"EL INSUPERABLE TÍO WENCESLAO"
                                       
Javier Rey de Sola

 

Capítulo 21

 

El de frac y bigote saltó de nuevo al centro de la pista. La oscuridad se hizo a su alrededor y él quedó iluminado por un foco.

-Ahora, distinguido público -comenzó a decir con aire de misterio, mientras nos envolvía un absoluto silencio-, va a tener lugar un suceso donde la realidad y la magia confunden. Algo que ha sido reflejado con el mayor estupor por los corresponsales extranjeros de mayor valía... El episodio que a continuación tendréis la oportunidad de templar alcanza hoy, en esta noble e histórica ciudad, un rango difícil de superar. No quiero dejar de decir, por más que se considere retórico, que las vidas de quienes van a intervenir en breve correrán serio peligro, y que sólo su indesmayable entrega les permitirá culminar con éxito las terribles pruebas... Seguía hablando, cuando ocurrió algo absolutamente inesperado. Carlitos, que había estado rebullendo en su sitio, de repente se puso de pie en el asiento y gritó a pleno pulmón:

-¡Viva el tío Wenceslao!

El del frac hablaba tan bajo que a Carlitos se le oyó perfectamente. El del frac titubeó.

El tío miró mecánicamente a Carlitos, y mamá giró despacio la cabeza hacia su hijo menor, sin darse cuenta todavía de que era él quien había proferido el sorprendente grito.

El presentador iba a continuar hablando, cuando Asdrúbal, desde su sitio y con la boca llena de palomitas, gritó también:

-¡Viva el tío Wenceslaol Los demás Colaboradores y muchos amigos secundaron inmediatamente el grito.

-¡Viva el tío Wenceslao!

Al estar nosotros distribuidos por las gradas, el grito prendió y pronto fue coreado por buena parte del público.

-¡Viva el tío Wenceslao!

El tío Wenceslao estaba inmóvil, muy abiertos los ojos. Papá y mamá, bien le miraban a él, bien contemplaban estupefactos a Carlitos, que pateaba con furia en el asiento, voceando la consigna. El público era una marejada.

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El presentador hacía gestos con la mano.

-Mis queridos amiguitos...,distinguido público...Ahora en seguida... Tengan la bondad.

En vista de que no le resultaba, cambió de táctica.
-¡Pues bien! – dijo con una sonrisa deformada-. Yo también digo ¡Viva el tío Wenceslao! Y vivan todos los tíos, y los papás y las mamás...

El público había encontrado la manera de corearlo en un sólo grito, y sepultó la voz del hombre del bigote, el cual aún movía los labios.

Jaimito extrajo pausadamente su pistola de fulminantes y disparó. Comprendimos por qué su padre le había confiscado el arma. La detonación fue tremenda y convulsionó a la masa del público como si cada uno la hubiera sentido junto a su oreja. Jaimito siguió disparando hasta que agotó la munición. Para entonces, su padre había vuelto a retirar la pistola de la circulación y la mayoría del público estaba de pie, desconcertado.

En ese momento, entre los vivas al tío Wenceslao y al Plan Mundial que seguían emitiendo los Colaboradores y multitud de amigos, comenzó a oirse un sonido semejante a un maullido de gato, que creció en intensidad hasta alzarse sobre los restantes ruidos. El maullido era como si les pisaran la cola a infinidad de gatos a la vez, y transmitía una sensación desoladora que se tradujo en alarma entre la gente. Era el fuelle atómico de Asdrúbal.

Algunos empezaron a buscar la salida.

La carraca demoledora de Carlitos entró ahora en funcionamiento,  papá y mamá tenían una expresión de pesadilla. Mis pelotitas azules provocaban secos chasquidos entre los pies de las personas más cercanas. El de la carbonería tiraba directamente ovoides de carbón al del frac, quien optó por desaparecer tras las cortinas que tenía a sus espaldas. Algunos de los nuestros utilizaban una goma, terminada en una pequeña mano del mismo material, que efectuaba un veloz recorrido para dar una minúscula pero dolorosa bofetada a quien estaba desprevenido, tras lo que la goma volvía a poder del agresor, el cual miraba a su alrededor con aire ausente.

El estrépito, de tan variada causa, se incrementó con el llanto de niños pequeños y las angustiadas expresiones de los adultos.

Se inició el pánico propiamente dicho.

Muchos invadieron la pista, siguiendo el camino tomado por el presentador.

