JAIME RODRÍGUEZ LAGUÍA
     
 

 

 

Biodiversidad

Contaminación

Concepto
Contaminación por lluvia ácida
El deterioro de la capa de ozono
Contaminación acústica
Contaminación por metales

Concepto

Es la presencia en el ambiente de una sustancia extraña o el aumento de la concentración de un componente habitual del mismo, de tal modo que se produzca un perjuicio para la salud o se cree una incomodidad, o se deterioren los recursos y el patrimonio cultural.

Partamos de la base de que todo ecosistema se autorregula manteniendo una estabilidad, es decir, conservando lo que se conoce como equilibrio ecológico, de tal manera que recicla sus propios residuos y utiliza los productos de desecho de un proceso como materia prima para el siguiente. Este perfecto equilibrio que los seres vivos alcanzan como consecuencia de la selección natural y de la adaptación mutua es algo muy enfatizado por los ecólogos (aunque también intervenga en ello el azar).

El hombre, que forma parte de la naturaleza, interviene sobre los ecosistemas, sobre su propio medio, y lo modifica, alterando su naturaleza. Esta intervención no es de ahora, sino histórica, existe desde hace cientos de miles de años. Sin embargo, al principio tenía una reducida influencia sobre los ecosistemas. Más tarde, en estadios avanzados, sobre todo a partir del capitalismo y la industrialización, el hombre ha ido ejerciendo una acción decisiva sobre el entorno, de forma que la contaminación se ha convertido en un hecho anómalo producido por la ausencia del reciclaje del consumo humano de energía y recursos naturales. Actualmente existe una especie de sopa de más de 100.000 sustancias químicas a las que estamos expuestos y que son capaces de provocar alteraciones hormonales o fisiológicas.

Por tanto, el problema de la contaminación supone no resolver adecuadamente, como lo hacen los ecosistemas naturales, el reciclaje de la producción humana de energía y de materiales. La contaminación debería ser algo marginal, si se respetaran las leyes que rigen en el equilibrio de los ecosistemas y de la biosfera.

La contaminación puede ser de dos tipos:

1. Biótica: cuando se deriva del desarrollo de microorganismos. Se produce generalmente por los residuos orgánicos procedentes de grandes acumulaciones de personas o animales. Las granjas españolas generan tanta basura orgánica como cien millones de personas. Se trata de un problema de contaminación orgánica, que tiene solución porque son residuos aprovechables, que se pueden incorporar perfectamente al ciclo biológico, aunque no en la concentración que se producen.

2. Abiótica: cuando se deriva de sustancias inanimadas (hidrocarburos, alquitranes, metales pesados, nitritos y nitratos, diversos óxidos), ruidos, olores o radiaciones. Se produce por el uso de combustibles, de maquinarias y de productos químicos en la industria, en los transportes y en los hogares y acompaña generalmente al desarrollo industrial.

La contaminación degrada la Naturaleza y repercute en la salud del hombre alterando los elementos que necesita para vivir, lesionando sus órganos y funciones a través de acciones físicas y químicas, y modificando sus relaciones con otros seres, sobre todo microorganismos. Cuando se habla de contaminantes hay que tener en cuenta a cuál de ellos se refiere, si es que no resulta desconocido o con efectos hasta ahora no considerados. Por ejemplo, cerca del 80% de los contaminantes que se vierten a las aguas son desconocidos, y se ha comprobado, además, que algunos productos se transforman por acción de la temperatura o de la composición de las aguas dando lugar a nuevos y desconocidos contaminantes. Al menos 51 compuestos químicos sintéticos de los 100.000 presentes en el mercado pueden estar trastornando el sistema hormonal del ser humano. De éstos, los únicos estudiados con cierta profundidad han sido algunos organoclorados muy extendidos por todo el planeta, como los refrigerantes PCBs, el insecticida DDT (1) o la dioxina (2).

Existen serios indicios de que estas sustancias están detrás del incremento de cánceres de origen hormonal, como los de mama o testículos, así como de la degradación de la fertilidad masculina que revela la disminución del número de espermatozoides. Los especialistas se muestran incluso preocupados por su posible influencia sobre el sistema inmunológico y la inteligencia humana: varios estudios han detectado que hijos nacidos de madres que habían comido en los años anteriores al parto pescado contaminado con PCBs han desarrollado un coeficiente intelectual inferior a la media, han aprendido a leer con hasta dos años de retraso y padecen trastornos neurológicos infantiles como la hiperactividad o la falta de atención. Lo más grave es que los niveles de contaminación capaces de causar estos daños son habituales en países industrializados y, en algunos casos, incluso cumplen con la legislación ambiental. Ello es posible porque la normativa sobre contaminantes ha sido diseñada pensando exclusivamente en los adultos y en la prevención directa del cáncer, sin tener en cuenta los trastornos hormonales que se pueden causar en un feto.

Uno de los gases con los que el hombre está condenado a convivir es el monóxido de carbono (CO), un gas inodoro que dispara la posibilidad de un fallo cardiaco, impidiendo a la hemoglobina el transporte del oxígeno a los tejidos. Los vehículos son actualmente la fuente del 90% del CO en las ciudades y del 50% de la contaminación del aire. Ya no hay duda sobre la influencia de la contaminación atmosférica en los índices de mortalidad en las grandes ciudades o en las perturbaciones climáticas globales.

Los fenómenos de contaminación surgieron como consecuencia de la Revolución Industrial, iniciada a mediados del siglo XVIII. Hasta hace relativamente poco tiempo la mayoría de las formas de deterioro medioambiental fueron esencialmente locales y se las podía eliminar con un coste en cierto modo asequible. Pero en la actualidad se han identificado amenazas medioambientales de una magnitud y dificultad que exigen un tratamiento y esfuerzo totalmente diferentes. Cabe hablar, por tanto, no ya de contaminación, sino de numerosos fenómenos de macrocontaminación que se extienden a un ámbito mundial y cuya eliminación supera la capacidad de cada país aislado de los demás.

