JAIME RODRÍGUEZ LAGUÍA
     
 

 

 

Biodiversidad

Cambio climático

Conocido también como “calentamiento climático”, “calentamiento global”, “caos de temperaturas” o “apocalipsis climático”, se trata del un progresivo aumento global de las temperaturas del planeta producido por una concentración elevada de gases de efecto invernadero en la atmósfera, como consecuencia, sobre todo, de la actividad humana. Pero vamos por partes. ¿Qué es el efecto invernadero? ¿Cuáles son esos gases? ¿Qué consecuencias puede tener para nosotros y el resto de los seres vivos? ¿Podemos hacer algo para evitarlo?

El dióxido de carbono es uno de los principales gases causantes de este incremento de temperaturas, pero no es el único. Otros como el metano, el óxido de nitrógeno, el ozono (producido por automóviles viejos), el vapor de agua o los CFC (clorofluorocarbonos) contribuyen a reforzar este efecto. El sistema natural del carbono es muy complicado. El carbono, elemento principal de las moléculas orgánicas, se halla presente en la atmósfera como dióxido de carbono, en la hidrosfera en forma de carbonatos y en la litosfera como rocas carbonatadas, carbón y petróleo. Las plantas son capaces de integrarlo en sus tejidos por medio de la fotosíntesis, pasando posteriormente a los consumidores primarios y secundarios, que lo devuelven a la atmósfera con su respiración, o al suelo en forma de excrementos o tras su muerte y descomposición. La actividad volcánica y la utilización por el hombre de los combustibles fósiles también contribuyen a devolver gran parte del dióxido de carbono a la atmósfera. Cada año se expulsan aproximadamente 190.000 millones de toneladas de carbono a través del ecosistema Tierra. El equilibrio se mantendría de no ser porque el hombre interviene en él expulsando aproximadamente otros 6.000 millones de toneladas a través de chimeneas, industrias y tubos de escape, aunque sólo un tercio de todas ellas se concentra en la atmósfera y contribuye al efecto invernadero y otro tercio se disuelve en el océano. Hay unos 2.000 millones de toneladas cuyo paradero es desconocido, mientras que el resto es convertido en biomasa por la naturaleza.

Esta última parte del proceso es la que ha llamado la atención de los científicos desde finales del siglo pasado, es decir, el hecho de que los gases de escape se conviertan en fertilizante para las plantas. El mecanismo es conocido: las plantas se alimentan de dióxido de carbono al tomar el aire a través de los estomas de sus hojas, pero cuanto más abren estos poros respiratorios, más agua pierden, por lo que si una planta recibe más cantidad de gas procedente de las industrias y el tráfico, tendrá ocasión de hacer más pequeños los estomas y así ahorrar agua. Como resultado, crecerá más rápido. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce.

¿Cuál es la base científica del efecto invernadero? Esta cuestión fue planteada por primera vez por el científico irlandés John Tyndall (1820-1893), colaborador de Faraday, en 1860. Joseph Fourier (1768-1830) y Samuel Langley (1834-1906) se dieron cuenta de que los gases que absorben calor presentes en la atmósfera son los que hacen posible la vida en la Tierra al elevar la temperatura global. Pero el fenómeno lo descubrieron en profundidad otros dos científicos, el sueco Svante August Arrhenius (1859-1927) y el geólogo norteamericano Thomas Chamberlin (1843-1928), unos treinta años más tarde. Arrhenius estableció en 1896 la relación cuantitativa entre la concentración de CO2 y el clima, en un artículo científico publicado en la revista Philosophical magazine. Calculó el coeficiente de absorción del CO2 y del agua, y el calor total que absorbería la atmósfera terrestre para diferentes concentraciones de CO2, así como los cambios correspondientes de temperatura. Tras decenas de miles de cálculos a mano, Arrhenius predijo un aumento de entre 5 y 6º C de temperatura para una concentración doble de CO2. A pesar de que ya había tenido lugar la Revolución Industrial, no pensó que la fuente principal del aumento del CO2 fuera la quema de combustibles fósiles, sino que podría serlo el aumento de las erupciones volcánicas. Arrhenius también se equivocó, como tendremos ocasión de comprobar, al predecir que los efectos causados por el hombre no se notarían hasta pasados 3.000 años, pero vaticinó de forma bastante correcta el papel de los aerosoles, el hielo, las nubes y los océanos en el clima.

