"EL INSUPERABLE TÍO WENCESLAO"
                                       
Javier Rey de Sola

 

Capítulo 10

 

Carlitos le preguntó al tío Wenceslao:
-¿Quién es Remigio?
El tío manifestó sorpresa.
-¿Remigio?
-Empieza por la erre -apuntó Carlitos.
El tío sonrió.
-Ah, un juego -y levantó las palmas-. Me rindo.

Le dije a Carlitos:
-No puede admitir que le conoce. Peligraría su vida.
-¿La de Remigio?
-Y la del tío. Y también la nuestra. Seguro que está la casa plagada de micrófonos. En estos momentos, están grabando nuestra conversación.
Carlitos se impresionó vivamente. Empezó a decir algo, pero se tapó la boca.

-Lo mejor es hablar con naturalidad -le susurré al oído.
En adelante, nos comunicamos en casa por escrito.

-¿Qué manía os da ahora con los papeles? -preguntó mamá.

A Carlitos le preocupó este comentario, porque ponía sobre aviso a los escuchas. Para engañarles, comenzó a dar pistas falsas en voz alta.
-Ahora -decía- me voy a sentar en una silla a comer una manzana. Y hacía otra cosa completamente distinta.

O también:

-Estoy viendo cómo el tío Wenceslao mira la tele.
Y el tío Wenceslao no estaba en casa.
Mamá le miraba inquieta.
-Carlitos, ¿por qué hablas así?

Esa noche, desde la cama, oímos que mamá le decía a papá que Carlitos desvariaba. Teníamos una linterna y Carlitos escribió. "Mejor que piensen que estoy malo". ¿Papá y mamá ?", escribí a mi vez, "No, Papá y mamá, no. Los que tienen puestos los micrófonos. Papá y mamá no han puesto micrófonos".

Escribí que no hacía falta que se extendiera tanto, que los estafadores y espías anotaban una o dos palabras como mucho y que ello les resultaba suficiente. Y al escribir esto me extendí demasiado.
"Ya no lo voy a hacer", escribió Carlitos, y volví a insistirle en lo mismo. "Bueno", contestó.

Papá le quitó importancia a lo de Carlitos. Mamá de momento se tranquilizó, aunque se empeñó en que había que observarle.
A Carlitos le faltó tiempo a la mañana para contar lo de los micrófonos y decir que le observaban.

-¿Pero te observa tu madre o te observan los de los micrófonos?- preguntó un chico juicioso.
El relato de Carlitos había sido algo confuso.
- Los dos – explicó -. Pero los que me observan de verdad son los que han sembrado la casa de micrófonos.
Le gustaba la expresión, que ya habíamos utilizado.

- Ser Colaborador de tu tío es arriesgado - comentó el mismo chico, con un punto de envidia.
- Lo es – confirmé -. Podemos ser asesinados. El objetivo principal es el tío Wenceslao, naturalmente, pero nadie está a salvo. Ni siquiera vosotros - me dirigí a todos en general.
Los pequeños parecían hipnotizados.
-¿Tú crees que los demás tenemos micrófonos? - preguntó uno de éstos.
- Es lo más fácil – dije -. Aunque lo lógico es que hayan puesto más en nuestra casa, porque es donde vive el tío Wenceslao...
-¿Y cómo podemos saber si nos escuchan?
- No podéis. Los micrófonos están muy bien ocultos. Es imposible descubrirlos.

Rebulleron excitados. Expliqué el método que seguíamos Carlitos y yo.

- Espero que hasta ahora no hayáis revelado nada importante.
Algunos manifestaron escrúpulos.
- Nos tenías que haber avisado antes - dijo el de la carbonería.
- Es cierto – admití -. Aunque cualquiera podía haberlo pensado.

Josué inició un nuevo derrotero.
- Yo tengo una trampa en casa - dijo.
Esto suscitó gran interés.
-¿Una trampa? ¿De qué clase?
- No sé de qué clase. Lo ha dicho mi padre en el desayuno.
-¿Y a qué se refería?
- Ya digo que no lo sé - repitió con enfado -. Sólo ha dicho: menuda trampa. Y que iban listos si esperaban que él muriera.

La impresión fue vivísima. Discutimos atropelladamente durante horas.

