"EL INSUPERABLE TÍO WENCESLAO"
                                       
Javier Rey de Sola

 

Capítulo 15

 

Delante de la nueva casa, reflexionamos acerca de si había en ella micrófonos o trampas. Yo opiné que era pronto para saberlo, y Carlitos recomendó, por si acaso, hablar en clave. Josué dijo que era preciso escuchar con atención al cabeza de familia, por si éste manifestaba alguna reserva.

El que se trasladaba se quedó pensativo.

Por la tarde, merodeando por la obra para hacernos con el perro, pues los obreros estaban a punto de terminar el trabajo, pasó una furgoneta con un megáfono.

"El próximo sábado, día 17, tendrá lugar un acontecimiento de la mayor importancia en la ciudad. Un suceso de trascendencia mundial se desarrollará ante la mirada atónita de la ciudadanía. Actuación avalada por los más importantes periódicos del mundo".

Y repetía lo mismo una y otra vez.
Olvidados de la mascota, les llevé a todos a un lugar apartado de la plaza.
Me subí a un banco y les dije con solemnidad:
-Colaboradores y amigos: La Estafa Mundial del tío Wenceslao, para la que hemos estado trabajando últimamente, se efectuará, tal como acabáis de oir, el sábado 17 ante vuestra mirada atónita -tomé aire y agregué-. ¡Ahora ya sabéis la fecha!
Se quedaron de piedra.

Volvió a pasar la furgoneta.
-¿Quieres decir -fue lo primero que preguntaron - que lo que anuncian los altavoces es el Plan Mundial?
-Eso mismo.
-¿No era un Plan secreto?
-Lo es.
-Y entonces, ¿por qué lo anuncian? - insistieron.

Paseé la mirada por la concurrencia.
-Fijaros cómo lo dicen -expliqué-. Lo anuncian de forma que sólo nos enteremos los que ya estamos sobre aviso. Los demás siguen sin saberlo. Es un doble juego, ¿comprendéis?
-En realidad se trata de comunicarnos la fecha - dijo el que primero lo entendió.
-¡Exacto! -confirmé.
- Pero la gente puede sospechar.
-Casi es mejor -dije-. Así no cunde el pánico: saben que "algo" ocurrirá, pero ignoran "qué". En cierto modo, se preparan.

Los pequeños no entendieron esto en absoluto.
-¿Y qué pasa si cunde el pánico? -preguntó uno de ellos.
-El pánico es lo peor que hay -les expliqué-. En las películas, cuando hay un incendio o se hunde un barco, avisan que no cunda el pánico.
-Y también -agregó Carlitos-, lo de las mujeres y los niños.

-¿Por qué tienen que decir lo de las mujeres y los niños? - se irritó un chico pelirrojo -.¡A mí me gustaría quedarme en el incendio!
-O hundirse uno en el barco -le apoyó otro-. El capitán se tiene que hundir siempre con el barco.
-Siempre, no -contradijeron-. Sólo cuando el barco ya se hunde.
-Eso he dicho.
-No lo has dicho.
-¡Claro que lo he dicho! -repuso molesto-. A nadie se le ocurre que los barcos se tengan que hundir en cada travesía que hagan. Se hundirán si chocan con un iceberg...
-O con los arrecifes.
-O con un cachalote.
-O si estallan.

Les volví a conducir a lo que nos importaba.
-El día 17, en resumidas cuentas, tendremos que estar en estado de alerta.
-Yo no voy a poder -dijo un mayor-. Ese día creo que voy de visita con mi madre.
Le compadecimos.
-¿No puedes decir que no?
-Nunca puedo decir que no.
-Entonces tendrás que trabajar donde te pille la estafa -concluí.
-¿Qué tendré que hacer? -quiso saber.
-Te lo comunicaremos -dije-. ¿Alguien más tiene algo previsto para esa fecha?
-Nadie habló-. Bien, entonces recordadlo: el sábado 17 es el día elegido. Hoy es lunes. Quedan por tanto cinco días...

 

Capítulo 16

 

Martes y miércoles, la furgoneta circuló por las calles repitiendo una y otra vez lo mismo. Algunos, sobre todo los pequeños, temieron que la gente acabara identificando el auténtico mensaje y se desbaratara de alguna forma el Plan.

