"EL INSUPERABLE TÍO WENCESLAO"
                                       
Javier Rey de Sola


Capítulo 5

 

El nuevo destino del tío Wenceslao fue rápidamente conocido por niños de todas las edades. Corrió asimismo la voz de que entre ambos se habían cargado a mucha gente. Algunos lo quisieron poner en duda, pues aunque del tío Wenceslao no tenían más que las referencias que les dimos, conocían bien a Berzosa, quien llevaba muchos años radicado en el barrio.

Yo repetía hasta la saciedad:
-Precisamente por eso no despierta sospechas, Su negocio es una tapadera.
-¿Qué es una tapadera? -preguntó un niño pequeño.
-Lo que tapa -respondió otro, no sin lógica.
-Tonterías -le contradije-, Una tapadera es un negocio que se monta para ocultar el verdadero, que está perseguido por la ley.
-Como el de Berzosa -señaló Jaimito.
-Berzosa no está perseguido por la ley -apuntó otro.
-Claro que no -dije-. Porque tiene una tapadera.
-El tío Wenceslao sí está perseguido por la ley -dijo Carlitos-. Acaba de escaparse de la cárcel por las cloacas. El otro día lo intentaron asesinar en un almacén, y se salvó por los pelos. Ahora va a hacer una estafa mundial.

Hubo un silencio.

-¿Y le va a ayudar Berzosa?
-Para eso montó la tapadera -respondió Carlitos.
-¿Y quién es el jefe? ¿Berzosa o él? -preguntaron.
-En el edificio pone Sanitarios Berzosa -describí-.
Y Berzosa figura como jefe. Pero el cerebro es el tío Wenceslao.
-Yo le he visto -intervino otro- con una bañera a las espaldas.
-¿Lo veis? -dije.
-¿El qué?
Suspiré-Lo bien que funciona la tapadera.
-Eso no es una tapadera -negó uno de los mayores-. Es un buen negocio. Lo dice mi padre.
-¡Por supuesto que es un buen negocio! -exclamé-. De lo contrario, la tapadera se vendría abajo.

Asdrúbal llevaba un rato hurgando en sus bolsillos.

En lugar de regaliz o caramelos, que siempre tenía en abundancia, sacó todo arrugado el carnet de Colaborador del tío Wenceslao. Los otros Colaboradores le imitaron.
-¡Mirad! -esgrimieron triunfantes.
Por encima de los respectivos nombres, leyeron el epígrafe:
-Colaborador Secreto Del tío Wenceslao.
Los más reacios señalaron:
-Eso lo habéis hecho vosotros.
Terminé explotando.
-¡Claro que lo hemos hecho nosotros!. ¡Los carnets no crecen en los árboles! ¡Habrá que confeccionarlos! ¡Con-fec-cio-nar-los! -silabeé, porque comprendí que la palabra les había impresionado-. Ha sido necesario pasar pruebas muy severas para obtener este carnet.

El argumento hizo mella. Varios mostraron su disposición a pasar las mismas pruebas para ingresar en la banda del tío Wenceslao, con el correspondiente carnet.

-Esto es algo que no se puede decidir a la ligera -respondí.
Y como siempre tiene que haber un aguafiestas, el mismo que había afirmado que lo de Berzosa sólo era un buen negocio preguntó:
-¿Están firmados?
Me pilló de sorpresa.
-¿Firmados?
-Los carnets.
-¿Cómo van a estar firmados? -pregunté a mi vez.
-Todos los carnets llevan una firma. De la policía o de un ministro.
-¡La policía! -me burlé-. Estaría bueno que firmara la policía.
-Entonces el tío Wenceslao. Y Berzosa -añadió malévolo,

Era preciso tener en cuenta lo que decía.

-Estos carnets también irán firmados -prometí-. Hasta ahora no ha sido posible dada la rapidez con que se han sucedido los acontecimientos. La fuga de la cárcel y el intento de asesinato del tío Wenceslao...
-¿Firmarán Berzosa y el tío Wenceslao? -insistió el mismo.
-Firmarán.
-Si falsificáis las firmas nos daremos cuenta -advirtieron.
Los Colaboradores quedaron desmoralizados. Opinaban que, por razones familiares, conseguir la firma del tío Wenceslao sería fácil. El problema lo planteaba Berzosa.
-Al tener la tapadera no querrá firmar -titubeó Josué-. Podrían descubrirle.
Desdeñé la posibilidad.

