JAIME RODRÍGUEZ LAGUÍA
     
 

 

 

Biodiversidad

Crecimiento demográfico

Cada vez resulta más evidente según todos los expertos que la superpoblación es uno de los principales problemas ecológicos que padece la Tierra, si no el número uno. El temor de que la proliferación de la especie humana supere la capacidad del planeta para mantenerla es tan viejo como la propia economía. El primer toque de alarma lo han dado precisamente los países ricos: “La población se debe estabilizar rápidamente. Si no lo hacemos nosotros, lo hará la Naturaleza de forma más brutal”.

Cálculos pesimistas estiman que hasta el año 2065 (o 2110, según otros autores) la población mundial no se estabilizará y para entonces ya será casi tres veces mayor que en 1990, esto es, de unos 12.000-14.000 millones. Los cálculos más moderados hablan de 7.270 millones de personas en el año 2015, fecha en que el 56% de la población se habrá aglomerado en áreas urbanas, o de 11.900 millones en el 2050. En la XXIII Conferencia General sobre la Población , celebrada en Pekín durante el mes de octubre de 1997, los demógrafos de ochenta países eran aún más optimistas y calculaban que en el año 2080 la población mundial llegará a los 10.000 millones de habitantes. Aún así, hacían una advertencia al mundo sobre el peligro del crecimiento de los países en desarrollo, lo que podría convertirse en una seria amenaza para las naciones más ricas y agravar el problema del hambre en el planeta.

Un informe del Centro de la ONU para los Asentamientos Humanos (Hábitat) hecho público en noviembre de 1995 ya iba por el mismo camino y advertía del crecimiento poblacional en las ciudades y del grave peligro para el progreso social que ello supone porque éstas no están preparadas para acoger la avalancha humana que se les avecina. Según la ONU, en el año 2025 casi las dos terceras partes de la población vivirá en ciudades, y alerta sobre las megalópolis, lugares donde secciones considerables de la población mundial viven en condiciones totalmente inadecuadas y enfrentadas con problemas ambientales sin precedentes: sin agua, electricidad, vías de acceso, condiciones sanitarias o educativas. La cifra de los que carecen de techo y los desplazados aumenta continuamente, dad la proliferación de guerras, cuya principal víctima es la población civil, en especial mujeres, niños y ancianos.

El siglo XXI se ha dado en llamar, por eso, el “siglo urbano”, en el que habrá inmensas aglomeraciones, megaciudades que contendrán a más gente de lo que permite la infraestructura. La OMS da la voz de alarma acerca del crecimiento de las megaciudades, el cual se convertirá en el mayor problema de salud el próximo siglo. En cualquier caso, el 95% de este incremento se registrará en los países en vías de desarrollo, sobre todo en Asia, Latinoamérica y África, donde se encontrarán las diez ciudades más grandes del mundo en el año 2015 (ver cuadro adjunto). Sólo Tokio estará asentada en un país industrializado.

Paralelamente, en los países desarrollados la población envejece a pasos agigantados. Ya no se garantiza el relevo generacional y en muchas ciudades ya hay tantos ancianos como niños. Esta circunstancia también causa problemas a los dirigentes occidentales, ya que pagar pensiones y mantener a los ancianos resulta menos rentable que educar a los niños.

Otros puntos importantes del citado informe de Hábitat son:

— La migración del campo a la ciudad es irreversible, así como la transformación de áreas rurales en centros urbanos.

— Aunque pueda parecer contradictorio, la urbanización contribuye al desarrollo social y económico de una nación, ya que las ciudades ofrecen una expectativa de vida mayor, un menor índice absoluto de pobreza, y pueden ofrecer servicios esenciales de forma más barata y a mayor escala que las áreas rurales. Sin embargo, esto sólo puede suceder con una administración nacional y local eficaces y capaces de coordinarse con empresas privadas y organizaciones no gubernamentales, aspecto fundamental para lograr un desarrollo urbano sostenible.

Bien se puede decir, pues, que los problemas ecológicos que amenazan nuestro futuro como especie se asocian, irremediablemente, a la que se conoce como “bomba demográfica”, la superpoblación. Si ya a finales del siglo XX se han causado tantos destrozos al medio ambiente, principalmente atribuidos a los 1.000 millones de habitantes de los países ricos (degradación del suelo y el agua, deforestación de los bosques tropicales, deterioro de la capa de ozono, incremento del efecto invernadero, etc.), ¿qué será de la Tierra durante el siglo XXI? ¿Cuánto puede aguantar un ecosistema en el que el equilibrio alcanzado durante millones de años empieza a romperse por el crecimiento desmesurado de una sola especie que se incrementa cada año en unos 90 millones de individuos aumentando su consumo de unos recursos finitos o difícilmente renovables, cuando cada día se pierden una o más especies de animales o plantas?