- Tiene que ser así -les tranquilicé-. Como si anunciaran cualquier producto. De lo contrario, muchos comenzarían a hacerse preguntas.
El pelirrojo apuntó:
-Se pueden preguntar qué es lo que anuncian.
-Ésa es la pregunta que quieren que se hagan -le respondió el que estaba a su lado-. Es una táctica publicitaria. La gente se interesa más y más, y cuando están a punto de reventar de curiosidad, la empresa va y dice lo que anuncia.

Le miramos con interés.
-¿Cómo lo sabes?
-Mi padre trabaja en eso -dijo con modestia.
-¿Lo veis? -dije.

Intervino otro.
-Esta mañana, mi padre se hizo una pregunta.
-¿Una pregunta? -le interrogamos-. ¿Qué clase de pregunta?
-Dijo mi padre: "Me pregunto por qué siempre el cuarto de baño está ocupado."
-Eso no es una pregunta -dijeron.
-Claro que lo es -se defendió éste.
-Pero no tiene nada que ver con lo del sábado.
-Yo no he dicho que tuviera que ver.

Varios manifestaron que sus padres también se hacían preguntas así, que en realidad no lo eran, porque sabían perfectamente la respuesta.
-Mi padre me pregunta -dijo otro- que por qué tengo siempre las rodillas sucias, que parece que me las pinto con una brocha.
-¿Te las pintas? -Le preguntó el de tres años.

Los desertores nos observaban desde la otra acera.
Iban juntos desde que desertaron. Les prometimos que no les haríamos nada y entonces cruzaron la calle.
Carlitos les dijo que su vida valía menos que un pepino. Otros apuntaron que eran como una comadreja y una rata, y que pronto tendrían su merecido. Los desertores expresaron que la rata y la comadreja seríamos nosotros, y que nuestros padres nos iban a dar a todos una zurra. Respondimos que la zurra se la daríamos nosotros a ellos. Y para evitarlo, salieron corriendo tan atolondradados que un coche estuvo a punto de atropellarlos y tuvo que dar un frenazo.
El conductor salió del coche, lívido, y agarrándoles del cuello, comenzó a gritarles.

- ¡Casi los atropella! - exclamó Carlitos.
-¡Y ahora quiere estrangularlos! - dijo Asdrúbal.
De repente, y sín previo aviso, el de tres años se dirigió veloz a la casa de uno de los desertores, que vivía justo al lado.

Desde abajo, le voceó a su madre que un señor estaba estrangulando a su hijo. La madre, en bata y sin peinarse, lo que nos pareció raro, pues así no la habíamos visto nunca, se precipitó a la calle, encontrándose a los desertores recibiendo el rapapolvo del conductor.

Éste, al ver a la madre, les soltó. Aquélla dio unas tortas a su hijo y se enfrentó violentamente con el conductor, quien terminó introduciéndose de nuevo en el coche.
La madre golpeó la carrocería del vehículo según se ponía otra vez en marcha. Luego, se alejó con los dos desertores de la mano. Ambos lloraban.

Miramos con severidad al de tres años, y le preguntamos que para quién trabajaba. Contestó diciendo que no quería que los mataran, y que él no desertaría porque ya veía lo que les pasaba a los desertores.

Carlitos le avisó que no volviera a irse de la lengua.

 

Capítulo 17

 

Al día siguiente, Josué nos anunció que por fin había dado con la trampa. Nos sorprendió la tranquilidad con que lo dijo.
-¿Explotó? -se ilusionó Asdrúbal.
-No.
-¿Qué trampa era? -pregunté yo con más calma.
-No era una trampa -dijo Josué-. Mejor dicho, sí lo era.
-¿Era o no era? -preguntamos irritados.
-Era -titubeó-. Pero no el tipo de trampa que nos figurábamos.

Parecía confuso.

-Cuéntanos –ordené.
-No era una trampa de esas en las que uno queda atrapado o muerto -relató, dando pataditas a una piedra -. En realidad, era una trampa mucho más peligrosa -levantó la cabeza-. Mi padre se refería a unos papeles...
-Serían papeles venenosos -sugirió Carlitos-. En una película, todos los que recibían una carta quedaban envenenados porque el veneno, que estaba en el sobre, les pasaba por la piel.