Esa misma noche, el tío estampó las cinco firmas.
-¿Autógrafos? -sonrió-. Yo también los coleccionaba de niño.
Papá y mamá se extrañaron un poco de que no les solicitáramos su firma.
A la mañana, devolvimos el pringoso carnet a cada Colaborador.
-¿Pone tío Wenceslao? -preguntó Jaimito, acercándoselo a las gafas.
-Eres tonto -le dije-. Pone Wenceslao Rodríguez, que es su nombre.

A Berzosa lo encontramos apoyado en la pared, fumando un puro. Le conté lo de los autógrafos y él, haciéndonos pasar a su despacho, cogió una pluma y firmó al lado del tío Wenceslao. Nos regaló a cada uno un llavero con un retrete pequeñito. -Nada, chicos. Que juntéis muchas firmas -nos despidió amable.

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Enseñamos los carnets a todo el mundo. La mayoría quedó convencida. Pero el mismo incrédulo de siempre dijo:
-Eso no quiere decir nada. Han firmado porque os conocen.
Me mostré dispuesto a hacer lo que quisieran con tal de disipar definitivamente cualquier duda.
-Berzosa es el brazo derecho del tío Wenceslao, ¿no?
Dije que sí.
-O sea, que en realidad es vuestro jefe.
Un poco a mi pesar, lo admití.
-Entonces, salúdale llamándole jefe o algo así.

Nos dirigimos de nuevo donde Berzosa. Éste hablaba con un cliente. Me acerqué a él con las manos en los bolsillos mientras los otros observaban.
-¡Hola, jefe! -le saludé.
-Hola, chaval -me respondió.
Volví junto a ellos, muy ufano.
-Yo también llamo jefe a quien me da la gana -me espetó el escéptico sin dejarse convencer, a pesar de que él mismo había señalado el saludo como prueba.
-¿Y te contestan? -le desafié.

Discutíamos en cuchicheos, para que no nos oyera Berzosa. En determinado instante, el cliente, agitando un papel que tenía en la mano, dijo:
-¡Esto que me cobra usted es una estafa, amigo Berzosa!
Berzosa respondió, muy sonriente:
-Ya sabe usted que mi negocio es la estafa.

Nadie volvió a ponerme pegas.

 

Capítulo 6

 

En adelante, el Plan Mundial adquirió una amplia resonancia entre la población infantil de los alrededores. Sanitarios Berzosa comenzó a ser visitado por un continuo goteo de niños de todas las edades que deseaban contemplar a Berzosa, fumándose negligentemente su puro a la puerta del negocio, y al tío Wenceslao, manejando los utensilios propios del trabajo.

Advertí muy seriamente que el que se fuera de la lengua moriría. Había agentes diseminados por las esquinas dispuestos a eliminar a quien hiciera falta. Nadie discutió la orden.

Alguien descubrió entonces en la biblioteca de su casa un libro que se titulaba "Grandes Estafadores", Lo trajo muy excitado y lo abrió por determinada página.
El propio retrato del tío Wenceslao, trajeado y con un nudo de pajarita, nos contemplaba desde un paisaje con algunos cactus. A su espalda, cruzaban de lado a lado de la foto unos raíles. Un montón de cabezas se agolpó sobre la imagen.

-Es él -confirmé, emocionado.
Leyeron el texto.
-Aquí dice que estafaba locomotoras -señalaron.
-¿Las estafaba o las robaba? -preguntó uno, cuyo padre tenía una carbonería a la que nuestras madres nos prohibían acercarnos.
-Las estafaba. Iba por los pueblos, le daban dinero para trazar la línea férrea y luego desaparecía sin dejar rastro. Ganó una fortuna.
-¿Y dónde era? -preguntó otro.
-En Estados Unidos.
-Hasta ahora no nos habíais dicho que el tío Wenceslao estafaba locomotoras -nos reprocharon.
-No podemos pasarnos el día contando lo que ha hecho el tío Wenceslao -repliqué-.No terminaríamos nunca. El tío Wenceslao ha estafado todo lo que podáis imaginar. Ya de niño estafaba en el colegio. No pasaba una hora sin que estafara a alguien. Si andamos contando las estafas que ha realizado el tío Wenceslao, no haríamos otra cosa. Ni siquiera dormiríamos. Y la policía podría seguirle las huellas, pues muchas estafas permanecen secretas hasta el día de hoy, y no es cuestión de que nosotros le descubramos. Le volverían a meter en la cárcel -hice una pausa-. Aunque daría igual, porque en seguida se escaparía.
-¿Por las cloacas?
-O por el tejado. Por cualquier sitio.