 

Capítulo 11

 

Josué refirió haber inspeccionado la casa sin descubrir la trampa.
-A lo mejor la has tenido delante de tus narices y no la has visto -le dijimos.
-Si la hubiera tenido delante, la habría visto - replicó molesto.
-Tu padre la ha descubierto -dijo Carlitos.
Josué reconoció que su padre era muy listo, y cada uno pretendió que su padre también lo era. Se originó un debate acerca de qué padre era el más listo.
-Cada padre es listo en una cosa -aseguró uno de los chicos más sensatos.
Entonces se quiso saber en qué cosa era más importante ser listo, y sobre este punto ya no hubo acuerdo.

-¿Os queréis callar? -les dije-. Interesa saber porqué su padre tiene los labios sellados acerca de la trampa.
Josué negó que su padre tuviera los labios sellados.
-¿Y por qué no dice dónde tenéis la trampa?
-Puede que la haya desactivado -insinuó Jaimito.
-No la ha desactivado – admitió Josué – Dijo mi padre que no movería un dedo. Que iban listos si esperaban...
-Hay trampas que se activan con la voz – le interrumpió Asdrúbal -. Por eso no habla: porque teme que salte la casa por los aires.

Se rechazó de plano el argumento.

-La razón es otra -dije-. Tu padre prefiere tener la trampa a que os asesinen a tu madre o a ti.
Josué palideció.
-Le han chantajeado -concluí.
-¿Y por qué quieren chantajear a mi padre? -preguntó Josué con voz temblona.
-Por algo de su pasado -comentó Asdrúbal-. Quizá fue contrabandista de joven.
-Tonterías -rechacé-, Le chantajean por la misma razón por la que nos pueden asesinar a nosotros: por el Plan Mundial. Aunque es probable que tu padre no sepa que es por esto. Él creerá que le han puesto una trampa por las buenas. Y mantiene la boca cerrada para protegeros -dejé que el pensamiento calara y añadí-:Tenemos como sea que entrar en tu casa.

-¿Todos? -se alarmó Josué, mirando al numeroso grupo.
-Todos, no. Llamaríamos la atención.
-A mi madre seguro que le llamaría la atención.
-No me refiero a tu madre -dije-, sino a quien pudiera estar vigilando.
Josué se mostraba reticente.
-Puede que descubra yo solo la trampa y la desactive.

Opinamos que si no la había descubierto hasta entonces era difícil que lo hiciera ya. Él replicó que los descubrimientos importantes llevaban su tiempo, y que los mejores investigadores y descubridores se tomaban a veces años hasta descubrir lo que querían.
-Y cuando lo descubren -remachó-, siempre dicen lo estúpidos que han sido por no haberse dado cuenta antes.
-Una cosa es un descubrimiento -maticé- y otra cosa es una trampa. Un descubrimiento puede esperar lo que quiera. Una trampa, no. Es un peligro demasiado grande.

Asdrúbal reiteró su idea del explosivo.
-Puede ser una bomba de relojería.-O vas caminando y se abre el suelo a tus piés -sugirió el de los pelos de punta.
Se plantearon las más diversas hipótesis.
-¿Y si se lo dijéramos al tío Wenceslao? –preguntó Jaimito.
-¿Sabe de trampas el tío Wenceslao? -se admiró alguien.
-¿Y de bombas? -insistió Asdrúbal.
-El tío Wenceslao sabe de todo -aseguré-. Pero no le vamos a distraer de la estafa.

Preguntaron cuándo sería lo de la estafa. Les dije que pronto.
-¡Pronto! -se impacientó uno de los mayores.
-Ocurrirá antes de lo que piensas -le dije.
-¿Tú sabes cuándo?
-Más o menos.
-No lo sabes -acusó.
-Lo sé con bastante aproximación -dije.
-Pues dínoslo.
-No puedo.
-¿Por qué no?
-Es alto secreto.
-Deberíamos saberlo -apoyó otro-. Al fin y al cabo estamos ayudando.

-Es preferible que lo ignoréis -aseguré-. Os lo podrían arrancar bajo tortura.
La mayoría pretendió que no hablaría.
-No resistiríais -les disuadí-. Os inyectarían el suero de la verdad.
-Yo me taparía la boca -dijo uno.
-Estarías atado.
-Me cortaría las cuerdas con un cuchillo.
-Te lo habrían quitado.
-Lo llevaría disimulado y no sabrían que era un cuchillo. Así no me lo quitarían.

