"EL INSUPERABLE TÍO WENCESLAO"
                                       
Javier Rey de Sola


Capítulo 1

 

Mamá dijo:
-Mañana viene vuestro tío.
- ¿El tío Wenceslao? -preguntó Carlitos.
Corría el verano. Nos habían anunciado su llegada días antes.
-Sí -respondió mamá-. Portaros bien y no le mareéis.

Nos pusimos muy contentos y salimos a la calle. Carlitos y yo nos llevamos cuatro años. Él tiene cinco.
-Le han tenido que soltar -dije-. O se ha escapado.

La última vez que vimos al tío Wenceslao fue en las fiestas de su pueblo, que era también el de mamá, en que tuvo un tropiezo que no nos explicaron y le hicieron pasar la noche en el cuartelillo. Papá dijo entonces que eso era el inicio de una vida delictiva. Carlitos abrió los ojos como platos.

-Habrá hecho un túnel -dije.- o se habrá fugado por las cloacas de la cárcel. A veces los guardianes no saben que están las cloacas porque llevan mucho tiempo fuera de servicio, antes de que a ellos les destinaran a la prisión. Pero los presos siempre las encuentran. No tienen otra cosa que hacer que descubrir la manera de escapar. Aunque puede que lo hayan soltado por buen comportamiento.
-¡Seguro que se ha escapado por las cloacas! –afirmó Carlitos.

En la plaza, la fuga del tío Wenceslao por las cloacas corrió como la pólvora.
-Eres idiota -le reproché a Carlitos-. Teníamos que mantenerlo en secreto. Seguro que la policía le persigue.
Carlitos se echó a llorar. Quiso decirles a todos que se lo había inventado.
-Si lo desmientes ahora, pensarán que es verdad.
Carlitos me miró desconsolado.
-Ya inventaremos algo -dije-. La seguridad y la vida del tío Wenceslao están en juego.
Y nos fuimos a comer porque la mañana se nos había pasado volando.

En la mesa, mamá le dio la noticia a papá.
-¿Mañana? -papá enarcó una ceja.
-¿Has hablado con el almacén? -preguntó mamá a su vez.

Papá iba a emplear al tío Wenceslao en el almacén de un amigo suyo, Mamá había insistido en esto, Según ella, en el pueblo no había ninguna perspectiva. El tío de momento viviría con nosotros.

-Espero que no me haga quedar mal -dijo papá.
-No es tan malo como crees, Jorge -dijo mamá-. Sólo necesita un poco d
e atención.
-¿Le persigue la policía? -preguntó Carlitos.
Papá rio.
-Su fama le precede –dijo.
Le di a Carlitos una patada por debajo de la mesa.


Posteriormente, le dije:
-Como sigas metiendo la pata, volverán a detener al tío y le condenarán a cadena perpetua.
-¿Qué es cadena perpetua? -me preguntó.
-Es cuando a uno le meten en la cárcel para siempre.
-Pues que se vuelva a escapar -solucionó Carlitos.
A él le parecía muy sencillo.
-El problema es que el tío sería reincidente -señalé.
-¿Y qué es eso?
Le expliqué que reincidente es aquel que vuelve a cometer un delito.
-Y escaparse de la cárcel es un delito. Y como ya estás dentro por uno, sumas dos delitos. Y entonces eres reincidente.
A Carlitos le pareció tremendamente injusto que la fuga de prisión fuese considerada delito.
-Y al ser reincidente -concluí-, te vigilan más. Te tienen todo el rato atado y te vigilan por una mirilla.

Carlitos se quedó muy preocupado.
-Lo mejor será que vaya disfrazado -resolvió.
-No es mala idea.
-Y que ande por sitios oscuros.
Meneé la cabeza.
-Así se puede hacer sospechoso.
-Pero si no le ven la cara...
-Los ladrones caminan por la oscuridad. La policía lo sabe y por eso les coge.
-¿El tío Wenceslao es un ladrón?
-No.
-Pues ¿qué es?

Medité.

-Es un estafador. Hay que ser muy inteligente para ser estafador. Son los más inteligentes de las cárceles. Más que los ladrones y que los asesinos. Y que los que asaltan trenes. Asesino puede ser cualquiera. Y ladrón. En cambio, estafador...
-Si son tan inteligentes, ¿por qué los cogen?

Reflexioné.