-No eran papeles venenosos -reconoció Josué-. Se trataba de una especie de chantaje...
-¡Exactamente lo que yo dije! - les miré triunfante. Josué me devolvió la mirada.
-Mi padre volvió a sacar el tema anoche –siguió con cautela-. Resulta que le han hecho un seguro en el trabajo.
-¿Qué es un seguro? -preguntó un pequeño.

Josué no se dignó contestar.
-Si se muere, le dan a mi madre dinero. Pero la trampa consiste -agregó ceñudo - en que se tiene que morir en el trabajo. Y de accidente. Si se muere en cualquier sitio, o de una muerte que no sea de accidente, no le dan el dinero a mi madre. Dijo mi padre que menuda trampa.
-¿Y si le asesinan? -preguntó Jaimito.
-Se tiene que morir trabajando -subrayó Josué-. Dijo mi padre que no pensaba morirse de ninguna manera, y mucho menos trabajando. Dijo que iban listos si esperaban que además de deslomarse todo el día se muriera. ¡Ja!, dijo mi padre.

Alguien preguntó: -¿Y para qué quiere tu padre el dinero si se muere?
-Eres tonto -le dijimos-. El dinero sería para su madre y para él... suponiendo que se lo dieran.
-Eso mismo dijo mi padre -reiteró Josué-. Que estaba por ver que se lo dieran. Pero que él procuraría que no llegara el caso.

- A mi padre en cambio le gustaría -dijo otro-. Siempre está jugando a la lotería y otras cosas.
-¿A tu padre le gustaría morirse para que le pagaran? -Le preguntamos.
Aquél reflexionó.
-Creo que no - dijo al fin.

Quedó claro que recibir un dinero a cambio de morirse de accidente, con lo dolorosa que sería semejante muerte, y hacerlo después de haberse deslomado trabajando, como decía el padre de Josué, era una de las peores trampas que podían imaginarse.

-Una trampa mortal -dije.
Todos se mostraron de acuerdo.
-De todas formas -previne-, que tu padre se ande con ojo no le vayan a asesinar. Sobre todo si luego no le dan el dinero.
Josué nos dijo que advertiría a su padre.
-No es mala idea que se entrene con las pesas –concluí.

Distinguimos a lo lejos al hombre de la gorra. Corrimos.
-Pasado mañana habrá quedado neutralizado –dije.

 

Capítulo 18

 

La víspera del día de autos, como quedamos en llamar a la jornada en que el tío Wenceslao ejecutaría su estafa, de naturaleza aún desconocida para nosotros, el megáfono de la furgoneta añadió otra entrega a su mensaje.

"¡Lo nunca visto! ¡El mayor espectáculo del mundo! Después de su exitosa gira por casi todos los países, de la que se han hecho eco los rotativos más importantes, el Circo Mundial tiene el honor de presentar en esta ciudad su extraordinario plantel de artistas y payasos, trapecistas y los más arriesgados domadores, junto con auténticas y llamativas sorpresas que harán las delicias de niños y mayores. ¡Osos polares, leones del Atlas, serpientes del Amazonas...!"

La furgoneta llevaba ahora unos llamativos carteles que confirmaban lo dicho. Al llegar a nuestra altura, un puñado de papeletas salió volando por la ventanilla.
Ninguno se agachó para cogerlas.
La furgoneta se alejó.

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Los que allí estaban volvieron lentamente el rostro hacia mí. Su mirada expresaba decepción.
-Era eso... -musitaron.
-Un circo...
Supe lo que pensaban, y reaccioné al momento.
-¡Qué endiablada astucia! -exclamé-. ¡No podía ser menos, tratándose del tío Wenceslao! Se extrañaron.
-¿Qué quieres decir? -me preguntaron.
-¡Lo habéis oído tan bien como yo! -me entusiasmé-.¡Se trata del circol
-¿El circo?
-¡El Circo Mundial....! ¿Comprendéis? ¡La perfecta tapadera!

Comenzaron a barruntar a qué me refería.
-¿El circo es una tapadera como la de Berzosa...?
-¡Mucho más importante! -aseguré-. El circo es la tapadera que permitirá realizar el Plan.

Recelaban.
-A mí me parece que es un circo -expresó uno.
-¡Y lo es! -confirmé-. Es un circo de verdad... mandado venir por el tío Wenceslao. Nunca hasta ahora lo hemos visto por aquí, ¿no?
Asintieron.
-A éste, no.
-Han venido otros. Una vez vino un circo de marionetas.
-¡Marionetas! -dije con desprecio.
-Y tiovivos.
-También viene todos los años la feria de ganado. Les interrumpí.