Hubo un breve silencio durante el cual volvieron a estudiar la foto.

-Se le parece y no se le parece -dijeron.
-Tened en cuenta que ha pasado tiempo desde lo de las locomotoras.
-Aquí pone que lo hizo -leyó el dueño del libro -en mil ochocientos... ¡caray, hace un montón de años....!
-Lleva infinidad de años estafando -aseguré-. Ha estafado en los cinco continentes.
-Fijaros qué ropa lleva -dijo uno que tenía los pelos de punta y que jamás conseguía peinárselos-. Es antigua.
-Esa ropa la tiene en el armario -dije-. En cada operación se viste de una manera.
-Cuando llegó a casa -dijo Carlitos- se ataba el pantalón con una cuerda. Papá le tuvo que dar un cinturón.

Era verdad.

-Es la cuerda que utiliza para fugarse -revelé-. Se creen que le sirve para sujetarse los pantalones y, en el momento que menos piensan, se descuelga por ella hasta la calle.
-Ya tiene que ser larga esa cuerda -señaló el que se había mostrado tan receloso con los carnets, y que no había vuelto a decir nada.
-Varios kilómetros -afirmé tranquilamente-. Es una cuerda especial. Hubo exclamaciones de asombro.

Volvimos al libro. Su propietario se mostraba muy orgulloso.

-Nos has hecho un valioso servicio -pronuncié-. Pero recuerda que tanto el libro como lo que aquí se ha hablado es confidencial. Recordadlo todos.
Asintieron.
-¿Quién más viene en el libro? -quisieron saber.
Pasé rápidamente las hojas con el pulgar.
-Otros estafadores -dije con desgana-. No digo que no tuvieran su mérito, pero han muerto ya. No fueron suficientemente listos. El único superviviente es el tío Wenceslao.
-Eso significa que tiene más de cien años -el incrédulo, que había estado haciendo cálculos, volvió a la carga.

Le miré. Recorrí con la vista las caras expectantes.

-Os asombraríais si os dijera su verdadera edad.
-Dínoslo –pidieron.
Guardé un silencio calculado.
-No puedo cargaros con una revelación tan sensacional. La mayoría no podría resistirlo. Os vería caer muertos a mis pies.
-¿Qué edad tiene? -insistió aquél de malos modos.
Hice un gesto resignado.
-¿De verdad queréis saberlo? Está bien... Pero no me considero responsable de lo que os pase. El tío Wenceslao tiene... ¡casi doscientos años!

Hubo un alboroto indescriptible. Los propios Colaboradores se quedaron de piedra.
-¡Eso es una mentira como una casa!. -gritó el otro, descompuesto.
-Os avisé -dije-, Sabía que no me creeríais. Afortunadamente, no habéis muerto de la impresión.

Cuando se calmaron un poco, les conté que el tío Wenceslao había obtenido en una de sus correrías el secreto de la larga vida, aunque esto no significaba que fuera inmortal. Tuvo que pelear duramente para conseguirlo, pero los resultados estaban a la vista.
-¡Es la patraña más gorda que he oído en toda mi vida! -exclamó el que no se creía nada, aunque se lo demostraran una y otra vez .

Se marchó haciendo grandes aspavientos.

 

Capítulo 7

 

Disponíamos del perro en menos ocasiones de las que hubiéramos querido, ya que teníamos que esperar a que los obreros dejaran el trabajo para que pudiéramos liberar a la mascota. Y como el animal permanecía encerrado todo el día, el tiempo que pasaba con nosotros no dejaba de darnos lametones, mordernos los zapatos y arañarnos y correr alocadamente arriba y abajo de la calle.