-No los cogen tan fácilmente. Después de cada estafa se van tan ricamente con lo que han estafado. Cuando la policía les agarra es porque ellos quieren.
-¿Y por qué quieren ir a la cárcel?
-Para disimular. Dejan que la policía piense que ha sido más lista que ellos y, mientras, planean algo gordo.
-¿Y no lo pueden planear en su casa?
-Es peor. Tendrían que preocuparse de que no los detuvieran. En la cárcel están más tranquilos. Y cuando el plan está listo, se dan a la fuga. Como el tío Wenceslao.

Carlitos no perdía palabra.
-¿Ha planeado el tío algo gordo?
-Ya lo creo. Por lo menos una estafa mundial. Y ha llegado el momento de ponerla en práctica.
La cara de Carlitos se iluminó.
-¡Por eso ha huido por las cloacas!

A Carlitos le faltó tiempo para contar lo de la estafa mundial que había planeado en la cárcel el tío Wenceslao, y que si le detenían ahora le iban a encerrar para siempre por reincidente, porque escaparse de la cárcel era un delito, y le tendrían atado, alimentándose sólo a pan y agua y constantemente vigilado por una mirilla. Pero -soltó una risa hueca- no conocían al tío Wenceslao ni sabían de lo que era capaz.

Media plaza escuchó lo que dijo Carlitos.

 

 Capítulo 2

 

La elaboración de los carnets fue idea suya.

Escribimos en un trozo de papel "Colaborador Secreto del tío Wenceslao", y de momento reclutamos a tres miembros. Eran de mi edad y se llamaban Jaimito, Josué y Asdrúbal. Hicieron un solemne juramento, comprometiéndose a morir entre grandes suplicios si se iban de la lengua.
-Si alguno cae en manos de la policía -les instruí, debe comerse el carnet.
-¿Entero? -preguntó Asdrúbal, que era gordo.
-¿Nunca has comido papel?
-Prefiero comida -se sinceró-. Cualquier clase de comida.

-Yo sí he comido papel -dijo Jaimito, que era más bien menudo y llevaba unas gafas tan sucias que parecía mentira que viera a través de sus cristales-. Y una vez me tragué un chicle.
-¿Porque quisiste o sin darte cuenta? -Le preguntó Carlitos.
-No me acuerdo.
-¿Te pasó algo? -se interesó Josué, el más alto de todos.
-Nada. O puede que estuviera a punto de morirme, pero me salvé.

Quedó resuelto lo de tragarnos el carnet si éramos detenidos.

-¿Y si nos lo descubren en casa? -volvió a preguntar Asdrúbal.
-Si sigues poniendo pegas -le amenacé-, es que no vas a valer.
Nadie insistió. Entonces hablamos de las funciones que nos corresponderían.

-Si vemos algo raro -dijo Carlitos-, lo comunicaremos al resto.
-¿Algo raro? -preguntó Jaimito-. ¿Como qué?
-Una persona disfrazada, por ejemplo.
-A la gente disfrazada no se la conoce -dijo Asdrúbal-. La gente se disfraza precisamente para eso.
-A veces se olvidan de un detalle -dije-. Se disfrazan de vagabundos, por ejemplo, y no se acuerdan de cambiarse de zapatos. Y van por ahí con los zapatos limpios. ¿Quién ha visto un vagabundo con los zapatos relucientes? El que lo vea puede estar seguro de que es alguien disfrazado.
-O llevan un anillo de oro -dijo Carlitos-, porque no se lo han podido quitar al haberles engordado los dedos de la mano.
-También -admití-. Aunque en este caso pueden ser vagabundos de verdad. Pueden llevar una fortuna en anillos y estarse muriendo de hambre, porque no se van a cortar los dedos con un cuchillo.
-En una película que yo vi -dijo Josué-, le cortaron el dedo a un cadáver para quitarle un anillo.
Discutimos sobre si a los muertos les salía sangre al cortarles o no. Concluimos en que dependía del tiempo que llevaran muertos.

Pasamos por delante de una obra que estaba vigilada por un perro, aunque el perro no vigilaba nada y se venía con nosotros cada vez que le dejábamos salir arrancando una tabla de la puerta. Tuve una idea.

-El perro será nuestra mascota -dije.

Nos le llevamos. El perro enloquecía de contento cuando veníamos a por él. Saltaba a nuestro alrededor y nos mordía y arañaba las piernas.