Como me estaba hartando, dije que no me daba la gana de revelar la fecha de la estafa. Volvimos entonces a centrarnos en la trampa de Josué, en la dificultad de descubrirla y en el problema de entrar en la casa sin que su madre dijera que se iba a volver loca, como decía siempre que veía a muchos niños.

 

Capítulo 12

 

Por la tarde, sentados en el portal de Josué ideando la manera de introducirnos en su casa, vimos acercarse al tío Wenceslao con dos largos tubos de saneamiento sobre el hombro. Le acompañaba un amigo, y discutimos quién podría ser hasta que llegaron a nuestra altura.-¡Hola, chicos! -nos saludó el tío-. Veo que jugáis tranquilos -aprobó.

Y tras pronunciar alguna frase más, se despidió. Carlitos tuvo entonces un rapto de inspiración y dijo:
-¡Adiós, Remigio!
Y tanto el tío Wenceslao como su amigo se volvieron a mirarle.
Nuestra sorpresa fue mayúscula.
-¡Era Remigio! -exclamamos.

Carlitos se mostró muy ufano.

Leímos de nuevo el recorte, que llevaba Jaimito en el bolsillo. Estaba tan arrugado que prácticamente era ilegible.
-Aquí dice claramente que fue detenido por sospechoso – señalé -. O sea, que se ha tenido que escapar.
-O le han soltado -dijo Asdrúbal.
-Es posible -acepté-. En este caso, le estarán siguiendo para que les conduzca a la guarida.
-¿A qué guarida? -preguntaron.
-¿Cuál va a ser? -dije a mi vez-. Donde Berzosa.
-¿Y por qué no va la policía por su cuenta? –preguntó lógicamente alguien-. La policía sabe muy bien dónde está Berzosa.

Pensé.

-Otra posibilidad es que Remigio vaya armado.
-La policía también va armada -repuso aquél-. Le pueden pegar un tiro desde lejos.
-¡Desde un tejado! -se alzó una voz.
-¡Desde una azotea!
-¡O desde un coche!
-¡Sí, desde un coche camuflado...!

Y mientras discurríamos desde dónde podrían disparar a Remigio con ventaja, oímos por el hueco de la escalera a la madre de Josué, pidiéndole que subiera a merendar. Él dijo que lo haría en seguida.

-¿Cómo ha sabido tu madre que estabas aquí? -le preguntamos.
-Siempre lo sabe -afirmó éste con naturalidad.
Nos reprochamos haber hablado lo que habíamos hablado, pues no existía duda de que también tenían instalados micrófonos en el portal.
-De otra manera no nos habría oído tu madre – afirmé-.
La obligan a escuchar bajo amenaza de muerte. Os tienen pillados por la trampa, Josué -le compadecí.

De repente, caímos en la cuenta de que nuestras palabras seguían siendo registradas. Me llevé el índice a los labios e impuse silencio.
-Como tendrás hambre, Josué -le amonesté-, debes subir a merendar. Si lo deseas, uno de nosotros te acompañará, y el resto aguardaremos tranquilamente en el portal sin hacer ruido ni alborotar demasiado.
Josué se quedó perplejo de que le hablara en tales términos, pero le hice gestos hasta que el cabezota comprendió que me expresaba así por los micrófonos.
-Bueno -dijo simplemente.

Carlitos se ofreció a acompañarle.
-Me quedaré sentado en una silla -prometió- hasta que meriendes la última miga.
Lo de la "última miga" era algo que solía decir mamá.
Subieron.

Mientras esperábamos, charlamos precavidamente en tono insulso. Cuando estábamos más que aburridos de hablar así, y no se nos ocurrían más cosas, y parecía que se nos desencajaba la mandíbula, volvieron a aparecer aquéllos. Carlitos también había merendado. Salimos con sigilo del portal y descendimos la calle.