-Tenemos que acudir todos al circo. Hay que hacer lo imposible para que nos lleven nuestros padres. Es probable que recibamos allí la consigna.
-¿Qué consigna? - preguntó Asdrúbal.
-La que nos indicará lo que debemos hacer -respondí.
El que tenía que ir de visita con su madre estaba furioso.
-¿Dónde estaré yo si se necesita mi ayuda? – se preguntaba-. ¡De visita con mi madre!
Prometimos considerarle como si realmente fuera al circo, pero él siguió murmurando por lo bajo.

- ¿Irá el tío Wenceslao? –preguntaron.
-Es el cerebro -y añadí-. Será el día más ocupado de su vida.
-¿Más que cuando estafaba con las locomotoras? -preguntó uno de los pequeños.
-Mucho más -dije-. Lo de las locomotoras no es nada comparado con lo de mañana. Me río yo de las locomotoras
-Y, en efecto, solté una risa.
Todos se rieron de las locomotoras.

- Yo tengo una pistola de fulminantes -dijo Jaimito.
-¿Aquélla que te quitó tu padre porque hacía un ruido espantoso? -le preguntó Josué.
-Sé dónde la guarda -respondió Jaimito, ceñudo.
-Llévala -ordené-. Y que cada uno vaya armado como pueda.
No quedó nadie sin decir qué llevaría. Salió a relucir un arsenal.

En pleno debate, se aproximó el tío Wenceslao. Le acompañaba el de la gorra. Iba éste a decirnos algo, cuando se le adelantó el tío:
-¿Os habéis enterado de lo de mañana?
-Sí -dijimos todos a la vez.
El de la carbonería preguntó:
-¿Irá usted?
-Yo no puedo faltar -respondió el tío con una sonrisa.

Uno añadió:
-¡Estamos dispuestos a dar hasta la última gota de nuestra sangre.!
-Caray, chico -dijo el tío-. Bastará con pagar la entrada -y le hizo un guiño al de la gorra.Se marcharon.

-¿Habéis visto? -dijo Jaimito-. Esos dos se van a destrozar mañana.
Y como ya era tarde, nos fuimos a comer.

 

Capítulo 19

 

La mañana del sábado, confirmado que iríamos todos al circo, incluso el que tenía que hacer una visita con su madre, la cual a última hora había desistido, recorrimos con la mirada vigilante las más importantes calles de la ciudad. Nos sorprendimos de la tranquilidad e indiferencia de la gente.

- Ignoran lo que ocurrirá a la tarde -decíamos.
Alguien propuso darse una vuelta por Sanitarios Berzosa.
El lugar ofrecía su imagen habitual.
-Nadie diría -comenté- que ahí dentro se fragua la operación del siglo.

Contemplábamos fascinados sus desconchados muros y la fila de retretes que se divisaba desde la calle.

Percibimos a Berzosa, con su inconfundible puro, a través de la ventana. Al reconocernos, sufrió un pequeño estremecimiento. Depositó los papeles que tenía en la mano encima de una mesa y salió con viveza a nuestro encuentro.
-¡Demonio de chicos! -exclamó-. ¿Qué queréis ahora?
-Sólo saber si está todo en orden -dije, imprimiendo a mi voz un tono de solemnidad.
-¿En orden? -masculló-. ¡Estaba en orden hasta que habéis aparecido!
-¿Irá al circo? -pregunté.
-¿Al circo? -repitió-. ¿Y a quién le importa si voy al circo?
-A nosotros -dijo Carlitos.
-Es usted un hombre clave -dijo Asdrúbal.
-Casi tan importante como el tío Wenceslao –añadió otro.

Berzosa mordió nerviosamente el puro y se lo pasó de un lado a otro de la boca.

- No tengo tiempo para pamplinas -dijo levantando el dedo-. Pero os advierto una cosa: ¡Estoy dispuesto a todo! ¿Entendéis ? iA todo !
-¿Pero le veremos en el circo? -insistí.
-¡Pues sí, señor!. -admitió-, ¡Iré con mi mujer! Creo tener derecho a un ratito de descanso. Y tendré la mayor alegría del mundo si os mantenéis lo más lejos posible! ¡Y ahora largo, que tengo trabajo!
-¡Suerte! -gritó Carlitos según nos íbamos.