-Deberíamos entrenarle -recomendó Josué.
Cogí una piedra del suelo y se la enseñé a la mascota.
-¡Tráela! -ordené, tirándola bien lejos.
El perro se alejó velozmente y husmeó en un vertedero donde había caído la piedra. Regresó de vacío, moviendo el rabo.
-No va a servir -dijo Jaimito.
-Le falta práctica -dije, cogiendo otra piedra y poniéndosela al animal en el hocico para que la oliera-, .¡A por ella! -y volví a arrojarla.
La piedra golpeó el capó de una furgoneta de reparto, haciendo salir de una tienda de ultramarinos a su dueño. Tuvimos que salir corriendo.

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-Será una buena mascota -jadeé en cuanto estuvimos a salvo.
El perro nos había seguido, gozando de la aventura.
¿Los perros pueden ir a la cárcel? -preguntó Carlitos.
-Más bien no. ¿Por qué?
-Lo digo por si vuelven a detener al tío Wenceslao. Le gustaría tener una mascota en la cárcel.
-Nuestra misión -dije severo- es impedir que el tío Wenceslao vuelva a la cárcel. Además, un perro en la cárcel no sirve de nada.
-Puede descubrir un túnel -dijo Asdrúbal.
-Es mejor que desenmascare a los agentes disfrazados.

¿Quién nos dice que ese hombre de la gorra -señalé a uno que venía en nuestra dirección con las manos en los bolsillos- no es alguien disfrazado?
Se le quedaron mirando absortos. El hombre llegó a nuestra altura y continuó andando.
-¡Seguro que va disfrazado! -se excitó Carlitos.

Le seguimos, El hombre no reparó en que cinco niños y un perro no le quitábamos ojo. Entró en un bar. Atisbamos el interior a través de los cristales. El de la gorra bebía un vaso de vino.
-Probablemente -dije- sea un agente citándose con un contacto.
Carlitos pretendió introducir al perro en el bar para que éste hiciera su trabajo. El perro se negó en redondo y el propietario del bar nos pegó un grito.

Volvimos a escapar. Nos refugiamos en un portal. Asdrúbal protestaba de tanta carrera.
-Hemos corrido un gran peligro –aseguré.
-El del bar es amigo del de la gorra -dijo Josué-. No sería raro que intentaran liquidarnos.

Sacamos la conclusión de que el barrio estaba infestado de elementos hostiles. Se hacía de noche.
-¡Mirad! -avisó Jaimito.
El de la gorra caminaba a lo largo de una acera de edificios destartalados. Fuimos, a prudente distancia, detrás de él. El perro le mordisqueaba los zapatos a Carlitos.

De repente, el de la gorra, volviéndose, se abalanzó hacia nosotros con los brazos abiertos y ululando. El perro lanzó una serie de ladridos entrecortados y retrocedió con el rabo entre las piernas, desapareciendo entre unos árboles. Los colaboradores emprendimos la carrera más veloz de nuestras vidas. Oímos una carcajada a nuestras espaldas.

Asdrúbal, que se quedó rezagado, nos alcanzó pasado un rato, cuando nos detuvimos a descansar junto a un kiosco. Aseguró que casi había muerto derrengado, y que para eso prefería hacerlo sin fatiga a manos del asesino de la gorra o de cualquier otro. Le dijimos que lo que le pasaba es que era gordo, y él replicó que en su familia todos lo eran y que así ocurría desde hacía muchas generaciones. Se enfadó y quiso borrarse de Colaborador, pero le convencimos para que lo siguiera siendo, aunque corriera menos.

La mascota regresó por sus propios medios a la obra, como comprobamos antes de ir a casa, Admiramos su sentido de la orientación, que compensaba otras deficiencias que habíamos observado.

 

Capítulo 3

 

El tío Wenceslao se presentó con una desvencijada maleta de cartón, el pantalón atado con una cuerda y un sombrero ladeado en la cabeza. Su rostro exhibía un incipiente bigote.

-¡Cómo habéis crecido! -se asombró.
Dio un beso a mamá, y a papá le palmeó la espalda, Le dijo que le encontraba más gordo.
-Se nota que no tienes preocupaciones.
-Las de un padre de familia -respondió papá, y con esto quería decir que él no estafaba y que llevaba una vida de lo más aburrida.


Charlaron sobre el pueblo, y el tío dijo que de allí había que salir a escape. Carlitos y yo nos miramos.
-Aquello se hunde -dijo el tío-. El que puede toma las de Villadiego.
-Tú has huido -le dijo Carlitos, encendido de admiración.
El tío se rio. -¡Ya lo creo! Y no pienso volver así me maten.
- No te matarán - le prometí.
- Aquí estarás a salvo - dijo Carlitos.
-¿A salvo? ¡Naturalmente! - nos guiñó un ojo -. Tendréis un arsenal por si vienen los bandidos. ¡Pam, pam!
- Simuló disparar con el dedo.