Según el Informe publicado en 1991 por el Club de Roma, existen cuatro preocupantes casos de macrocontaminación:

1. La difusión de sustancias tóxicas en el medio ambiente. Se trata de sustancias químicas no biodegradables y también de desechos radiactivos que amenazan con penetrar en los principales acuíferos del mundo y para cuya eliminación no existe, de momento, una solución satisfactoria. Buena parte de los residuos peligrosos emitidos no recibe tratamiento alguno por parte de las industrias que los generan. Estas sustancias se han ido acumulando en nuestro cuerpo a lo largo del tiempo. Otro de los elementos que influyen negativamente sobre el ser humano es el plomo, que envenena el cerebro e interfiere con la capacidad de controlar impulsos, con lo que incrementa las probabilidades de malas conductas en los niños. Dicho con otras palabras, el plomo acumulado en el organismo de los niños les incita a la violencia (3).

2. La acidificación de lagos y la destrucción de bosques, como consecuencia de la acción de vertidos industriales, emanaciones de chimeneas de centrales térmicas, fábricas de acero, etc. Ríos, lagos y mares han sido siempre considerados como vertederos naturales. Pero si, durante muchos siglos, los ciclos biológicos del agua aseguraban, en gran medida, la absorción de los desperdicios y la repurificación del agua, hoy, en cambio, asistimos a un fenómeno nuevo, basado en el vertido incontrolado de productos químicos, los cuales, al destruir la vida de los ríos o de las aguas marinas, y alterar unos determinados ecosistemas naturales, impiden la “biodegradación” de los productos contaminantes.

3. La macrocontaminación en la atmósfera superior causada por CFC (4), sustancias que atacan el ozono atmosférico. La Conferencia de Montreal de 1989 consiguió obtener un acuerdo a nivel general sobre la naturaleza del problema y sobre su solución, es decir, el desarrollo y utilización de propulsores alternativos que sean inofensivos para el ozono, pero es necesaria la comprensión y colaboración de todos los países.

La contaminación atmosférica ha sido fuente de constantes preocupaciones para el hombre y provocó que, en épocas pasadas, ya surgieran diversas disposiciones legislativas en países como Francia, donde, en 1382, Carlos VI prohibía, mediante un edicto, la emisión de gases malolientes. Pero es con el advenimiento de la era industrial cuando la contaminación atmosférica adquiere plena magnitud. El aire de las regiones urbanas e industriales está, en efecto, cargado de impurezas como resultado de la actividad humana: humos industriales, gases de combustión de los vehículos, tratamiento de las basuras, calefacciones, etc. Las principales sustancias que originan la contaminación atmosférica son los gases sulfurosos (dióxido de azufre, principalmente), gas carbónico, aldehídos, óxidos de nitrógeno, hidrocarburos quemados incompletamente, etc. Estas sustancias, en determinadas proporciones en la atmósfera, pueden tener graves consecuencias para la salud humana.

4. El efecto invernadero, que regula la temperatura de la superficie de la Tierra. Este efecto se refiere a la medida en que ciertos elementos de la atmósfera restringen el reflejo de las radiaciones solares desde la superficie de la Tierra hacia el espacio exterior, reteniendo así el calor (ver Cambio climático).

Contaminación por lluvia ácida

Conocida en algunos países como Waldsterben o “muerte del bosque”, la lluvia ácida es una extraña enfermedad que padecen muchos ríos, lagos, cosechas, edificios y bosques de países desarrollados no relacionada directamente con fenómenos naturales como plagas de insectos, ataques de virus, hongos o bacterias, largos periodos de sequía o la acción del hielo, el viento y la nieve, pero sus efectos se ven incrementados por estos factores. Esta misteriosa enfermedad, que acaba con la vida de todo lo que toca, comenzó a detectarse en Europa en 1979 y en cuatro años se extendió sobre grandes áreas del continente. Se sabe, por ejemplo, que de los 90.000 lagos de Suecia, 40.000 están seriamente afectados por el ácido y casi uno de cada cuatro árboles europeos está enfermo. La lluvia ácida se debe a la emisión al aire de millones de toneladas anuales de dióxido de azufre y óxidos de nitrógeno (concretamente monóxido y dióxido de nitrógeno). Estos gases reaccionan químicamente en la atmósfera, transformándose en ácido sulfúrico y ácido nítrico respectivamente. Pero hay más: el monóxido de carbono (CO), un gas venenoso; el metano (CH4), responsable también del efecto invernadero; el ozono troposférico (O3), un oxidante muy fuerte; el amoniaco (NH3) o el plomo. Más tarde, el agua de lluvia los arrastra consigo hacia la superficie.

En realidad, la formación de lluvia ácida es un mecanismo de defensa que posee la atmósfera para deshacerse de algunas sustancias “indeseables”. Si esto es así, ¿por qué tanto revuelo? ¿Dónde está el problema? El proceso comienza cuando un fotón procedente de un rayo solar choca contra una molécula de ozono en la troposfera, a unos 10 kilómetros de altura y muy por debajo de la famosa capa de ozono. Tras el choque, el ozono se escinde en una molécula de oxígeno (O2) y un átomo de oxígeno, que queda solo. Este oxígeno reacciona con el agua para formar el radical hidroxilo (OH), responsable directo de la transformación del dióxido de azufre (SO2) en ácido sulfúrico (SO4H2), y el dióxido de nitrógeno (NO2) en ácido nítrico (NO3H). Los ácidos recién formados se incorporan a las nubes disfrazados de diminutas gotas de agua tan agrias como el jugo de limón llamadas aerosoles (5). De esta forma, los gases contaminantes de una central térmica y de los coches pueden viajar centenares de kilómetros arrastrados por los vientos hasta caer en forma de lluvia, la temida lluvia ácida.