¿Cómo funciona el efecto invernadero? Las partículas de los llamados gases de invernadero están formando una especie de envoltura, de caparazón, en la atmósfera, provocando un efecto muy parecido al que realiza el cristal de un invernadero, el cual, además de preservar del frío, mejora las condiciones de crecimiento de frutos y plantas en general. La transparencia del cristal hace posible que los rayos solares penetren en el invernadero. Consecuentemente, el suelo aumenta su temperatura. Parte de este calor se envía hacia el exterior, pero el resto de la radiación se ve frenada por el cristal, lo que hace que el interior se caliente ostensiblemente.

De igual forma, la luz del Sol penetra en la atmósfera, donde en parte es reflejada por las nubes, la nieve o el hielo —es el llamado efecto albedo (1)—, pero su mayoría es absorbida por la tierra y convertida en calor. Este calor, en condiciones normales, sería de nuevo enviado al espacio, pero la concentración de los gases citados en la atmósfera forma esa especie de pantalla que impide que el calor se escape, con lo cual vuelve a la tierra intensificándose su efecto. El vapor de agua es uno de los principales gases de efecto invernadero. A medida que el calor aumenta, la evaporación del agua de océanos, lagos y suelo es mayor, con lo que aumenta a su vez la retención de vapor de agua. En consecuencia, el calentamiento producido por el efecto invernadero también será mayor. El vapor de agua sólo permanece en la atmósfera unos ocho días, pero continuamente se está regenerando.

Cambio climático

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Energías renovables

 
Reducción de la pobreza  
Rincón del desarrollo sostenible  
Página de inicio  
 
Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático
 
 
 
 
 
“Conviene comenzar a considerar como injusto que tan sólo unos pocos países del mundo, los que albergan a esa quinta parte de la humanidad agraciada por el desarrollo económico, dañe en un 80% a la atmósfera, incuestionable patrimonio común de todos.” (Joaquín Araújo, naturalista y divulgador de la naturaleza, 1996)
 
Opiniones
La impotencia de la ONU, Joaquín Nieto
 
No diga calentamiento global, Sergio Alonso
 

Web de la XV Cumbre
 
El retroceso de Copenhague, Sami Naïr
Una Autoridad Mundial sobre el Clima, José Ignacio Torreblanca
 
Desdeñemos tanto desdén, Joaquín Araújo
 
 
 
 
 
 
 
   
 
 

Frente a una grave emergencia

El 7 de diciembre de 2009, día en que comenzó la XV Cumbre de Conpenhague sobre el Clima, 56 periódicos de 45 países decidieron publicar un editorial conjunto movidos por la grave emergencia a la que se enfrenta la humanidad.

 
Boletín nº 56 de 5 de noviembre de 2010
   
   
Especial Cumbre de Conpenhague
 
EL PAÍS
 
EL MUNDO
ABC
 
 
 
Conversaciones con la Tierra
Indígenas del mundo muestran los efectos del cambio climático
Las amenazas contra el clima
 
 
   
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

MOVIMIENTO 10:10

Una campaña nacida a finales de 2009 en Reino Unido con el objetivo de reducir un 10% las emisiones de CO2 con acciones personales

   
   
   
   
   
   
   
   
   
   

De hecho, si la Tierra no dispusiera hoy de ningún invernadero gaseoso para retener el calor, la temperatura media de la superficie sería de -19º C, es decir, 33º C más baja que la media actual. El efecto invernadero es, pues, fundamental para la vida en el planeta desde que las primitivas bacterias fotosintetizadoras (las cianobacterias o algas verde-azuladas) comenzaron a utilizar el carbono del CO2 del aire para construir sus cuerpos. Con ayuda de los metanógenos (o descomponedores), que absorben los restos de las plantas muertas y los convierten en dióxido de carbono y metano, y los primeros consumidores, que son capaces de obtener energía de la combustión interna y lenta de los alimentos y del oxígeno, estabilizaron la concentración de CO2, permitiendo así la creación de un medio ambiente habitable.

El problema es que cuanto mayor sea la concentración de CO2, el calor “atrapado” también será mayor y, por tanto, la Tierra se calentará más. Este fenómeno nos permite venir observando que, en los últimos años, los inviernos parecen otoños, las primaveras pasan desapercibidas porque en seguida empiezan los calores, y los veranos son cada vez más cálidos y secos. El año más cálido en España fue 2006, seguido de 1995 y 2003. Cuatro de los diez años más cálidos se producen a partir del año 2000. Las predicciones de futuro no son demasiado optimistas: de seguir así, las temperaturas crecerán entre 1,4 y 5,8ºC de aquí 2100, cifra ésta última que puede confirmar los cálculos de Arrhenius. Es importante resaltar que a lo largo de la historia hemos experimentado varios cambios climáticos, como el que permitió a los vikingos alcanzar y cultivar las verdes tierras de Groenlandia allá por el siglo X. Lo que pasa es que ahora existe la evidencia (de un 90% según el informe 2007 del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático, IPCC) de que está siendo causado por la acción humana.