El tío se inclinó sobre su maleta.
- Os he traído un regalo.
Era un libro con la historia de Roma y de los romanos.
- Buen libro - sentenció papá, siempre atento a lo que pueda resultarnos instructivo.
- ¡Menudos eran los romanos! - dijo el tío -. Conquistaron medio mundo. Y no lo conquistaron entero porque no sabían que existía América.
Riéndose, nos contó cuando el emperador Calígula nombró cónsul a su caballo, y que él había estado presente en la ceremonia.
-¿Y sabéis lo de Rómulo y Remo? - continuó, tronchado de risa -. Yo les conocí de mayores. Recién nacidos, les abandonó su madre, y entonces los crió una loba. Y al crecer fundaron el Imperio.
- Eso no es cierto, Wenceslao - dijo papá, serio.
El tío se defendió.
- Lo adorno un poco. ¡Para que lo entiendan los niños!
- Es preferible contarlo tal cual es.

Luego, mientras mamá le enseñaba su habitación, me preguntó Carlitos:
-¿Tú crees que el tío miente?
- Lo que pasa es que habla en clave.

Le expliqué lo que significaba hablar en clave, y que Rómulo y Remo serían probablemente compañeros suyos que le ayudaban en la estafa. Discutimos si deberíamos decirle lo de los Colaboradores.

- Mejor no – dije -. Nuestra atención tiene que ser secreta. Ayudarle sin que lo sepa. Muchas veces el tío escapará de un peligro y no sabrá que habrá sido gracias a nosotros.
A Carlitos no le hacía gracia que nuestra intervención pasara desapercibida.
- Es por su seguridad -insistí-. En cuanto haga la estafa se lo diremos.
Carlitos aceptó a regañadientes.

Papá llamó al tío Wenceslao a su despacho. Cerraron la puerta, pero teníamos un dispositivo mediante el cual podíamos escuchar lo que se hablaba. El dispositivo era un agujero en el tabique por el que pasaba el cable de la antena de televisión antes de que lo hicieran entrar por otro sitio. Por el agujero metíamos el canuto de un embudo que le habíamos sustraído a mamá de la cocina, y ya podíamos escuchar tranquilamente. Casi nunca habíamos oído nada de importancia, porque papá solía sentarse solo en su despacho, y estando solo no hablaba, como es natural al no ser loco ni trastornado.

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Papá le decía al tío Wenceslao que le había encontrado un puesto de vigilante nocturno en un almacén. Al tío no parecía gustarle, pues dijo que la noche se había hecho para dormir. Papá le informó que lo único que tendría que hacer sería estar sentado mano sobre mano en una silla y que podría dar las cabezadas que quisiera. De vez en cuando, recorrería el almacén con una linterna. Papá insistió en que era el trabajo más descansado que podía inventarse.
El tío, sin grandes palabras, aceptó.
Salieron del despacho.

El tío ya no se reía tanto. Carlitos y yo supusimos que se estaría preguntando si el trabajo en el almacén sería compatible con la ejecución del Plan Mundial.

Carlitos sintió la necesidad de tranquilizarle. Contraviniendo lo que acabábamos de acordar acerca de no informarle de momento de la existencia y función de los Colaboradores, se le aproximó y le dijo:
- Tú sigue con el Plan Mundial. Jorge, yo y los Colaboradores te ayudaremos en secreto. Y también Rómulo y Remo. Y si nos detienen nos tragaremos el carnet.
- Carlitos dio media vuelta y se despidió muy colorado.

El tío no supo qué decir.

 

CAPÍTULO 4

 

Informé a los Colaboradores:

-El tío Wenceslao va a trabajar de vigilante nocturno en un almacén. Estará sentado en una silla y, al menor ruido, se levantará...
-¿Tiene pistola? -preguntó Josué.
-Le darán una linterna. Y una pistola, claro. El tío Wenceslao no es tan tonto de estar de noche en un almacén, rodeado de enemigos...
-Estará mano sobre mano -dijo Carlitos-. No tendrá otra cosa que hacer que planear la estafa.
- Y defenderse si le atacan -agregué.

El tío dormía durante el día y se acostaba cuando nos levantábamos a desayunar. Nos acompañaba durante la comida y luego se echaba una siesta. Por la tarde, salía a dar una vuelta. Regresaba para cenar y, seguidamente, se dirigía al almacén. Estaba poco hablador y no le apetecía contarnos de Roma ni de los romanos.