El resultado es una acidificación del terreno y de los ríos, lagos y corrientes subterráneas hacia donde escurre la lluvia caída. En cuanto a los bosques, los más afectados son los de coníferas. Las hojas se vuelven amarillentas y la planta entera se debilita hasta morir. En realidad, lo que mata a la planta no es la lluvia ácida en sí, sino los ácidos sulfúrico y nítrico, que la dejan sin defensas naturales a merced de los parásitos, sequías y heladas. Es decir, la contaminación actúa más como elemento inductor que como causa directa, favoreciendo la acción de agentes patógenos externos.

La contaminación por lluvia ácida es más grave en el Norte y Occidente, donde se dan elevados niveles de contaminación y suelos muy pobres. Así, el futuro resulta especialmente preocupante para los espacios protegidos de Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Holanda, Irlanda, Noruega, Suecia, Suiza y Gran Bretaña. Afortunadamente, estas naciones, junto a las localizadas en América del Norte y el este asiático, comenzaron a estudiar el problema y tomar medidas correctoras hace ya más de veinte años. Las más importantes son las siguientes:

•  Quemar menos combustibles fósiles en la producción de energía eléctrica y en el transporte.

•  Instalar sistemas de desulfuración o filtrado de óxidos de nitrógeno en todas las chimeneas de las industrias contaminantes.

•  No sólo no derrochar energía, sino ahorrarla, que se puede y hace mucha falta: tomando las medidas oportunas podemos ahorrar hasta un 25% de energía.

El deterioro de la capa de ozono

El ozono es un gas que se encuentra en casi toda la atmósfera terrestre, pero está especialmente concentrado en la estratosfera, formando una capa situada entre los 17 y los 25 km. sobre el nivel del mar conocida como ozonosfera . Su misión es vital para la vida del Planeta, ya que actúa como un gigantesco filtro que retiene el 90% de las radiaciones ultravioleta del Sol, y ello porque es la única molécula atmosférica que captura o absorbe esa radiación. Por otro lado, contribuye a que la temperatura de la Tierra sea óptima, ya que en cierto modo impide que los rayos caloríficos que se reflejan de la Tierra se escapen al espacio. Es decir, genera efecto invernadero. Ello es debido a que, según ha demostrado el seguimiento de la capa realizado hasta la fecha, a medida que desaparece ozono de la estratosfera, aumenta su presencia en la troposfera, la capa más próxima a la superficie del planeta.

El ozono es un pariente cercano del oxígeno que respiramos. Mientras la molécula del oxígeno normal tiene dos átomos (O2), la de ozono tiene tres (O3). Una molécula de ozono se forma al reaccionar un átomo de oxígeno con una molécula del mismo elemento. El proceso de formación y destrucción, que se produce de forma natural, es constante y, en relación con la importancia que posee para la vida sobre el planeta, resulta sorprendentemente sencillo.

En primer lugar, la radiación ultravioleta del Sol rompe las moléculas de oxígeno, convirtiéndolas en átomos aislados de oxígeno. Éstos son muy inestables y tienen un enorme poder reactivo, por lo que tienden a combinarse inmediatamente con otras moléculas de su entorno. Como lo que más abunda a estas alturas es el oxígeno (O2), la reacción da como resultado moléculas estables de ozono (O3). Pero al mismo tiempo que se están creando moléculas de ozono, la luz ultravioleta destruye otras, rompiendo los enlaces entre los tres átomos y formando, por cada dos moléculas de ozono, tres de oxígeno. Gracias a este precioso y preciso mecanismo de autorregulación el escudo que nos protege de los rayos ultravioleta ha permanecido inalterado durante millones de años.

Ahora, diferentes agentes contaminantes están agrediendo desde hace años esta enorme “sombrilla” sin la cual la vida sobre la Tierra sería imposible. Numerosas expediciones científicas han venido comprobando la existencia de un “agujero” (o, por mejor decir, una disminución en la concentración de ozono) en esta capa sobre la vertical de los Polos. La capa de ozono se mide en unidades Dobson: 100 unidades Dobson corresponden a 1 milímetro de ozono comprimido. El espesor normal de la capa durante el verano antártico es de 350 unidades Dobson. Pero además, en 1987 se consiguieron pruebas suficientes para poder afirmar que este fenómeno ha sido generado por el hombre: los clorofluorocarbonos (CFC) usados en sprays, equipos de refrigeración, expansión de espumas y limpieza de material electrónico tienen la culpa.

Cuando los gases CFC, muy volátiles, alcanzan la estratosfera, los rayos ultravioleta del Sol rompen sus moléculas y liberan los átomos de cloro. A la temperatura ultrabaja de los cielos polares, el cloro captura oxígeno de las moléculas de ozono disgregándolas (se calcula que cada molécula de cloro puede destruir 100.000 moléculas de ozono) y formando moléculas de monóxido de cloro (ClO). Un átomo de oxígeno libre rompe la molécula de ClO para formar una molécula de oxígeno y un átomo de cloro. Este átomo queda libre para atacar a otra molécula de ozono, comenzando así la reacción en cadena que provoca la destrucción masiva de las moléculas de ozono.

¿Qué puede ocurrir? Según estudios científicos, un aumento en el tamaño del agujero de ozono puede provocar un mayor número en los casos anuales de cáncer de piel en los países cercanos al Ártico y el Antártico, aunque los expertos no han podido establecer todavía un nexo claro entre el “agujero de ozono” y el cáncer de piel. Otro efecto comprobado de la radiación UV sobre el cuerpo humano es el debilitamiento del sistema inmunológico, con lo que las enfermedades infecciosas se pueden multiplicar en la medida que se desmorone el escudo de ozono: el sarampión, los herpes, la lepra, la tuberculosis y la gripe podrían ser más virulentas y frecuentes, al tiempo que las vacunas perderían efectividad.

Otros efectos podrían ser cambios en el clima terrestre, destrucción de células y microorganismos en animales y plantas, reducción de la eficacia de la purificación natural del agua sobre la Tierra, reducción de cosechas, disminución del fitoplancton marino (hasta el punto de que produciría graves daños en el proceso de regeneración del oxígeno), aumento en el número de casos de cataratas oculares, envejecimiento rápido, etc...