Nosotros tomamos la dirección indicada por papá, el cual, a pesar de todo, conservaba la sangre fría. Antes de abandonar las gradas, distinguimos a Berzosa dando aire con un pañuelo a su mujer. Ésta permanecía en su asiento, privada del sentido.

Alcanzamos el exterior y nos desparramamos con la muchedumbre por la explanada. Pasó a nuestro lado el padre de Jaimito, que empuñando una pistola, parecía un forajido dispuesto a pegarle un tiro a cualquiera.

Desde lejos percibimos cómo se tambaleaba toda la estructura de la carpa.

 

Capítulo 22

 

 

El periódico de la mañana reseñó en portada lo ocurrido. Una fotografía del circo, inclinado hacia un lado, como si lo hubiera empujado una mano de gigante, acompañaba la información. Los distintos portavoces -la policía, el jefe de bomberos, el director del circo..,- discrepaban acerca de la causa que había motivado el pánico. Habría una investigación, aseguraban. De entrada, la zona permanecería acordonada y se estaba apuntalando la estructura, que corría peligro de venirse abajo. Todo el mundo consideró providencial que no se hubieran producido desgracias personales.

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En casa, mamá tenía algo parecido a un ataque de nervios. Su preocupación éramos nosotros, principalmente Carlitos. Le invadía la aprensión de que se hubiera vuelto loco.

-Nunca le había visto así -decía llorosa-. Completamente desatado y moviendo esa carraca... Y Jorge lanzando bombas a la gente...

Papá no se atrevía a hacernos preguntas.

-¡Lo que no entiendo -decía- es por qué a todos les dio por vitorear a Wenceslao!

El tío Wenceslao iba y venía como una sombra. Papá y él habían discutido.

A media mañana, a pesar de que era domingo, telefoneó Berzosa. Por lo que entendimos, su mujer estaba en casa con fiebre. Al colgar, papá le dijo al tío Wenceslao:
-No hace falta que te presentes mañana. Ah, y que se alegra mucho de tu fama. Mamá se puso todavía más nerviosa.

Para colmo, Carlitos quiso empezar a vivir bajo una manta, por aquello de las cámaras ocultas. Mamá dio un grito y papá marcó ceñudo el teléfono del médico. Éste, que se llamaba don Genaro, vino en seguida. Auscultó a Carlitos y le recomendó vitaminas y reposo. A mí me echó una mirada de reojo, pero yo estaba sentado en una silla, sin hacer nada y mirando a la pared.

Estuvimos unos días sin salir de casa.

El encierro concluyó cuando Carlitos amenazó con fugarse a Borneo si no le dejaban salir a jugar con sus amigos. Después de consultar con don Genaro, se nos concedió la libertad. Los Colaboradores y amigos nos estaban esperando.

-Creíamos que no os volveríamos a ver -dijeron.
Sonreí.
-Ha habido que atender las consecuencias de la Estafa -dije.
-¿La Estafa? -se sorprendieron.
-Me complace deciros -proseguí- que la Estafa Mundial del tío Wenceslao ha triunfado completamente.

Asistían también a la reunión los desertores.

-¿Qué quieres decir con que ha triunfado? –preguntó uno de ellos.
-Sencillamente eso -dije.
-Os tenían que haber metido a todos en la cárcel -manifestó el otro.
-Era un riesgo que corríamos -dije.
-No me refiero a la Estafa -continuó-, sino a la que preparasteis en el circo.
-Aquello entraba dentro del Plan -afirmé-. El tío Wenceslao tuvo así la cobertura...
-El tío Wenceslao no hizo nada -aseguró el primer desertor-. Estuvo sentado mientras gritaban su nombre. Mis padres también gritaron hasta que se dieron cuenta de que hacían el ridículo.
-¿El ridículo? -repuse-. Entonces, ¿todo el circo hizo el ridículo?
-Claro que sí.

Me armé me paciencia.

-Lo que ocurre es que estáis avergonzados de vuestra cobardía.
Dijo el segundo desertor:
-Este circo ya no va a venir más...
-Por supuesto. Como que no era un circo -confirmé-. Era...
-Ya sé lo que vas a decir que era -siguió aquél, agresivo-. Lo que queremos que digas es en qué consistió la Estafa.

Todos dirigieron sus miradas hacia mí.