No obstante, también son dramáticos los impactos medioambientales derivados del efecto combinado del creciente desarrollo industrial y el explosivo aumento demográfico en los países pobres. En ellos, los bosques se talan o incendian para ubicar nuevos núcleos de población y precarias explotaciones agrícolas y ganaderas. Estos nuevos asentamientos humanos podrían ser responsables del 85% de la reducción de la cubierta forestal. La misma circunstancia fue la causante de que las emisiones de dióxido de carbono —principal gas de invernadero— procedente de los países del Tercer Mundo se multiplicara por 16 desde 1950.

Acaso la escasez de recursos alimentarios sea el más grave azote al que deba enfrentarse la humanidad en un futuro próximo. El hambre se convierte en la principal causa de mortalidad en el mundo: una de cada ocho personas pasa hambre periódicamente; una de cada dos está subalimentada y hacia el primer cuarto del siglo XXI lo estará el 80% de la humanidad. Sin embargo, otros especialistas opinan que al mundo no le faltan ni espacio ni recursos, pero éstos están mal distribuidos.

En efecto, el problema de la falta de comida no proviene de la incapacidad del planeta para producir recursos, sino de la falta de una gestión adecuada de los mismos por parte de los organismos nacionales e internacionales. Esta situación, sumada a la falta de vivienda, construye un mundo de pobreza. Hay más de 1.000 millones de personas que viven en la indigencia más absoluta, frente a otro tanto que roza la opulencia. Pero las ayudas de los ricos a los pobres son a todas luces insuficientes: en los países del llamado Cuerno de África, por ejemplo, mueren 500 niños al día por desnutrición. Y a pesar de ello, no se ponen de acuerdo para elevar estas ayudas.

El senegalés Jacques Diouf, director general de la FAO, daba la voz de alarma en un artículo publicado a finales de 1996 (El País, 13 de Noviembre). “El tiempo nos está ganando la carrera —decía—. Más gente, menos recursos, más hambre, menos tiempo”. Diouf proponía una serie de medidas para erradicar el hambre: “Un factor primordial (...) es incrementar la producción de alimentos. Pero tenemos que ponernos de acuerdo en cómo y dónde hacerlo, teniendo en cuenta el creciente deterioro de los suelos y evitando la explotación excesiva de los recursos. Hay que aprovechar las nuevas tecnologías que, adaptadas a sus ambientes locales naturales, nos permitirán aumentos sostenibles de la producción en zonas de alto potencial sin desatender las zonas de menos potencial, especialmente en los países importadores de alimentos. La combinación de nuevas tecnologías con la participación y los conocimientos tradicionales de los campesinos es un arma clave en esta batalla.” (Leer el artículo completo)

Pero esto no basta. Jacques Diouf argumenta que otro de los factores clave para conseguir lo que él llama seguridad alimentaria, es la paz en la sociedad y entre las naciones. “El buen gobierno, la transparencia, la participación y los progresos en materia de igualdad entre hombres y mujeres son factores que impulsan la equidad, la eficiencia y la estabilidad social”. Mitigar la pobreza y reconocer el papel fundamental del comercio interno e internacional en el fomento de la seguridad alimentaria son otras medidas que se pueden llevar a la práctica para acabar con el hambre en el mundo.

Este problema, por si fuera poco, puede provocar la salida de grandes olas de emigrantes procedentes de los países desabastecidos, lo que podría traer consigo la paralización de las economías nacionales. La ONU y el Banco Mundial son pesimistas y ven un futuro negro debido al aumento de la población y a que cada vez será más difícil satisfacer la demanda de alimentos. El círculo vicioso de la pobreza se refuerza con los problemas de acceso al agua y a los servicios sanitarios. Al menos 1.000 millones de personas no tienen acceso al agua y más de 2.000 millones sufren condiciones sanitarias inadecuadas, según la OMS, y esto provoca la muerte de tres millones de niños al año.

La única manera de frenar esta locura de forma efectiva consiste, evidentemente, en aplicar de forma generalizada sistemas de control de la natalidad. Los organismos de las Naciones Unidas competentes en esta materia han determinado que una tasa de fecundidad mundial de 2,2 hijos por mujer es la proporción ideal para asegurar el relevo de las poblaciones sin caer en la superpoblación. Según los demógrafos, esta tasa conseguiría estabilizar la población, pero tal como están las cosas, no parece probable que se consiga este objetivo. En 1997 la tasa de fecunddidad global era de 2,8 hijos. Mientras que en los países industrializados era de 1,7 hijos, en el África Subsahariana si situaba en 5,9 hijos, 5,3 en los países menos adelantados, 4,4 en África Septentrional y Oriente Medio, 3,4 en Asia Meridional y 2,7 en América Latina y Caribe (datos de UNICEF, 1999).