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-Este perro necesita un duro entrenamiento -dijo Josué, que era partidario de someterle a un curso completo de habilidades.
-Tiene un gran sentido de la orientación -expuse- Sería capaz de orientarse en pleno desierto o en la selva. Es lo más importante en un perro mascota.
Carlitos fue de mi opinión.
-Es lo único que sabe hacer -manifestó Jaimito.
-Todavía no ha sido puesto a prueba -dije-. Cuando llegue un momento de verdadera dificultad...
-¿A qué llamas tú un momento de verdadera dificultad?-preguntó Asdrúbal, a quien el perro le disputaba un trozo de chocolate.

Un momento de estos tuvo lugar a los pocos días, en que el perro no se encontraba con nosotros.
Una mañana en que montábamos guardia frente a sus almacenes, salió Berzosa gritando como un energúmeno a lo largo de la calle. Nos dispersamos.
-¡Malditos niños! -mascullaba-. ¡Estafador....! ¡Estafador yo...!
Añadió que él era honrado a carta cabal, que había trabajado desde niño y que todo se lo debía a su esfuerzo.

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Nos reagrupamos fuera de su alcance.
-Decía que él no había estafado en su vida -repitió un testigo en cuanto recuperó la respiración.
-Y que iba a denunciar a nuestros padres -agregó otro.
Los allí presentes se estremecieron.
-Eso dijo -confirmó un tercero-. Y que pediría daños y perjuicios.
Uno de los pequeños quiso saber qué eran daños y perjuicios. Le ignoramos.
-Parece mentira -dije, adoptando una actitud de absoluta calma.
-Parece mentira ¿qué?

Aguardé unos instantes antes de responder.

-Digo que parece mentira.
Se impacientaron.
-¿Quieres decir de una vez lo que parece mentira?
-Lo diré si dejáis de interrumpirme.
-No te interrumpimos.
-Acabas de hacerlo.
-No lo he hecho.
-Sí lo has hecho.
Levanté los brazos con ademán desesperado.
-Estoy intentando explicaros lo que significa todo este asunto, y no hacéis otra cosa que interrumpirme con preguntas que no vienen a cuento.
Se apaciguaron.
-Sólo te estamos pidiendo que nos lo cuentes.
-Está bien -admití-. Decía que parece mentira que a las primeras de cambio os asustéis. Y sólo porque nos pueden meter en la cárcel.

Se asustaron.

-¿Y por qué nos van a meter en la cárcel?
-No he dicho que "vayan" -corregí-, he dicho que "pueden" meternos.
-No hemos hecho nada -lloriqueó un niño de tres años.
-Pertenecemos a una asociación mundial de estafadores – dije -.La estafa está perseguida por la ley.
-Nosotros no hemos estafado a nadie.
-Y además no somos Colaboradores -prosiguió otro-. Vosotros sí sois Colaboradores. Tenéis carnet.

Se oyeron más voces en este sentido. La brecha entre Colaboradores y no Colaboradores se ampliaba.
-Sin embargo, sois cómplices -manifesté-. La complicidad está igualmente castigada. A veces más. Nosotros podemos haber obrado empujados por la necesidad, mientras que vosotros...
Sus conocimientos legales no eran muy sólidos. Se quedaron indecisos.
Vi la necesidad de tranquilizarlos.
-Os explicaré la situación. Lo que ha hecho Berzosa no es más que un engaño para la policía. En realidad era una actuación porque le estaban vigilando.
-¿Y si se lo cuenta a nuestros padres? -preguntó alguien, centrándose en un aspecto concreto y previsible del episodio.

La pregunta interesó masivamente.

-No sabemos hasta qué punto Berzosa tendrá necesidad de seguir actuando...-reconocí con cautela.
El que siempre ponía pegas expresó:
-¡Estamos hartos de tu tío Wenceslao!
Carlitos le quiso pegar, pero se lo impedimos.
-Así que estás harto -me le encaré.
-Sí.
-¿Y por qué, si puede saberse?
-Todo esto me parece una pamplina -nos retó.

Le contemplé con lástima.

-De modo que te parece una pamplina.
-Acabo de decirlo.
La situación era delicada. Los reunidos nos miraban alternativamente a ambos.
-¿Sabes lo que pienso? -manifesté después de un rato-. Que tienes miedo.
-¿Miedo? -adoptó un tono de desprecio.
-Miedo –repetí.