-Mamá dice que le hacen trabajar mucho -comentó Carlitos.
Papá opinaba lo contrario.
-Ojalá pudiera estar yo como él en la oficina sin dar golpe –decía.

Una noche, el tío no se presentó al trabajo. Salió como si se encaminara al almacén, pero no llegó a entrar. Lo supimos a la mañana, y papá se enfadó enormemente. Oímos por el dispositivo -aunque en realidad no hacía falta porque hablaban muy alto- que el tío Wenceslao había faltado a su palabra comprometiendo a papá. El tío objetó haberse encontrado con unos amigos y que, charlando, le dieron las tantas. Tuvo vergüenza de presentarse tan tarde, y se paseó por las calles desiertas hasta que se hizo de día.

Ya no hizo falta que volviera al almacén. Papá tenía un humor de perros y no le hablaba. Mamá mediaba entre los dos. Carlitos y yo convinimos en que el tío había cumplido su misión nocturna, fuera ésta la que fuese, teniendo además la suerte de no dejar allí el pellejo, como le contaba él mismo a mamá cuando papá no estaba en casa.

Referimos el asunto a los Colaboradores.
-Menos mal que ha escapado con vida -se impresionaron.

Días después, nos topamos de frente por la calle al tío Wenceslao, a quien acompañaban dos amigos.
-¡Hola, chicos! -saludó el tío-. ¿A tomar el vermut?
Carlitos, que no quitaba ojo a sus amigos, le preguntó de sopetón si eran Rómulo y Remo. El tío se echó a reir de buena gana.
-¡Pues claro! -reconoció-, Éste es Rómulo y éste es Remo.
Sus amigos corearon las risas. Nos separamos.

-¡Rómulo y Remo! -se admiró Carlitos.
-Su madre les abandonó -expliqué a los Colaboradores, que no les perdieron de vista hasta que doblaron la esquina-. Les alimentó una loba y luego fundaron el Imperio -chasqué los labios-. ¡Tener unos hijos que iban a ser mundiales de la estafa y abandonarles!
Censuraron fuertemente el hecho.
-Ahora son uña y carne con el tío Wenceslao. Darían su vida por él sin rechistar.

El que sí rechistaba era papá, que se esforzaba por encontrarle otro trabajo. Y como papá consigue siempre lo que se propone, logró colocarle de mozo en un lugar llamado Sanitarios Berzosa, esta vez de día. El que el tío figurara de mozo, siendo adulto, no nos lo explicábamos, a no ser que fuera por confundir a la policía.

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Los Colaboradores se enteraron por su cuenta de su nuevo destino, pues le descubrieron antes de que les pudiéramos informar.
-Hemos visto al tío Wenceslao con un mandil –refirió Asdrúbal.
-Llevaba retretes en un carretillo -dijo Jaimito.
-No parecía estafador ni nada -añadió Josué.
Me reí con suficiencia.
-Claro -admití-, ¿Creéis que si pareciera estafador lo iban a tener ahí?¿Sabéis lo que es Sanitarios Berzosa?

No sabían.

-Sanitarios Berzosa -bajé la voz- es un centro secreto para estafar a la gente. El tío Wenceslao está de incógnito, Berzosa es su hombre de confianza.
-¿El que siempre está a la puerta con las manos en los bolsillos y fumando un puro? -preguntó Jaimito.
-El mismo.
-Mamá ha dicho alguna vez -dijo Josué- que Berzosa montó el negocio con un dinero que le dejó su tía.
-¡Su tía! -mascullé-, Sanitarios Berzosa está fundado con el dinero de una estafa, y Berzosa es un pez gordo en todo el mundo. ¿A que no sabe eso tu madre?
-No -reconoció Josué.

Insistí en que Berzosa era uno de los grandes y tenía puestos todos esos retretes para disimular, y que el tío se ponía el mandil para disimular también, pero que ambos eran unos estafadores de tomo y lomo. Los que se dedicaban a la estafa los conocían bien, Berzosa había mandado despachar a más de uno y el tío Wenceslao era igualmente sanguinario. Había que tener cuidado con ellos.

Los Colaboradores, incluido Carlitos, me escucharon con la boca abierta.

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PRESENTACIÓN

CAPÍTULOS   5-9

CAPÍTULOS 10-14

CAPÍTULOS 15-20

CAPÍTULOS 21-22

Copyright  © 2000