Berzosa giró la cabeza y, apretando los puños, regresó a su oficina. No vimos por ninguna parte al tío Wenceslao.

Dije, refiriéndome a Berzosa:
-Su cabeza es un hervidero en estos momentos: mantener la tapadera y procurar que el Plan triunfe...
-¿Formará su mujer parte de la operación? –preguntó Josué.

Recordamos a la mujer de Berzosa: gorda y que charlaba por los codos.

-Lo dudo -dije-. Probablemente la llevará de coartada.
-¿Por qué ha dicho Berzosa que nos mantengamos lejos? -quiso saber otro.
-Temerá que nos pase algo –dije.
-Quizá desee vernos en otro punto del planeta –dijo Asdrúbal-. Puede que piense que nuestra presencia es necesaria en otro sitio. En el extranjero, o qué sé yo.
-Es posible que su intención sea que crucemos la frontera... más adelante -supuse.

-A mí no me dejarían cruzar la frontera –manifestó un pequeño.
-No hay que descartar -dije- que en el futuro tengamos que viajar a otros países. Al Polo, al Amazonas...
-O al Atlas -dijo Carlitos, siguiendo mi razonamiento.
-¿Al Atlas? -se extrañaron.
-Por supuesto -afirmé-. ¿No habéis oído el mensaje en clave de la furgoneta? Ya es hora de que comprendáis las cosas sin que os las tenga que explicar a cada rato.

Dijo el tío Wenceslao en la comida:
-Esta tarde, emoción a raudales -y nos guiñó un ojo-. ¿No tenéis miedo de que se escape un león?
-Eso es lo de menos -dije.
Mamá sonrió.
-¡Lo de menos!

Continuó el tío.
-A veces ha ocurrido y se ha zampado a medio público.
Papá le siguió la corriente.
-La carne de los niños es más tierna...
-Habrá cosas más importantes -dije- que si nos come o nos deja de comer un león.
-¡Cosas más importantes! - exclamó papá, fingiendo escándalo-. ¿Lo oyes, Wenceslao? ¿Qué te parece, Julia?
-Dejad de asustarles -dijo mamá-. Los niños se lo quieren pasar bien.
-Ya nos gustaría -dije pesaroso.
-Claro que nos gustaría -repitió Carlitos en el mismo tono.
-¡Vaya! -dijo papá-. Cualquiera diría que os llevamos a la fuerza...

Después de comer, nos encerramos en nuestra habitación. Por lo que pudiera pasar, habíamos quedado todos en dejar redactada nuestra última voluntad. Escribimos que cedíamos nuestros bienes a papá y mamá, señalando especialmente que, si desaparecíamos y no nos volvía a ver, no nos buscaran, pues nos encontraríamos efectuando otra importante misión en un lugar secreto. Y que tampoco le preguntaran al tío Wenceslao, suponiendo que no hubiera desaparecido como nosotros, lo que sería más probable. En cuanto a Berzosa, si conseguía mantener la tapadera, sería inútil que intentaran sonsacarle, aunque emplearan la tortura.

-¿Papá y mamá torturarían a Berzosa? -se interesó Carlitos.
-Ellos en persona, no. Pero habría gente dispuesta a ello.
Como destinos probables tras nuestra desaparición - y esto significaba condescender a la desesperación de nuestros padres-, apuntamos el Amazonas, el Atlas y ambos polos.
-Y Borneo -indicó Carlitos.
-¿Por qué Borneo? -me asombré, pues nadie lo había mencionado.

Pero Carlitos insistió en que pusiera Borneo.

Expresar nuestra última voluntad nos llevó todo el tiempo, pues no sólo teníamos que escribir lo anterior, sino que era preciso substraerse a los micrófonos, con que también nos comunicamos entre nosotros por medio del papel. Acabamos hartos de tanto darle al lápiz, pero logramos el objetivo. Conforme salíamos en dirección al circo, con papá, mamá y el tío Wenceslao, a Carlitos le invadió una gran preocupación. Se le ocurrió que, aparte los micrófonos, podían existir en casa cámaras ocultas, con lo cual habría quedado filmada nuestra última voluntad. Lamentó no haber escrito debajo de una manta.