Suficientemente lejos, les interpelamos.
-¡Contad!
Josué se expresó con abatimiento.
-Según merendábamos, Carlitos pidió ir al cuarto de baño...
-¡Pero no entré! - afirmó éste-. En lugar de esto, inspeccioné las habitaciones.
-Yo las he inspeccionado mil veces -dijo Josué con sentimiento.
-¿Descubriste algo? -preguntamos a Carlitos.
-Sí -se dirigió a Josué-. Yo no sabía que tu padre tenía un juego de pesas...

La figura de su padre adquirió una nueva luz.

-Las ha usado una o dos veces -reconoció Josué, a la defensiva.
-Debería entrenarse más -aconsejé-. Puede verse envuelto en una pelea a propósito de la trampa y...
-Las pesas no tienen nada que ver. Llevan mil años en casa. Desde antes de que yo naciera.
Muy a nuestro pesar, dejamos el asunto.

-¿Algo más? -le pregunté a Carlitos.
-Miré debajo de un armario -continuó-, porque se me ocurrió que podía estar allí la trampa...
-¿La viste? -preguntamos ansiosos.
-Estaba muy oscuro.
-¿Por qué no encendiste la luz? -quise saber.
-Iba a hacerlo.
-¿Lo hiciste?
-No.
-¿Por qué no?

Carlitos se exasperó.

-¿Me dejas que lo cuente a mi manera? -y como no le respondí, siguió-. Tenía la cabeza metida debajo del armario y pensaba en encender la luz -me miró-, cuando vino su madre...
El corazón nos dio a todos un vuelco.
-Mi madre decía que dónde te habías metido –señaló Josué.
-¿Y qué pasó? -le interpelamos.
-Me preguntó su madre qué hacía en el dormitorio.
-¡No contarías lo de la trampa! -me alarmé.
-Le dije que se me había caído un duro y que había rodado debajo del armario.
-iQué mentira! -exclamó un niño pequeño.
-¿Se lo creyó? -preguntaron varios.
-Me ayudó a buscarlo.
-¿Y al no aparecer...?
-Sí apareció -dijo Carlitos, mostrando el duro en la palma de la mano.

Nos quedamos estupefactos,

Josué reclamó la moneda por haber aparecido en su casa. Carlitos se negó, y ese día terminaron enfadados.

 

Capítulo 13

 

Uno de nuestros seguidores nos anunció que él y su familia se cambiaban de casa dentro del barrio. La noticia adquirió su verdadera dimensión cuando afirmé:
-Extraordinario.
El que se trasladaba replicó.
-¿Qué es lo extraordinario?
Aguardé unos instantes, antes de responder con tono lúgubre:
-Creo que tus padres huyen.
-¿Que huyen? -preguntó éste con voz chillona -. ¿Y por qué habrían de huir?
-Muy sencillo -dije-. Mira la trampa de Josué. A vosotros no os ponen una trampa, pero os están apretando las clavijas. Tenéis mucho que ocultar..., de lo contrario no saldríais huyendo con la policía en los talones.
-No tenemos la policía en los talones.

Me puse frente a él, desafiante.
-¿No? ¿Quieres que comprobemos si tenéis la policía en los talones?
El otro, algo reticente, no se opuso.
Nos encaminamos en bloque hacia su casa, de donde saldrían en los próximos días.
-¿Dónde está la policía? -me retó.


Miramos arriba y abajo de la calle. De repente, Carlitos señaló un punto y gritó:
-¡Allí!
Dirigimos la vista en la dirección indicada. Una par de policías subía lentamente por la calle.
-iQue no nos vean! -apuró alguien.

Nos escondimos a toda velocidad tras las ruedas de un camión que estaba aparcado frente a la casa. Contuvimos la respiración.
-¿Os persiguen, o no? -le pregunté en susurros al interesado.
No respondió. Los policías se acercaban.
-Si se paran en tu casa -dijo Carlitos adecuadamente-, es que tenéis la policía en los talones.

Los policías llegaron a la altura del portal. Remolonearon un poco, y finalmente quedaron allí plantados con las manos a la espalda.
-¡Atiza! -exclamó Asdrúbal.
El interesado se puso pálido como la Luna.
-Ahora no puedes entrar -le dijimos.
-Mi madre está dentro -se angustió-. Y mi hermana.
Tenía una hermana pequeña de dos años.
-Si entras ahora te detienen -le avisé.