La palabra caló rápidamente. Los que habían manifestado antes reserva o encogimiento comenzaron a reirse. Aquel se sintió vejado por las burlas.
-¡Me voy! -dijo furioso-. Y no pienso volver -advirtió.
-Eres el primer desertor en nuestras filas -dije solemne.
-¡Valiente tontería!
Carlitos consiguió darle una patada en la espinilla.
El desertor huyó y, desde lejos, nos insultó lo que quiso.

Pasado un minuto, dije:
-Espero que nadie quiera seguir su triste camino. A partir de ahora tendrá que vivir siempre escondiéndose, como una comadreja, o como una rata. Y en el momento menos pensado, cuando se sienta seguro...
Ni siquiera parpadeaban, de impresionados que estaban.
-¡Yo no voy a desertar nunca! -afirmó con vehemencia el pequeño de tres años que había llorado.
-¡Ni yo!.

En su totalidad, siguieron esta línea.
-Confío en vosotros -dije benévolo-. En cuanto a Berzosa y su magnífica actuación...
-¿Va a actuar también el tío Wenceslao? -preguntaron.
Pensé lo que el tío contaría sobre Berzosa.
-Quizá tengamos pronto una actuación -les avisé,

 

Capítulo 8

 

El que en realidad siguió actuando fue Berzosa. Al entrar en casa a la hora de comer, nos le encontramos en el vestíbulo, en compañía del tío Wenceslao y de papá.
-¡Aquí están los granujas! -exclamó Berzosa.
El tío Wenceslao nos guiñó un ojo. Papá estaba tremendamente serio. Salió mamá.

Berzosa se adelantó.
-Quiero que me digáis una cosa -exigió-. ¿Habéis ido diciendo por ahí que soy un estafador?
-No pueden haber dicho tal cosa -nos disculpó mamá.
-Contestad -dijo papá.

Permanecimos en silencio, Carlitos estaba ceñudo y con los labios apretados.

-¿Lo habéis dicho, o no? -insistió Berzosa.
-Tonterías de chicos -el tío Wenceslao nos quiso ayudar.
-¿Tonterías de chicos? -Berzosa se puso furibundo-.¡Pues hay que saber que a mí estas tonterías me cuestan dinero! ¡Trabaja como un negro, créate una reputación, para que luego vengan unos mocosos a decir que lo único que hago es estafar!
-Usted lo dijo -afirmó Carlitos.
Berzosa abrió la boca. Si hubiera tenido el puro se habría caído.
-¿Cómo?
-Que usted lo dijo -repitió Carlitos.
-Es verdad -confirmé-. Lo oímos todos.

Berzosa se puso colorado como un cangrejo. Se dirigió a papá.

-Don Jorge -suplicó-, usted me conoce desde hace mucho tiempo, ¿Soy acaso un estafador? ¿Tengo cara de ello?
-No puede tener cara de estafador, porque entonces lo sabría la policía -siguió Carlitos.
-Y lo metería en la cárcel - añadí.
-Lo que tiene es una tapadera.
Berzosa tragó saliva.
-¿Una qué?
-Una tapadera -repetimos Carlitos y yo a la vez.

El tío Wenceslao vio que la cosa se ponía fea.
-Vamos, chicos -dijo.
Mamá intervino.
-No puede tener en cuenta lo que dicen, Berzosa. Son niños.
Berzosa la miró con la cara desencajada.
-¡Si a mí me da lo mismo lo que dicen estos niñosl.Pero no puedo permitir que me arruinen la fama que me he creado con mi esfuerzo. Admití en el trabajo a Wenceslao atendiendo a las indicaciones de ustedes. No tuve inconveniente. Ahora me hacen bromas por la calle, mis proveedores se burlan. Los clientes medio creen que estoy fichado por la policía...
-No lo está -dijo Carlitos.
-¡Hombre, gracias!- dijo Berzosa con sarcasmo.
-El tío Wenceslao, sí -siguió Carlitos-. El tío Wenceslao viene en el libro.
El aludido parpadeó perplejo.
-¿Qué libro?
Carlitos le miró con intención.
-El que cuenta lo que hiciste con los ferrocarriles. En Estados Unidos.