A pesar de los esfuerzos que realizan muchos gobiernos con problemas de superpoblación —especialmente eficaces en China, donde se ofrecen ayudas a aquellas parejas que sólo tengan un hijo y donde el 75% de las mujeres en edad de procrear usan anticonceptivos—, los condicionamientos culturales y religiosos hacen estragos a la hora de poner coto al alocado ritmo de crecimiento demográfico. Hay países que todavía esperan beneficiarse del crecimiento demográfico: son países pobres que se encuentran en parte sin explorar y que necesitan gente para desarrollarse, pero no se dan cuenta de que se verán impotentes a la hora de mantener a una población mayor con empleos, comida y servicios sociales básicos.

La puesta en marcha de programas de planificación familiar viene a complicarse sobremanera por dos hechos fundamentales: desde principios de los años 90 había aún 34 países donde más de uno de cada diez niños morían antes de alcanzar los cinco años; a la vista de esta enorme tasa de mortalidad infantil, pocas madres optaban por el control de natalidad. Pero el mayor freno a la planificación familiar lo constituye el analfabetismo. Todos los estudios coinciden en señalar una relación directa entre los índices de escolarización femenina y las tasas de natalidad. En los países donde la mujer, por cultura y peso social, tiene capacidad para decidir sobre su propia maternidad, baja la crianza de hijos. En aquellos países donde está sometida a la dictadura marital, que entiende la paternidad como una acumulación de capital, o donde simplemente no hay horizonte cultural para asumir conscientemente la procreación, la población crece desproporcionadamente respecto a los recursos.

Sin embargo, casi la mitad de la humanidad es analfabeta y de esta cantidad, casi dos tercios son mujeres. El 70% de los pobres de la Tierra son mujeres, según la ONU, así como el 80% de los millones de refugiados y desplazados por guerras, según se recoge en un informe de Medicus Mundi (1997). Resulta así evidente la importancia que reviste el acceso de éstas a la cultura y, consecuentemente, a un puesto de trabajo digno. Este acceso a la educación también tiene la ventaja de reducir la edad de casamiento de las mujeres y, por tanto, retrasar el momento de empezar a tener hijos. En Países de África y Asia, como Kenia, Turquía, India, Tailandia o Vietnam, las niñas no asisten a la escuela más de cuatro años de su vida, y en otros, como Pakistán, Bangladesh o Etiopía, no más de dos años. Esta es, pues, la cuestión central. Discriminadas social y políticamente y sometidas a tradiciones que las marginan, estas mujeres se hallan sometidas a la ignorancia y lejos de poder elegir una maternidad responsable. Sin duda, el anticonceptivo más eficaz podría ser la promoción social de la mujer. Ya en los prolegómenos de la Cumbre Mundial sobre Población y Desarrollo celebrada en El Cairo (Egipto) entre los días 5 y 13 de septiembre de 1994 se empezó a acuñar un nuevo término, el de salud reproductiva, que hacía referencia a tres aspectos básicos: información sobre métodos anticonceptivos, el acceso a los mismos y una adecuada formación y educación para la mujer.

El meollo de esta Conferencia fue el delicado equilibrio entre la humanidad y su medio ambiente. El objetivo último del programa de acción propuesto fue disminuir el crecimiento de la población mundial mediante políticas de planificación familiar y proporcionar a la mujer el poder de decisión suficiente como para que puedan elegir sobre sus propias vidas. La ONU cree que hay que concentrarse en los países del Tercer Mundo, donde se está produciendo el 94% del aumento demográfico. Las principales resoluciones adoptadas para solucionar el problema fueron las siguientes:

•  Principios: cada país tendrá derecho a relativizar las decisiones plenarias atendiendo a sus “particularidades legislativas, religiosas y culturales... y conforme a los principios de los derechos universalmente reconocidos”.

•  Desarrollo sostenible: se debe armonizar el crecimiento de población con el desarrollo económico sostenible. Así, los países ricos deberán poner coto al despilfarro y al consumismo.

•  Igualdad de derechos: hay que reforzar el papel “creativo” de la mujer dentro de la sociedad y conseguir que tenga un acceso a la educación, sanidad y otros servicios equivalente al del hombre.

•  Derechos reproductivos: se confirma el término “salud reproductiva”, definido como “un estado de bienestar físico, psíquico y social” en todas las materias relacionadas con la reproducción. Asimismo, se consagra la planificación familiar como un derecho de todas las personas a decidir libre y responsablemente el número de hijos que quieren tener y cuándo los quieren tener.