Temió que cuando llegara su padre del trabajo se lo llevaran esposado.
-Quizá os detengan a todos -señaló Jaimito.
-Y os encierren en un calabozo a pan y agua – añadió el de los pelos de punta.
El aludido tenía la cara descompuesta.
-Pero no te preocupes -le tranquilicé-. Llamaríamos al tío Wenceslao. Él os sacaría de la cárcel.

Habló entonces de entregarse. Había oído que los que lo hacían recibían una condena más leve.
-Que te crees tú eso -le disuadí-. Para un delito tan grande no puede haber condena leve.
-No estamos cometiendo ningún delito.
-¿Ah, no? -dije sarcástico-. Y entonces, ¿por qué nos escondemos detrás de un camión?

El hecho era tan obvio que no supo qué decir.
Los policías se movieron y continuaron su ronda calle arriba.
-Se van.
El protagonista del incidente respiró aliviado.
-No nos han detenido -dijo.
-Puede que no tarden en hacerlo -apuntó, lúgubre, Jaimito.
-¡Pero nos vamos a cambiar de casa...! – protestó el interesado.
-Servirá de poco -dije-. Os dará un respiro momentáneo. Quizá de entrada os pierdan la pista...
-O quizá no -dudó Asdrúbal, quien, abierto el apetito por el episodio, devoraba una sustancia indefinida.

Aquél estalló:

-¡Nos van a perder la pista, porque para eso nos cambiamos! ¡Y vamos a vivir en una casa donde no haya peligro, ni micrófonos, ni nada! ¡No nos vamos a pasar la vida huyendo! -concluyó.
-Es posible que os pongan una trampa como la mía - dijo Josué.
-Nadie ha visto tu trampa - negó éste, hosco.
-No tuvimos tiempo -dijo Carlitos.
-Por supuesto que tengo un trampa -defendió Josué-. Lo dijo mi padre.
-A lo mejor tu padre miente -dijo el de la casa.
-¡Mi padre no miente!
-No quiero decir que mienta -se excusó-, sino que no se expresa bien.

Josué insistió en que su padre se expresaba perfectamente.

-Discutir no nos lleva a ningún lado -tercié-. Así no lograremos nuestro objetivo.
-¿Y cuál es nuestro objetivo? -preguntó uno que jamás hasta ahora había abierto la boca.
-¿Nuestro objetivo? -repetí extrañado-. La Estafa Mundial, naturalmente.
-¡La Estafa Mundial! -bufó con desprecio-. Me parece que eso es un cuento chino.
-¿Ah, sí? ¿Un cuento chino?

Me contestó diciendo que yo, efectivamente, era un estafador. Y cuando me enorgullecí de serlo, me replicó asegurando que no se refería al tío Wenceslao, ni al Plan Mundial, ni a Berzosa, ni a la policía, ni a ninguna de las patrañas que me había inventado, sino a que yo era estafador de nacimiento. Para no haber hablado nunca, esta vez habló hasta por los codos.

Así tuvimos nuestra segunda deserción.
-Mejor que se vaya -recomendé.
-No quisiera estar en su pellejo -dijo Carlitos.
-A partir de ahora, su vida no vale ni esto –añadió Jaimito, enseñando un trozo minúsculo de uña.

Muchos expresaron su parecer.

-Vivirá como una rata.
-Como una comadreja.
-No tendrá un momento de respiro.
-¡Y cuando menos lo espere, le asesinarán! –remachó el niño de tres años que, en la anterior ocasión, afirmó que él no desertaría.

 

Capítulo 14

 

La mudanza no llevó más de tres días, durante los cuales no nos separamos del lugar. Observábamos a los implicados en la operación, según bajaban los muebles por las escaleras y los introducían en un camión.
En determinado momento dijo Carlitos, apuntando a un hombre que bajaba con esfuerzo una mesa de escritorio:
-Ese hombre tiene mala catadura.
El hombre le oyó.
-¿Mala catadura? -le dijo enrojeciendo-. ¡Te voy a arrancar las orejas!

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Nos retiramos a prudente distancia.

-Hay que tener cuidado -recomendé-. Esto está plagado de infiltrados.
Carlitos se mostraba ufano de que le hubieran amenazado.
-Ese hombre te la ha jurado -añadí-. Te habrá apuntado en su lista.
-¿Qué lista? -dijeron.
-Donde apuntan al que le van a dar el pasaporte.
-¿Qué es el pasaporte? – preguntó Carlitos.