-Es una buena pregunta... -comencé.
-Ya lo creo que lo es -aseguró el primero.
Cabeceé.
-No sé si estáis preparados para aceptar lo que os diga – dudé...
Los desertores aseguraron poder oir cualquier cosa, aunque también dijeron que no me creerían. Les dije que, en ese caso, no tenía sentido informarles. Y me replicaron que no tenía nada qua contar.
-Sin embargo lo diré -prometí-. Pero no por vosotros, que os mereceríais pasar el resto de vuestra vida sin saberlo. Sino por los Colaboradores y amigos, sin cuya ayuda y desinteresada entrega...
-¿Lo dices o no?

Suspiré.

-Hay aspectos que no puedo revelar – informé –por lo que quizá tardemos un tiempo en conocer los pormenores. Lo que sí puedo decir es que la red ha funcionado a la perfección, que la policía no ha conseguido capturar al tío Wenceslao, a pesar de destacar contra él a los mejores agentes, y que las amenazas que pendían sobre nuestras cabezas han desaparecido en su mayor parte. En cuanto a la Estafa...
-Es lo que queremos saber -insistió desafiante el primer desertor.
-En cuanto a la Estafa -proseguí ignorándole-, se trataba de conseguir el dominio de nuestras mentes, para mandarnos encadenados a... -dudé- a Borneo y hacernos trabajar como esclavos en una plantación que tenían -hice una pausa, sudaba-. Ahora ya no hay por qué preocuparse.

No supieron qué decir. Dudaban, mirándose entre sí.
-Eso no es una estafa -protestó finalmente el segundo desertor.
-Los que pretendían eso han quedado estafados -repliqué-. con un palmo de narices. ¡Habría que haberles visto la cara!. -me reí.
-¿Tú se la has visto?

Asentí.

Quisieron conocer detalles de Borneo y de la plantación donde internarían a la población mundial con objeto de que trabajara para "ellos". Muchos centraron su interés en el modo de conseguir el dominio de la mente.
-Mi padre dice que eso ya lo hacen -informó uno.
-¿Veis? -dije-. Pues contra semejante dominio, que nos habría reducido a la esclavitud por el resto de la vida, ha sido contra lo que ha luchado victoriosamente el tío Wenceslao. Ha hecho una estafa en toda regla. Lamento no poderos dar detalles, pero todavía quedan asuntos por resolver. Cuando el tío Wenceslao, que partirá en breve hacia otro punto del planeta, como os anuncié -esa misma mañana lo habíamos sabido-, y nos envíe sus mensajes, probablemente utilizando palomas mensajeras...

Hablé largo rato y apenas me interrumpieron, ni siquiera los desertores. Me preguntaron por Berzosa, de quien dije que mantendría la tapadera, aunque su actuación no había pasado desapercibida para la policía. En el seno de ésta, se había desatado una lucha por el control a consecuencia de la actuación del tío Wenceslao, si bien todo indicaba que ganarían los leales. Rómulo y Remo tenían un papel muy activo, y parecía que iban venciendo a facinerosos como el de la gorra y sus secuaces.

Jaimito sacó del bolsillo el recorte de Remigio.

-Destrúyelo -ordené, aunque casi daba igual, pues estaba tan arrugado que ya no se podía leer nada.
El propietario del libro sobre los estafadores quiso saber qué hacer con él.
-Lo puedes conservar hasta que salga la próxima edición -le dije-. Incluirá lo que no puede contarse ahora.

El tío Wenceslao tenía su maleta esperando junto a la puerta. Papá se había despedido de él antes de salir para la oficina.

-Bueno, chicos –nos dijo el tío-. Espero que me escribáis de vez en cuando...
-¡Yo te voy a escribir todos los días! -prometió Carlitos, a punto de llorar.
-Y yo -dije también.
-Me conformo con una carta al trimestre -dijo el tío.
-Cuídate, Wenceslao -dijo mamá, dándole un beso-, No se está tan mal en el pueblo...
-Por un lado, no. Casi estoy deseando volver...

Cogió la maleta.

-Ah, me olvidaba -la volvió a poner en el suelo-. Os he comprado algo.
Sacó un paquete rectangular del bolsillo de su chaqueta.
Carlitos rasgó el envoltorio. Era un libro.
-Leed el título.
Le obedecimos.
-¡"Secretos y maravillas de Borneo"!

El tío Wenceslao nos guiñó un ojo.

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FIN

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reydesola@arrakis.es

 

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