Papá intentaba comprender.

-¡A ver, a ver...!
-¡Y es el jefe del Plan Mundial! - finalizó Carlitos con aire de triunfo.
Berzosa se sentó. Mamá se retorcía las manos, nerviosa, y papá observaba alternativamente a unos y otros. El tío Wenceslao tenía una expresión curiosa.
-Lo único que entiendo -dijo Berzosa, abatido- es que se dice de mí que soy un estafador...
-¡Lo es! -corroboró Carlitos, y Berzosa dio un bote en la silla.
-Don Jorge -gimoteó éste-. No es sólo por mi negocio. Pero saben que estoy delicado...
Mamá le ofreció un vaso de agua.
Berzosa se enjugó la cara con un pañuelo.
-No es agua lo que necesito en estos momentos.

Nos castigaron sin postre y sin propina un tiempo indefinido. Lo de la propina fue real, pero el postre nos lo llevaba mamá a la habitación en cuanto terminábamos de comer. Pienso que papá hacía la vista gorda. Recibimos también una severa reprimenda. Papá nos intimó a que no nos acercáramos ni a un kilómetro de Sanitarios Berzosa. Dijo además que hablaría con los padres de los otros niños. Pero como no conocía demasiado a los padres y tampoco iba a estarles visitando casa por casa, porque no tenía tiempo y tendría que dejar de trabajar para hacerlo, y si dejaba de trabajar no ganaría dinero y nos moriríamos de hambre, no habló con ninguno. Siguió trabajando como siempre, y sólo por las mañanas, antes de ir a la oficina, nos recomendaba sensatez. Nosotros le prometíamos que seríamos sensatos.

-¿Se puede ser sensato y apoyar al tío Wenceslao?-me preguntó Carlitos.
-Es precisamente eso lo que signiñca ser sensato -respondí.

Proseguimos con el Plan Mundial. El tío Wenceslao continuó en Sanitarios Berzosa, porque, como había dicho mamá, esgrimiendo el argumento idóneo, no tenía nada que ver con las travesuras de unos niños, aunque algunos fueran sus sobrinos. Berzosa aceptó a regañadientes. Dijo que sentiría tener que despedir al tío Wenceslao. Esto último lo contamos en una reunión.

-Es que el tío Wenceslao es muy valioso -aseguré.
Teníamos el libro abierto por su foto.
-De todas formas -agregué-, el tío Wenceslao desaparecerá en cuanto cumpla el Plan.
-¿y cuándo será? -preguntaron.
-Pronto.
-¿Y a dónde irá?
-A cualquier parte del mundo en que sean necesarios sus esfuerzos -respondí.
-¿A Estados Unidos?
-Allí todavía lo buscan. Probablemente se dirija a otro lugar.

Mencionaron varios sitios.

-Sabremos lo que hace y dónde está por los periódicos.
-¿Y si está en misión secreta?
-Recibiremos un mensaje suyo -les tranquilicé.
-¿Por telégrafo?
-Por telégrafo -convine.
-¿Y si lo cortan? -preguntó ansioso un pequeño.
-Pueden cortarlo -admití-. De hecho, es casi seguro que lo corten. Pero el tío Wenceslao encontrará la manera se transmitirnos el mensaje. Es un hombre de recursos, no lo olvidéis. Probablemente utilice palomas mensajeras.

Nos enzarzamos en una larga discusión sobre palomas mensajeras.

 

 

Capítulo 9

 

Como no nos podíamos acercar a Sanitarios Berzosa porque papá nos lo había prohibido, y además Berzosa se ponía a gritar cada vez que veía a uno de nosotros, dejamos de espiar el lugar de operaciones del tío Wenceslao. En lugar de esto, y adaptándonos forzosamente al horario y asueto de los trabajadores de la obra, nos pusimos a entrenar a la mascota. Josué era partidario encendido de la idea.

-Le enseñaremos a llevar mensajes -sugirió, pues pensábamos que podía sernos de utilidad en el futuro.
En diversas ocasiones, como le pusimos el mensaje en la boca, el perro se lo comió o lo dejó inservible. Se mostró asimismo muy reacio a que se lo sujetáramos al cuello con un chicle.
-Este perro no sirve para nada manifestó uno de los que contemplaba la operación.
Entré a defenderle.
-¿Te parece que no sirve para nada un perro que nos salvó de una muerte segura? - Y les conté cuando nos atacó el hombre de la gorra.