¿Qué podemos hacer? Como ya se ha dicho, la destrucción de la capa de ozono es un fenómeno provocado por el hombre y sólo la intervención humana puede evitar su empeoramiento. En principio, la iniciativa deben tomarla los gobiernos de las naciones industrializadas de todo el mundo. El primer tratado mundial para limitar la producción de CFC y otros compuestos se firmó en septiembre de 1987 en la ciudad canadiense de Montreal. En aquella ocasión, los 46 países representados en la conferencia acordaron reducir la producción de CFC a la mitad hasta 1999. La ONU sostiene que desde entonces se ha reducido la producción y consumo de CFC un 70%, aunque no conviene pecar de excesivamente optimistas, ya que, según parece, el cloro en la estratosfera triplicará en el año 2025 la concentración de 1987. Ello es debido a que el CFC, prácticamente indegradable a nivel troposférico, tarda de 6 a 12 años en alcanzar la estratosfera. Así las cosas, la capa de ozono no recuperará sus niveles medios hasta mediados del siglo XXI (6).

Resulta absolutamente necesaria nuestra colaboración como ciudadanos en la medida de nuestras posibilidades. Lo primero que podemos hacer es evitar el uso de productos que se aplican en spray, desconfiando incluso de los que indican que no llevan CFC. Se pueden sustituir por otros sistemas o productos naturales. Al adquirir un frigorífico o un sistema de aire acondicionado para la casa o el coche, hay que dar preferencia a aquellas marcas que anuncien una reducción de los contenidos de CFC. También es recomendable rechazar los productos embalados con espumas de plástico (poliestireno), cada vez más fácil de conseguir en los supermercados.

Cambio climático

“Para limpiar el planeta tenemos que limpiar nuestras propias cabezas.”

(Jaime Paz Zamora,
presidente de Bolivia, 1992)

Consumo responsable y residuos

Contaminación

Crecimiento demográfico

Cultura del agua

Energías renovables

 
Reducción de la pobreza  
Rincón del desarrollo sostenible
Página de inicio  
   
   
   
   
   

“Si resulta hermosa, ¿por que destruirla?”

Omar Jayyam, poeta persa (1048-1131)

 
MINISTERIO DE MEDIO AMBIENTE
 
 
 
 
 
 
 
 
   
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
   

“No es posible salvar la evolución humana sin salvar, simultáneamente, la naturaleza, en cuyo seno tiene lugar dicha evolución.”

Juan José Tamayo-Acosta
Dios y Jesús

 
 
 
 
 
 
   
   
   

 

 
   
 
   
   
   
   
   
   
   
   
   
 
OCÉANOS DE PLÁSTICO

“Creemos que es importante reconocer que el conjunto de lo viviente es un poderoso aliado de los seres humanos. Aunque la biosfera no nos está destinada en exclusiva (como lo creen algunas posiciones o religiones y el sistema económico dominante), es obvio que su conservación nos favorece. Nos ofrece su enorme capacidad de producción, reciclaje y renovación porque formamos parte de los seres vivos y funcionamos como ellos. ¿A qué viene entonces tanta pasión por dejar a nuestro paso una tenebrosa estela de destrucción?”

Joaquín Araújo
La ecología contada con sencillez

La noche temática
rtve.es

   
   

 

 
   
   
   
   
 

“Sean cuales sean nuestros errores, sin duda hemos alegrado la vejez de Gaia haciendo que pudiera verse a sí misma desde el espacio en su totalidad como planeta cuando todavía era bella. Por desgracia, somos una especie con tendencias esquizoides, y como haría una anciana que debiera compartir su casa con un grupo de adolescentes vandálicos, Gaia se enfadará y, si no dejamos de comportarnos como gamberros, acabará por echarnos de su casa.”

James Lovelock
La venganza de la Tierra

Una película de Chris Jordan
   
   
   
   

¡Qué amargura tan honda
para el paisaje,
el héroe de la fronda
sin ramaje!

“Chopo muerto” (Libro de poemas)
Federico García Lorca

 
 
 
 
 
 
 
   
   
 
   
   
   
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
   
   
   
   
   
   
   
   
   
 

“No existe lugar alguno en el mundo donde no se registre alguna contaminación originada por la actividad humana. Incluso en las cimas más altas, en los desiertos deshabitados, las profundidades oceánicas o los hielos polares.”

Joaquín Araújo
La ecología contada con sencillez

 
 
 
 
 
 
 
 
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
 

“Estamos cambiando el hábitat común, el hábitat de todos, de tal modo que el mundo deja, a pasos agigantados, de ser cómodo y hospitalario para las salamandras, las ranas y los sapos. ¿Cómo podemos estar seguros de que en breve no se tornará inhóspito también para nosotros?”

Miguel Delibes de Castro
Vida. La naturaleza en peligro

 
 
 
 
 
 
 
 
 
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   

“Lo bueno es que no tengo dudas de que el ozono efectivamente se regenerará. Eso, claro está, si los humanos no cometemos nuevas tonterías.”

Paul Crutzen, Premio Nobel de Química en 1995

 
 
 
 
 
 
   
   
   
   
   
   
   

Contaminación acústica

El sonido es una forma de transmisión de la energía por ondas de presión en un medio determinado, normalmente el aire. Cuando un cuerpo vibra, por ejemplo, una superficie golpeada por un martillo, se producen ondas sonoras que se difunden en esferas concéntricas (como los círculos que se forman en la superficie de un lago al tirar una piedra), siempre que no entren en un medio distinto o pierdan energía. Estas ondas sonoras llegan al oído externo y se transmiten a lo largo del conducto auditivo hasta el tímpano, haciéndolo vibrar. Esta vibración pasa por una cadena de huesecillos, que la hace llegar al oído interno. Éste, con una estructura en forma de caracol del tamaño de un guisante, está dividido en tres canales por los cuales pasan las ondas sonoras y en los que se encuentran las células ciliadas, que forman en nervio auditivo y que vibran al percibir dichas ondas.