Y lo peor de todo es que hacemos poco para cambiar la situación. Se calcula que desde el comienzo de la era industrial los niveles de CO2 en la atmósfera han pasado de 280 a 350 ppm (partículas del gas por millón de partes de aire), y sigue aumentando. Este nivel no se ha alcanzado en los últimos 420.000 años, y probablemente tampoco en los últimos 20 millones de años. El CO2 es el responsable del 60% del calentamiento observado desde 1850, aumentando desde entonces un 0,3% cada año. De mantenerse esta tendencia, en el año 2060 se alcanzará el doble de los niveles preindustriales y a finales del siglo XXI podría ser incluso cuatro veces mayor.

¿Cuáles pueden ser las consecuencias del calentamiento climático? Greenpeace, en su informe Impactos evidentes. ¿Ya está aquí el cambio climático?, pone un ejemplo perfecto para comprender el problema de calentamiento que sufre la Tierra: “Una rana que cayera en un cazo con agua caliente saltaría inmediatamente hacia afuera. Pero se cuenta que si una rana estuviera dentro de un cazo de agua fría que se fuese calentando lentamente, la rana seguiría dentro. Y cuando el agua estuviese caliente, la rana continuaría dentro. No sentiría el peligro porque éste aumentaría poco a poco. Cuando el agua hirviese, la rana seguiría dentro. Muerta”. La asociación ecologista cree que la Tierra es el cazo y los humanos la rana.

Las consecuencias de este fenómeno pueden ser sumamente graves, aunque los expertos todavía no se han puesto de acuerdo sobre las mismas. No obstante, se ha comprobado que durante el último gran periodo cálido (hace unos 120.000 años) la temperatura global en Europa, Asia y Norteamérica era dos o tres grados superior a la actual. En el sur de Inglaterra vivían animales que hoy sólo encontramos en la zona tropical. La actual tundra siberiana se hallaba cubierta de frondosos bosques y el nivel del mar se encontraba entre cinco y siete metros más alto. Sin embargo, el Worldwatch Institute traza un panorama negativo. El calentamiento global, la disminución de cosechas y un aumento de la demanda de alimentos pueden tener unas consecuencias difíciles de prever. Según el ecólogo Brian Walker (2), el proceso de cambio climático está íntimamente ligado al desarrollo industrial y a la agricultura extensiva. La suma de ambos, unida a la deforestación creciente del planeta y a la búsqueda de mayores y más inmediatos recursos alimenticios para una población creciente, obliga a una profunda reflexión.

Estos datos, no obstante, junto con fenómenos extremos como inundaciones o sequías, son continuamente obviados por los científicos por considerarlos irrelevantes, ya que el aumento de las temperaturas podría estar dentro de la variabilidad del clima (3). Ellos tienen otros indicios mucho menos espectaculares a corto plazo, pero mejores para calibrar la tendencia del clima a largo plazo. Así, por ejemplo, los glaciares en el Pirineo están disminuyendo de tamaño y se retiran hacia las cumbres. Por otra parte, el tiempo cálido acelera el metabolismo de los insectos: crecen más deprisa, se reproducen con más frecuencia y emigran antes. En ciertas tortugas, la elevación térmica ha favorecido que haya más hembras que machos. También en las tierras del Círculo Polar Ártico, en Alaska, algunas especies vegetales están invadiendo franjas antes congeladas porque las raíces encuentran terreno que ahora está húmedo en vez de helado. La tundra siberiana es el ecosistema que mejor resume los efectos del cambio climático. Las imágenes del satélite muestran cómo en buena parte de Siberia está avanzando el bosque boreal y que la fina capa de hielo que recubre esta amplia zona del planeta tiende a retroceder a causa del aumento de temperaturas. En todas las regiones septentrionales hay más bosques ahora que hace un siglo, debido en parte al abandono de tierras de cultivo, pero también al aumento de temperatura. El papel que desempeña la tundra siberiana es tan importante o más que el de la selva amazónica o los océanos como sumideros de CO2.