Asdrúbal expuso algún reparo.

-En realidad salió corriendo -dijo, finalizando unos cacahuetes y haciendo explotar la bolsa.
-Una buena maniobra de distracción -le repliqué.

El debate no prosiguió, porque vino el Colaborador Jaimito con un trozo de periódico que había cogido de su casa.

-¡Mirad lo que pone aquí!. -y nos leyó el recorte, acercándoselo mucho a las gafas.
El titular decía: "La policía detiene a un sospechoso". El texto aseguraba que había sido detenido un individuo que merodeaba por los alrededores de una casa. El detenido se llamaba Remigio y tenía antecedentes.
Tuve que explicar lo que eran antecedentes.
-Como el tío Wenceslao -dije-. El tío Wenceslao tiene muchos antecedentes. Creo que hay pocos que tengan tantos como él.
Carlitos se pavoneó orgulloso.
-¿Berzosa tiene? -quisieron saber.
-Berzosa, no. Hay que haber sido detenido.
-A lo mejor no tardan en hacerlo -aventuró uno.

Desvié el tema.

-¿No os llama la atención que el sospechoso se llame Remigio?
Admitieron que no.
-Es un nombre en clave. ¿No os dais cuenta?
No se daban cuenta.
-Vamos a ver -me impacienté-. ¿Por qué letra empieza el nombre de Remigio?
-Por la erre -respondieron.
-¡Por la erre!. ¿y qué os sugiere?

Reflexionaron.

-Nada -confesaron con franqueza.
-Fijaros -expliqué-. Remigio empieza por la misma letra que Rómulo y Remo. Conocían lo de Rómulo y Remo porque se lo habíamos contado.
-¡Es verdad! - se admiraron.
-Lo que quiere decir... -les animé a continuar.
-iQue Remigio es cómplice!
-iQue Remigio es un nombre falso!
-¡En clave!
Sonreí.
-Casi acertáis -hice una pausa que acentuó el dramatismo de lo que revelé a continuación-. Remigio y Rómulo y Remo son la misma persona -afirmé con sencillez.

Hubo exclamaciones de verdadero asombro. El perro lanzó un corto ladrido.
-Pero ahora le han detenido -destacó uno.
-Eso es lo que dice el periódico -manifesté-. No tiene por qué ser verdad.
-Mi padre dice que los periódicos mienten – dijo otro.
-La televisión miente también -apuntó un tercero.
-Y la radio.
-Y el cine.
-Y los periódicos -repitió alguien, distraído.
-Eso ya lo hemos dicho -le objetaron.
-Quizá no mientan siempre -maticé-. Pero en este caso no cabe duda: se trata de una intoxicación.

Preguntaron qué significaba la palabra.

-Una intoxicación -expliqué- es cuando, para engañar al enemigo...
-Yo tuve una intoxicación este verano -dijo uno de los mayores.
-¿Engañaste al enemigo? -le dijeron.
-No, me tomé una lata en mal estado.
-¿Para engañar al enemigo?

Les interrumpí.
-¿Queréis hacer el favor de dejar de decir tonterías? La intoxicación a que me refiero es cuando se difunde algo para que la gente se confíe y haga algo que no haría de saber la verdad. ¿Comprendéis?
Dijeron que no. Lo tuve que explicar de otra manera y entonces ya lo entendieron.

-No nos vamos a confiar -expresaron.
-¿Y Remigio es Rómulo y Remo? -preguntó Jaimito, que al fin y al cabo nos había proporcionado la información.
-Exacto.
-¿Cuál de los dos?
Titubeé.
-Cualquiera de los dos.
-Si es uno, no puede ser el otro -dijo Asdrúbal.

Pensé antes de responder.
-Normalmente, no. Pero estamos hablando de circunstancias excepcionales. Remigio puede ser el nombre en clave de los dos.
-El tío Wenceslao lo tiene que saber -dijo Carlitos.
-Seguro –convine.
-¿Se lo enviamos a preguntar con la mascota?
Josué movió la cabeza con pesar.
-Todavía necesita mucho más entrenamiento.

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