Pues bien, el ruido podría definirse como un sonido molesto, irritante, perturbador y, a veces, dañino para el oído. También puede decirse que el ruido es el sonido deseado por una persona determinada en un momento dado, porque lo fundamental que hace que un sonido sea considerado ruido es la reacción psicológica de la persona que lo percibe. La edad, el sexo, el nivel cultural, el tamaño de la familia, el estado de ánimo, el interés por la operación que produce el ruido, etc. son algunos de los factores dependientes del individuo que pueden influir en la reacción ante un sonido determinado.

La intensidad de los sonidos se mide en decibelios (dB). Una persona sana oye a partir de un decibelio, pero el efecto perjudicial se observa a partir de los 90 dB. Actualmente, cada vez más individuos se encuentran expuestos a ruidos superiores a los 90 dB, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) fija en 65 dB el límite máximo del ruido permisible para el ser humano. Por su parte, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) considera que la mitad de los trabajadores de todo el mundo están expuestos en su actividad laboral a ruidos por encima de lo tolerable. El ruido, que se convierte así en una de las principales causas de polución atmosférica, fue reconocido como elemento contaminante en el Congreso de Medio Ambiente de la ONU celebrado en 1972 en Estocolmo y actualmente constituye el 90% de las reclamaciones por problemas medioambientales que los ciudadanos dirigen a sus administraciones. Según la OCDE, el 74% de la población española está sometida a niveles de ruido superiores a los 55 dB y un 23% soporta ruidos por encima de los 65, un volumen que provoca insomnio y desequilibrios fisiológicos.

Las fuentes de ruido más frecuentes en nuestro medio son las siguientes:

1. En el hogar: aparatos electrodomésticos, tareas de limpieza, actividades de juego, medios de comunicación y ocio, relaciones personales a gritos...

2. En la calle: medios de transporte (80 % del ruido de la ciudad), obras, músicas de viviendas y establecimientos, sistemas de alarma y actividades humanas (niños jugando, gritos, propaganda por altavoces, trasnochadores, verbenas y tómbolas, carga y descarga...), etc.

3. En lugares de trabajo: máquinas e instalaciones, movimientos de objetos y personas, conversaciones, música ambiental inapropiada...

4. En lugares de diversión: cines, teatros y salas de conciertos, sólo en algunos momentos, pero en salas de fiestas y discotecas, el nivel sonoro puede no sólo impedir la conversación, sino ocasionar trastornos a quienes las frecuentan o trabajan en ellas. También ocurre en acontecimientos deportivos (motores, gritos) y musicales, aún al aire libre.

5. En la escuela: procedentes de las actividades de los niños, sobre todo en comedores, lugares de recreo (90-100 dB) o de educación física.

Observables directamente, son muchos los efectos perjudiciales que el ruido ocasiona: pérdida de audición, alteraciones del sueño, irritación, reducción de la eficacia en el trabajo, etc. Entre los diversos trastornos de la exposición habitual a niveles altos y medios de ruido sobre el organismo humano parecen encontrarse, además, la hipertensión arterial, los trastornos digestivos, los problemas respiratorios y vasculares, las disfunciones del sistema nervioso y del endocrino, algunos casos de vértigos o náuseas, las afecciones de la vista y un gran número de problemas psicológicos como el estrés o el insomnio.

El ruido incide también sobre el rendimiento intelectual, sobre todo en niños y jóvenes. En un ambiente ruidoso, a partir de 60 dB, el aprovechamiento es menor, pues disminuyen la concentración y la capacidad de memoria, se cometen más errores y el aprendizaje es más lento e ineficaz. Es el caso de escuelas cercanas a aeropuertos, carreteras muy transitadas o líneas de ferrocarril. Los niños, por su menor dominio del lenguaje, requieren condiciones acústicas óptimas para facilitar la comprensión de las explicaciones. El ruido ejerce, por lo tanto, una acción específica sobre la capacidad de atención de los niños: contribuye a frenar su desarrollo normal, perturba la adquisición del lenguaje, el aprendizaje de la lectura y el desarrollo de la atención, y crea perturbaciones de las que se ignora si serán definitivas.

Queda claro, pues, que algunos de estos efectos no se han podido demostrar suficientemente, pero conviene que tomemos conciencia de algunas de las medidas preventivas, las cuales deben atacar el problema desde su origen: diseñar maquinaria más silenciosa y mejor aislada; proteger a los trabajadores en ambientes ruidosos con dispositivos especiales; situar las carreteras, ferrocarriles y tráfico aéreo lo más lejos posible de las viviendas; en los edificios escolares, extremar las precauciones frente a los ruidos externos...

No menos importantes serían las medidas educativas. Es preciso despertar la conciencia de los efectos que sobre los demás tienen nuestras actividades ruidosas y considerar la reducción del ruido como una forma elemental de convivencia. Por ello, es fundamental la difusión de los peligros que entraña el ruido, sobre todo desde edades tempranas en que no se es consciente de su existencia. Así, la escuela debe ser un lugar donde el niño se habitúe a los ambientes silenciosos y aprecie el beneficio de los mismos para el trabajo. Pero la prevención no se podrá alcanzar mientras las administraciones públicas no armonicen la legislación con campañas de sensibilización ciudadana. Habría que empezar, según la Asociación Española contra la Contaminación por el Ruido (AECOR) (7), por aumentar las zonas peatonales de los centros urbanos, que evita tanto la contaminación acústica como la atmosférica; utilizar maquinaria de obras públicas que emita poco ruido y la obligatoriedad de acompañar con estudios de impacto acústico la planificación urbanística.

 
 

“El ruido no sirve más que para insultar a los oídos.”

