene calo. Su garganta está seca. Pero otra vez se oyen pisadas. ¿Quién será?

¡Oh, no! Es un extranjero, es de otro país. Para él, nadie es amigo. ¿Por qué iba a detenerse para ayudarle?

 

Pero el extranjero se detiene. Habla amablemente al hombre en otro idioma, y le ayuda a beber un poco de agua.

Le lava las heridas y, con cuidado, le pone una venda alrededor de la cabeza.

 

El extranjero ayuda al hombre a montar en el burro. Lo sujeta con el brazo para que no se caiga, y lo conduce suavemente camino abajo.

En la población próxima, el extranjero le busca una posada. Lleva al hombre a la cama y paga al posadero.

 -Cuídalo hasta que yo vuelva, le dice.

 

Jesús dice: “Quién de los tres se portó como buen vecino?¿El obispo, el juez o el extranjero?”