Lo expliqué, y las caras de todos palidecieron. El hombre sacó en ese momento una libreta de un bolsillo de su camisa de cuadros y escribió algo con el lápiz que extrajo de su oreja.
-¡Tu nombre! -dijimos a Carlitos.
El individuo entró luego en una cabina de teléfonos e hizo una llamada. Al salir, nos lanzó una fría mirada.

-¡Ha llamado a la mafia para que te asesinen! -dedujo uno de nosotros.
Aconsejaron huir a Carlitos, y se propuso ir cada uno a su casa y obtener provisiones para él.
-No nos precipitemos -dije-. Si Carlitos huye, le alcanzarán. Con nosotros estará protegido.
Hubo murmullos de desaprobación. Costó diluir la imagen de Carlitos corriendo por los campos y pisándole los talones una banda de forajidos.
-¿Y quién le perseguirá? -preguntó un pequeño-. ¿La policía o la mafia?

Me mantuve firme.

-Nadie le va a perseguir, porque no va a huir. En cualquier caso -respondí-, serían los dos.
-No pueden ser los dos -aseguró uno de los mayores-.
Si es la policía, no puede ser la mafia. Son enemigos.
-Pero pueden querer la misma cosa -repliqué-. Además, la policía está infiltrada en la mafia, y la mafia está infiltrada en la policía. En algunos sitios son lo mismo.
-¿El tio Wenceslao es de la mafia? -insistió el pequeño.

Sonreí.

-El tío Wenceslao es demasiado listo para ser de la mafia. Es el jefe máximo de la más poderosa banda de estafadores que jamás haya existido. Ha tenido contactos con la mafia, como es lógico, pero ha sido para que le ayudaran. Y siempre ha terminado por engañarles.
El último día de mudanza, alcanzamos verdadero estupor al observar que uno de los camiones lo conducía el hombre de la gorra.
-¡Demonios! -exclamé-. El asunto se complica.

Quienes no le conocían le miraron fascinados.

Mientras el camión arrancaba, se acercó corriendo el que se trasladaba con su familia.
-¡Noticia bomba! -nos espetó-, ¿ Sabéis a quiénes hemos llamado para que hagan obras en la nueva casa? ¡A Sanitarios Berzosa!
El anuncio nos dejó nuevamente perplejos, pero en seguida apreciamos su lógica.
-Se trata de protegeros -dije-. Que no os pongan micrófonos, ni trampas, ni nada parecido.

Otra vuelta de tuerca la tuvimos casi ya de noche, al distinguir al tío Wenceslao charlando en un bar con el hombre de la gorra. En un primer momento, nos quedamos extrañados.
-¿No son enemigos? -preguntó el de la carbonería, pegando la nariz al cristal.
-Lo son -confirmé.
-¿Y por qué no luchan?
-Lucharán -aseguré-. Ahora se están estudiando el uno al otro.

El de la gorra se llevó la mano al bolsillo. Nos sobresaltamos, pensando que podía sacar una pistola. En su lugar, extrajo la cartera.
-¡Menos mal! -dijo Carlitos.
-Cuando llegue la hora -dije-, pelearán a dentelladas...
-Dejarán de lado esa caballerosidad -dijo Jaimito con elocuencia.

Sin embargo, la jornada nos reservaba todavía otra emoción. Apurábamos los últimos minutos antes de volver a casa, cuando nos topamos con el de la gorra al doblar una esquina. El pequeño de tres años gritó:
-¡Que nos mata!

La desbandada fue total, Dos señoras que venían de frente nos oyeron llamarle asesino y, participando de nuestra alarma, se dieron también a la fuga, saltando sobre sus tacones. La mala suerte quiso que una de ellas cayera en plancha sobre la acera y comenzara a dar voces de que la querían asesinar.
Hubo un gran alboroto que no me pude resistir a contemplar. Aparecieron vecinos y surgieron de algún sitio dos guardias que ayudaron a la mujer a levantarse. El hombre de la gorra se había esfumado.

- Es la segunda vez que intenta una acción en plena calle – dije a los pocos que nos reunimos después de esto.
-Y de noche – creo recordar que subrayó Asdrúbal.

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