Jefe Seattle, 1819

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
GRADO
SENSACIÓN FISIOLÓGICA
ACCIONES
Silencio
Paz (0-20 dB)

Suave brisa de un árbol (10)

Desierto o montaña con viento en calma (10)
Rumores de fondo en una vivienda (20)
Tolerable
Agrado (30-70 dB)
Zona rural de noche (30)
Radio, TV o música a bajo volumen (40)
Zona urbana poco ruidosa (50)
Conversación en voz normal (60)
Calle con tráfico normal (70)
Peligro

Molestia, fatiga, agresividad, disminución auditiva (70-100 dB)

Televisión a un volumen elevado (75)
Despertador (75)
Maquinaria pesada (80)
Calle con tráfico intenso (80)
Secador de pelo (80)
Chillido (90)
Claxon de un coche (90)
Paso de tren por un túnel silbando (100)
Sirena de policía, ambulancia, bomberos (100)
Intolerable

Dolor, hipertensión, lesión auditiva, problema neurovegetativo (+100 dB)

Serradora (110)
Reproductor de MP3 a un volumen elevado (110)
Discoteca (110)
Bebé llorando (110)
Martillo neumático (120)
Concierto de rock (120)
Motocicleta a escape libre (130)
Carrera de coches (130)
Avión comercial despegando (140)
Explosión con gran estruendo (150)
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Contaminación por metales

La actividad de determinadas industrias genera aguas que llevan en suspensión metales como el plomo, el cinc, el mercurio, el cadmio, el arsénico y otros que son muy tóxicos para la flora y fauna, así como para el ser humano. Estos metales se acumulan en los organismos que los absorben y, a su vez, son fuente de contaminación para otros elementos de la cadena trófica de la que forman parte, incluyendo al hombre, que está al final de esta cadena. Las consecuencias pueden ser graves, llegando incluso a provocar la muerte. Las posibilidades de contaminación por metales es muy alta ya que de los 106 elementos quimicos conocidos, 84 son metales y su empleo en la vida cotidiana es creciente desde la Revolución Industrial. Veamos algunos casos particulares.

1. El mercurio

El mercurio es un metal del que se pueden extraer múltiples aplicaciones: aparte de su conocido uso en los termómetros y otros instrumentos de medición, se emplea en equipos eléctricos, en procesos químicos, en pintura, odontología, agricultura, etc. Es conocida también su aplicación en la fabricación de pilas, junto a otros metales como el cadmio, litio, plata, cinc o plomo. La mayor parte de este mercurio acaba en el ambiente.

El hombre conoce el mercurio desde la antigüedad. Se presenta naturalmente en formas minerales, sobre todo como sulfuro de mercurio (cinabrio). Se ha estimado que la superficie de la Tierra recibe 100.000 toneladas anuales de mercurio a través de la lluvia y de la nieve, procedentes tanto de fuentes naturales como artificiales. La cantidad de mercurio liberado por las actividades humanas en el ambiente se considera del mismo orden que la proveniente de fuentes naturales, como la actividad volcánica.

Pero el mercurio es el metal más peligroso para cualquier organismo vivo. Al ser líquido y volátil, el mercurio sigue en la biosfera una ruta muy compleja, desde formas orgánicas a inorgánicas y viceversa. El principal riesgo para la salud humana es el consumo de alimentos contaminados procedentes del mar, sobre todo pescados y mariscos, ya que se ha comprobado que un gran número de peces e invertebrados marinos acumulan cantidades considerables de mercurio en sus tejidos que luego se eliminan muy despacio. Las principales especies de peces comestibles implicadas son los atunes y peces espada. De producirse una intoxicación, el mercurio ingerido se acumula en la médula ósea y el cerebro, trastocando con el tiempo las funciones del sistema nervioso central.

Esto se sabe desde que en 1953 se produjera un envenenamiento masivo en la bahía japonesa de Minamata, donde una industria química de acetaldehído vertía mercurio orgánico. El metal se acumulaba en los peces, principal ingrediente de la dieta de los habitantes de la zona. Aproximadamente 2.000 japoneses resultaron afectados por una intoxicación que les producía intensos dolores abdominales, extrema debilidad y, en ocasiones, un síndrome paralítico y pérdida de visión. Además, una mayor cantidad de mercurio en el cuerpo de los niños repercute en un peor desarrollo psicomotor e intelectual.

A partir de ese momento el mercurio adquirió su condición de metal peligroso para la salud humana, lo cual se confirmó cuando, poco después del episodio de Minamata, se produjo en Irak otro envenenamiento masivo con mercurio, pero esta vez por la ingestión de semillas de cereales destinadas a la siembra, que habían sido tratadas para su protección con fungicidas mercuriales.

Los riesgos más importantes para la salud asociados con el envenenamiento por mercurio, incluso si éste procede sólo de fuentes naturales, están esencialmente ligados a una dieta desequilibrada, con predominio considerable de especies de pescado que acumulan mercurio. En un plazo de dos meses, el cuerpo elimina la mitad del mercurio que contiene. El mayor peligro para la salud humana debido a la contaminación por mercurio del ambiente lo constituye, por tanto, el vertido en el mar de grandes cantidades de residuos que contengan mercurio orgánico. En medios acuáticos artificiales se ha observado que concentraciones de 0,1-10 microgramos/litro reducen el número de algas, la biomasa y la diversidad de las comunidades. Las plantas acuáticas acumulan metales en breves periodos, por lo que son una referencia de toxicidad actual o reciente.

2. Las pilas

Una pila o acumulador es una fuente de energía eléctrica obtenida por transformación directa de la energía química procedente de determinados elementos metálicos, principalmente mercurio, cadmio, manganeso y plomo.

Las pilas, por tanto, contienen metales que contaminan el medio ambiente y acarrean graves problemas para la salud humana, por lo que las pilas usadas deberían depositarse en contenedores especiales y nunca arrojarse a la basura. En el vertedero, apenas si pasan unos meses hasta que el envase se corroe y se liberan los metales pesados que contienen. Con la ayuda del agua de lluvia los efluvios emanados pueden filtrarse por cualquier rendija del terreno y contaminar algún curso de agua.