Había que confiar en la suerte, como le dije. Además, ya no tenía remedio.

 

Capítulo 20

 

La carpa del circo se elevaba imponente en una explanada, ocupada mayoritariamente por el público, hasta el punto de que casi no se podía dar un paso. El tío Wenceslao miraba desafiante desde debajo del sombrero, y Carlitos y yo nos sentíamos orgullosos de él. De vez en cuando, nos guiñaba un ojo.
-Esto es grande, chavales.

Papá y mamá sonreían, y en general los mayores. En cambio, los niños enterados del Plan caminábamos sombríos, conscientes de lo que nos jugábamos. Divisamos a Jaimito y a Josué. El padre de éste parecía nervioso, detalle que comuniqué a Carlitos, quien tras mirarle observó:
-No creo que te haya hecho caso con las pesas.

Asdrúbal, a cierta distancia, devoraba una gigantesca bolsa de palomitas, como si no fuera a tener una segunda oportunidad. Nos hizo un saludo y, en seguida, volvió a quedar tapado por la gente.
Nos pusimos a la cola mientras los altavoces nos animaban a contemplar "el mayor espectáculo del mundo". Banderas de todos los países tremolaban en la punta de unos mástiles erguidos frente a la carpa.

Berzosa y su mujer, que se llamaba Clotilde, nos hicieron una seña con la mano. Papá y el tío Wenceslao respondieron, y éste último prolongó el saludo un segundo más de lo necesario, circunstancia que no nos pasó desapercibida ni a Carlitos ni a mí.
No vimos ni rastro de Rómulo y Remo, alias Remigio, ni del hombre de la gorra, Supusimos que estarían emboscados para jugar cada uno su papel en la conjura.

Nos introdujimos por una amplia entrada. Un hombre con casaca roja y sombrero de copa de colores cogía las entradas. Tenía cara de pocos amigos.
-Está preocupado -le dije a Carlitos.
No era para menos.

Sonaba la música según nos acomodábamos en los bancos. Entre el bullicioso público que rodeaba la pista, distinguimos salpicados estratégicamente a los Colaboradores y amigos. Jaimito era el que teníamos más cerca. Me pregunté si se habría hecho con la pistola de fulminantes. Como si me leyera el pensamiento, aprovechó para mostrárnosla en un momento en que su padre miró para otro lado. Carlitos y yo le sonreímos. Yo palpé las pelotitas azules que llevaba en el bolsillo que explotaban al hacer impacto. Carlitos, a su vez, disponía de algo que recibía el nombre de "carraca demoledora" y que habían retirado de los kioscos a consecuencia del sonido que producía. No sé cómo pudo procurarse una. Recordé las armas que los demás habían dicho que llevarían.

Los altavoces, con un chirrido, anunciaron que comenzaba la función. Se apagaron las luces de las gradas, quedando iluminada únicamente la pista, donde apareció de un salto un hombre de frac y con bigote. Saludó a los "queridos amiguitos" y al público adulto "que nos hace el honor de acompañarnos en esta feliz velada".

Sus palabras dieron paso al primer número de trapecistas. La verdad es que se nos pasó el tiempo sin sentir.
En el descanso, se volvieron a encender las luces, y Carlitos y yo pedimos permiso para acercarnos a nuestros amigos.

Jaimito ardía en deseos de utilizar su pistola.
-¿Cuándo nos darán la consigna? -preguntó.
Le dije que se mantuviera alerta.

Josué, debido al temor de que asesinaran a su padre, quien ignorando el peligro se reía a carcajadas con un amigo, estaba algo desmoralizado. Le puse la mano en el hombro.
-Valor... y atención a la consigna.

Asdrúbal se concentraba en sus palomitas.
-¡Ya me he comido tres bolsas! -nos informó.
Le dije lo mismo que a los otros, recomendándole que prestara menos interés a la comida.
-Puedo hacerlo todo a la vez -nos dijo con la boca llena, e hizo asomar de un bolsillo el "fuelle atómico", cuyos efectos no había querido comunicarnos.

Hablamos con todo el que pudimos, haciendo parecidas observaciones. El de la carbonería me dijo:
-¿Estás seguro de que va a pasar algo?
Me reí con suficiencia.
-Ya lo creo.

El altavoz nos avisó de que volviéramos a nuestros sitios.

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