•  Aborto: En ningún caso se debe promover el aborto como método de planificación familiar, pues, independientemente de las cuestiones morales de indudable calado que encierra, como método anticonceptivo resulta ineficaz y traumático; en suma, brutal. Se insta a todos los gobiernos y a las organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales a que fortalezcan su compromiso con la salud de la mujer, a atender el impacto sanitario del aborto inseguro como un problema de salud y a reducir el recurso del aborto a través de la extensión y mejoramiento de servicios de planificación familiar. Se dará máxima prioridad a la prevención de los embarazos no deseados y deberá hacerse todo lo posible para eliminar la necesidad del aborto. Cada año se practican más de 40 millones de abortos en el mundo, la mitad de ellos en condiciones de insalubridad absoluta. Medio millón de mujeres mueren al año durante el embarazo o el parto, y por cada una que muere, más de 200 quedan con enfermedades crónicas o graves daños físicos. En algunos países, el 60% de las mujeres hospitalizadas por complicaciones en el embarazo o el parto son adolescentes. Cuando el aborto no vaya contra la ley, deberá ser seguro, atendiendo a las complicaciones que pudieran surgir del mismo.

•  Inmigración: la reunificación de familias de emigrantes es un principio de “importancia vital”, pero no es un derecho, como pretendían los países proveedores de emigrantes, ya que el derecho afecta a la soberanía de cada país para decidir el número de inmigrantes que quiere acoger. No obstante, se incluye una referencia a los Derechos del Niño, según los cuales éstos “tienen derecho” a vivir con sus padres.

•  Ayudas internacionales: es esencial el desarrollo económico que debe acompañar al proceso de disminución de nacimientos para romper el círculo vicioso de la pobreza. Los países ricos no pueden limitarse a financiar campañas de planificación familiar, sino que deben hacer una apuesta cierta y decidida por la ayuda al desarrollo. La cifra estimada como necesaria para frenar la “bomba demográfica” solo supone el 1% de los gastos de defensa del mundo desarrollado. Es cuestión de voluntad. Sin embargo, no deja de ser sintomático y curioso que la Carta de Naciones Unidas, escrita al término de la II Guerra Mundial, no contiene las palabras “medio ambiente” ni “población”.

“La mecha está encendida y la explosión demográfica nos está quemando. Tenemos menos de diez años para apagarla.”

(Jacques-Yves Cousteau, oceanógrafo francés, 1992)

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MEGACIUDADES
(en millones de habitantes)
Fuente: El País, 5-11-1995

 
1995

Tokio (Japón)

26,8
Sao Paulo (Brasil)
16,4
Nueva York (USA)
16,3
Ciudad de México (México)
15,6
Bombay (India)
15,1
Shanghai (China)
15,1
Los Ángeles (USA)
12,4
Pekín (China)
12,4
Calcuta (India)
11,7
Seúl (Corea del Sur)
11,6
2015
Tokio (Japón)
28,7
Bombay (India)
27,4
Lagos (Nigeria)
24,4
Shanghai (China)
23,4
Yakarta (Indonesia)
21,2
Sao Paulo (Brasil)
20,8
Karachi (Pakistán)
20,6
Pekín (China)
19,4
Dhaka (Bangladesh)
19,0
Ciudad de México (México)
18,8
 
 
 
 
   
   
   
   

ESPECIAL 7.000 MILLONES

 
¿Tenemos planeta para tanta gente?

Situación de la mujer

* A pesar de los avances registrados en la igualdad de los sexos, ninguna sociedad trata tan bien a sus mujeres como a sus hombres.

* Las mujeres perciben de media en torno al 25% menos de salario que los hombres.

* El 70% de los 1.300 millones de pobres que hay en el mundo son mujeres.

* Menos del 10% de los créditos bancarios se conceden a mujeres.

* 100 millones de niñas han sido sometidas a mutilaciones genitales.

* Las mujeres ocupan sólo el 10% de los escaños parlamentarios y el 6% desempeña cargos ministeriales.

* Sólo 21 mujeres han ocupado el cargo de Jefe de Estado o de Gobierno en toda la Historia.

* Sólo 28 mujeres (el 4,4% del total) han sido galardonadas con el Premio Nobel.

* Dos tercios de los 900 millones de analfabetos del mundo son mujeres.

* Más de la mitad de las mujeres casadas en el mundo en edad fértil utilizan anticonceptivos modernos (el doble que en 1990).

* Dos tercios del trabajo de las mujeres no está retribuido, frente a entre un cuarto y un tercio del de los hombres.

* 90 estados no han firmado o ratificado todavía la convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra las mujeres.

(Fuente: El País, 4-9-1995, con motivo de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en Pekín del 4 al 15 de septiembre)

elpais.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
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Ya somos más de siete mil millones de seres humanos.
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