Cuando los metales pesados invaden los torrentes subterráneos o las aguas marinas, pasan pronto a la cadena alimenticia de animales y plantas, que suelen acumularlos en su organismo y de ahí al ser que se alimente de ellos, que bien puede ser el hombre, quien, confiadamente, ingiere los alimentos contaminados por los metales de esas pilas que meses o años atrás usó y arrojó a la basura.

Existen muchos tipos de pilas, y en todas ellas podemos encontrar mercurio, metal que más problemas acarrea a la salud humana. Básicamente pueden centrarse en tres:

1. Alcalina: la pila de dióxido de manganeso o “2.000”, es de larga duración. Suele estar blindada y su porcentaje en mercurio es alto: un 0,5% (es capaz de contaminar 167.000 litros de agua, algo más de lo que consume una persona en toda su vida). Desde principios de 1993 una directiva de la Comunidad Europea fijó en un 0,025 el máximo de mercurio admisible en una pila alcalina. Muchos de los fabricantes que adoptaron esta resolución bautizaron sus productos como “biopilas”, “pilas verdes” o “pilas ecológicas”, aunque a menudo contienen demasiado mercurio u otros metales potencialmente tóxicos.

2. Cinc-carbón: fue de las pioneras. Llamada también “pila seca”, es relativamente poco tóxica, pues apenas contiene el 0,01% de mercurio.

3. Botón: hay varias clases. La de mercurio propiamente dicha fue desarrollada por el espionaje de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Es diminuta y cumple a la perfección su misión de proporcionar meses e incluso años de energía a una amplia gama de aparatos. Sin embargo, contiene nada menos que el 30% de mercurio, suficiente para contaminar 600.000 litros de agua, cantidad consumida por una familia en toda su vida.

Hay otros tipos de pilas botón, como la de cinc-aire, que se emplea en audífonos y ciertos relojes, con un contenido en mercurio del 1%; la de óxido de plata, usada en aparatos ópticos y de medición; o la de litio, de gran rendimiento, utilizada en algunas calculadoras, relojes y aparatos de precisión, y que, si bien no tiene mercurio, posee un alto porcentaje de litio, metal igualmente tóxico a ciertas dosis para el sistema nervioso.

El problema ambiental de las pilas reside en los efectos provocados por los metales pesados que contienen, principalmente mercurio, cadmio y cinc. El cadmio es un metal muy tóxico para la mayoría de los organismos, incluso con exposiciones a bajas concentraciones (inferiores a 1 microgramo/litro). Se acumula en los tejidos, causando problemas en las funciones respiratorias y nerviosas. También afecta al periodo reproductor, especialmente en las aves: provoca daños importantes a los testículos (esterilidad) y al oviducto de las hembras (afectando a la formación de la cáscara del huevo); concentraciones superiores a 100 partes por millón anulan la reproducción. Además provoca cambios en el metabolismo del hierro (anemias, problemas cardiacos), del cinc y del calcio y daños importantes en el riñón. Los efectos son observables a medio plazo.

El cinc, por su parte, es altamente tóxico para los peces y las aves, provocando problemas digestivos y daños en el funcionamiento del páncreas y sus enzimas correspondientes (amilasa, lipasa). Tanto el cinc como el cadmio son muy móviles en el organismo al ser más solubles, y pueden llevar asociada mortalidad embrionaria.

Nuestro país afrontó el tema de la toxicidad de las pilas a finales de la década de los 80. Hoy podemos deshacernos de las pilas usadas en miles de contenedores especiales que los ayuntamientos han colocado en lugares estratégicos de la mayoría de las ciudades. O bien podemos acudir a muchos comercios —relojerías, ópticas, tiendas de fotografía o grandes almacenes— para depositarlas y adquirir otras nuevas.

3. El plomo

El plomo es uno de los metales más extendidos en la naturaleza, encontrándose principalmente en forma de galena, y sus aplicaciones van desde el revestimiento de los cables eléctricos a la fabricación de baterías, tuberías, tanques y aparatos de rayos X. Debido a su elevada densidad, entre otras propiedades físicas, se usa también como blindaje protector de los residuos nucleares. También se emplea el plomo en la fabricación de pinturas y pigmentos (8).

El plomo ingerido en cualquiera de sus formas es altamente tóxico. Sus efectos suelen sentirse después de haberse acumulado en el organismo durante un periodo de tiempo. Los síntomas de envenenamiento son anemia, debilidad, estreñimiento y parálisis en muñecas y tobillos. Las escamas de pinturas con base de plomo y los juguetes fabricados con compuestos de plomo están considerados como muy peligrosos para los niños, para los que el plomo resulta especialmente dañino, incluso a niveles que antes se consideraban inocuos. El plomo puede producir disminución de la inteligencia, retraso en el desarrollo motor, deterioro de la memoria y problemas de audición y equilibrio, un envenenamiento conocido por los chinos como saturnismo desde hace unos 4.000 años. En adultos, el plomo puede aumentar la presión sanguínea.

Una de las actividades más estrechamente relacionadas con este metal es la caza. Los perdigones que utilizan los cazadores y quinenes practican el tiro deportivo son de plomo. Luego los perdigones son tóxicos. Vernon G. Thomas, profesor de la Universidad de Guelph (Canadá), es uno de los más reconocidos investigadores de los efectos de este metal pesado sobre los ecosistemas y la vida salvaje y advierte del riesgo potencial que supone la acumulación de plomo en los parajes naturales (9). Thomas defiende la sustitución de los perdigones para hacer de la caza y el tiro deportivo una actividad sostenible. Según este investigador, el plomo tiene un periodo de permanencia en el medio que puede oscilar entre 100 y 200 años. Durante este tiempo, los perdigones se irán degradando e incorporando al suelo, y de éste a los animales y las plantas. A corto plazo, los animales, especialmente las aves, ingieren los perdigones y los almacenan en su buche, donde acaban degradándose y propiciando que el plomo pase a distintos tejidos. Los animales mueren a los pocos días o bien son presa fácil para sus predadores, que se aprovechan de los trastornos que les provocan. En determinadas áreas, como los humedales, hay toneladas de plomo depositadas. Así ocurre en la Albufera de Valencia, el Delta del Ebro, el Hondo y tal vez en Doñana, donde se ha verificado la contaminacion del agua, del suelo y de los alimentos.

Pese a los conocimientos que se tienen en la actualidad, el problema persiste, aunque ya hay países que están tomando una serie de medidas. En Estados Unidos, Canadá y algunos países del norte de Europa se ha limitado el uso de perdigones de plomo o incluso se ha llegado a prohibir. Pero, como dice el profesor Thomas, no tiene sentido tomar acciones si éstas son restringidas, ya que las aves realizan largos trayectos en sus migraciones, incluso entre continentes. Sólo por España transitan cerca de 50 millones de aves cada año. No tiene sentido que Holanda y Finlandia prohíban los perdigones de plomo si en Francia y España todavía se usan.

La zona de mayor riesgo en Europa es el Mediterráneo por la coincidencia de dos factores: el ser una de las rutas migratorias de mayor densidad y el hecho de que países como Grecia, Malta, Italia, Francia y España hayan soslayado el problema hasta fechas recientes. Y es que a los cazadores les cuesta creer que su actividad cause un problema ambiental grave porque tal vez no hayan visto nunca un ave muerta por intoxicación de plomo. Pero el problema existe: en España se ha documentado la muerte de cerca de 50.000 aves cada año a causa del plomo. Si no vemos el campo lleno de cadáveres es porque los predadores tienen vía libre para cazar estas aves debido a que se muestran más vulnerables como consecuencia de los efectos del plomo (alteraciones neorumusculares, debilidad, dificultades para el vuelo, cambios de conducta, desorientación y, a menudo, muerte por plumbismo). El plomo se acumula en el suelo de aquellas zonas en que está permitida la caza. Si este suelo es ácido, el plomo se degrada rápidamente incorporándose a plantas, invertebrados y pequeños mamíferos y de éstos al resto de la cadena trófica, dado su poder bioacumulativo.

Puede que falte información, en cuyo caso la Administración debe adquirir mayor protagonismo y las asociaciones de cazadores deben asumir responsabilidades y advertir a sus miembros de los peligros del plomo. De igual modo, unos y otros deben insistir en que existen soluciones adecuadas que no impiden el desarrolllo de su actividad. El primer paso sería aceptar que realmente el plomo es un problema grave. Luego, habría que explicar a los cazadores que existe munición no contaminante y que su uso no significa el fin de la caza. Hacer uso de estas alternativas puede contribuir a que la caza sea una actividad sostenible.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

(1) PCB, bifenilos policlorados (en inglés, polychlorinated biphenyls); DDT, antiguamente conocido como dicloro-difenil-etano. Aunque la fabricación de estos compuestos está ya prohibida, sus efectos aún los padecemos dado su carácter persistente y bioacumulativo. No obstante, en países del Tercer Mundo, como India, se ha seguido utilizando el DDT, por no disponer de ningún otro insecticida eficaz contra el agente de la malaria.

(2) Compuesto químicamente muy estable de propiedades altamente tóxicas y que se usa para fabricar herbicidas y agentes bacterianos. La dioxina, generada en la incineración de residuos, causa probablemente cáncer en los seres humanos, especialmente de pulmón, y daña los sistemas inmunológico y reproductivo, y ello bajo exposiciones a altas dosis durante años.

(3) El País, 08-02-1996

(4) CFC, clorofluorocarbonos. Empleados sobre todo en aerosoles, tintorerías, aislamiento y aparatos de refrigeración y aire acondicionado, los clorofluorocarbonos (cloro, flúor, carbono) pasarán tristemente a la historia como los gases causantes del deterioro de la capa de ozono. Fueron descubiertos en los años treinta como una solución buena y barata para muchos productos, que además no eran tóxicos ni explosivos. Pero en los sesenta, los científicos comenzaron a dar la voz de alarma: estos compuestos, al ser liberados y llegar a la estratosfera, dejan libre el átomo de cloro, que rompe las uniones entre los átomos de la molécula de ozono —un solo átomo de cloro puede acabar con 100.000 moléculas de ozono—, con lo cual impiden que la ozonosfera siga desempeñando su misión protectora de la vida en nuestro planeta.

(5) Se da la circunstancia de que estas partículas se depositan en la atmósfera y, bien dispersando la luz del sol o bien condensándose para formar nubes, consiguen que se reduzca la entrada de calor en la tierra. Su distribución es mucho más acusada alrededor de las grandes zonas industriales y sus concentraciones son mucho más regionales que las emisiones de CO2, aunque los efectos pueden repercutir sobre el clima global. Además de los producidos por las emisiones industriales o los tubos de escape de los coches, hay aerosoles naturales, como el polvo del desierto o la sal marina, capaces de reflejar la luz solar, con lo que reducen la energía que llega al suelo, y también alteran la composición de las nubes y acaban así potenciando su efecto reflectante de los rayos del sol. La consecuencia es que los aerosoles enfrían la atmósfera contrarrestando al menos en parte el calentamiento que producen los gases de efecto invernadero.

(6) Los expertos de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) creen que las esperanzas de que la capa pueda ser restaurada en los próximos años, tal y como fue establecido en Montreal, podrían esfumarse si uno solo de los países firmantes dejara de cumplir los compromisos acordados sobre eliminación de CFC.

(7) El País, 29 de mayo de 1999

(8) Debido al peligro de envenenamiento, ha dejado de utilizarse la pintura a base de plomo en espacios interiores.

(9) El País , 9 de diciembre de 1998

     
     

PARA SABER MÁS...

•  ARAÚJO, Joaquín: La ecología contada con sencillez, MAEVA, Madrid, 2004

•  CARSON, Rachel L.: Primavera silenciosa, Crítica, Barcelona, 2005

•  VILCHES, Amparo y GIL, Daniel: Construyamos un futuro sostenible, Cambridge University Press, Madrid, 2003

     
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