Los sumideros son áreas donde se capta el dióxido de carbono atmosférico. Cada año la actividad humana libera unos 7.000 millones de toneladas de carbono (en forma de CO2) a la atmósfera, que se suman a los 750.000 millones de toneladas ya existentes. Sin embargo, sólo en torno a la mitad de nuestras emisiones (unos 3.000 millones de toneladas anuales) permanece en el aire. El resto es absorbido por las plantas terrestres y marinas (4), enterrado en los sedimentos oceánicos, absorbido por el agua de mar o retenido de alguna otra manera. De esta cantidad de carbono “desaparecido”, al parecer van a parar a los océanos un mínimo de 2.000 millones de toneladas cada año. La mayor parte del carbono se encuentra, por tanto, en los océanos; allí hay 50 veces más que en la atmósfera. Este carbono se encuentra repartido por todas las aguas, tanto profundas como superficiales, y debemos tener en cuenta que la exposición de las aguas profundas a la suferficie, que es donde se realiza el intercambio con la atmósfera, puede llevar varios siglos, lo cual es demasiado tiempo para reducir la acumulación de carbono. Los océanos son capaces de almacenar calor y transportarlo a miles de kilómetros por medio de las corrientes marinas, pero su papel como sumideros de CO2 es objeto de continua revisión (5), pues hay estudios que parecen demostrar la existencia de un equilibrio en el balance de emisión y absorción de los ecosistemas marinos a escala global. Tradicionalmente estos sumideros se han encargado de regular el equilibrio entre la emisión de este gas a la atmósfera y su captación (las plantas, por ejemplo, lo consumen para la fotosíntesis). Este equilibrio se ha roto por la gran cantidad de gases emitidos y la cada vez menor capacidad de absorción. Hoy día se estima que sólo puede absorberse una tercera parte de los gases emitidos. La deforestación, los incendios y el avance de las tierras de cultivo hacen el resto. El problema, por tanto, es cómo medir con rigor la capacidad de los sumideros y, además, qué bosques lo son.

Otro dato espectacular lo constituye el desprendimiento de un tramo del hielo antártico a principios de 1995: con una extensión de unos 1.500 kilómetros cuadrados (tan grande como la isla de Mallorca) y un espesor de unos 200 metros, este bloque alberga aproximadamente unos 300.000 millones de litros de agua dulce, el consumo de la ciudad de Buenos Aires en medio siglo. Desde entonces, la superficie de hielo antártico ha venido disminuyendo paulatinamente.

Los cambios en el mar, por pequeños que sean, pueden afectar al clima en periodos tan cortos de tiempo como una década. Las últimas investigaciones demuestran que los periodos de extrema sequía o de precipitaciones prolongadas que afectan al este y sudeste de la Península Ibérica se producen siempre entre tres y veinte meses después del inicio de los fenómenos cíclicos de calentamiento o enfriamiento climático característicos del área meridional del Océano Pacífico, conocidos, respectivamente, como El Niño y La Niña, aunque para ellos es necesario que tengan una gran intensidad, lo cual sucede cada 10-15 años. Ambos fenómenos se alternan con una periodicidad de entre tres y siete años, provocando un notable aumento o descenso, respectivamente, de las temperaturas de la zona. El Niño es el nombre que reciben las corrientes marinas que periódicamente calientan el Pacífico occidental —fenómeno asociado a la oscilación de las presiones atmosféricas entre Tahití y Darwin (Australia)— afectando al tiempo atmosférico de zonas tan dispares como Indonesia, Filipinas, Nueva Guinea, Norteamérica e incluso el África sub-sahariana. En condiciones normales, la corriente cálida del Pacífico se desplaza de Este a Oeste, provocando lluvias tropicales en el sudeste asiático, el clásico monzón mientras que hay aguas frías en la costa suramericana. Lo que hace El Niño es cambiar el sentido de la corriente cálida desde Australia e Indonesia hacia las costas americanas, bajando la presión atmosférica en el Este y subiendo en el Oeste. El viento cambia también de sentido y el régimen normal de lluvias queda totalmente alterado. La Niña, por su parte, consiste en un enfriamiento anormal de las aguas ecuatoriales del Pacífico y provoca consecuencias contrarias a las de El Niño: donde llueve, diluvia; donde hay escasas precipitaciones, sequía. Fenómenos como el huracán Mitch, que arrasó Centroamérica a principios de noviembre de 1998, o el Katrina, que asoló el sudeste de Estados Unidos en 2005, están empezando a ser cada vez más frecuentes.

Resulta curioso constatar que unos países, sobre todo los situados al norte del Ecuador, se ven afectados en forma de sequía e incendios interminables, mientras que otros, los del sur, lo son en forma de tormentas e inundaciones. Esta situación habitualmente se produce de octubre a primavera o de enero a mayo. El cambio climático, conocido ya en la época de los conquistadores españoles (6), se aprecia de modo especialmente dramático en las costas de Chile, Perú y Ecuador, países que acuñaron la denominación del fenómeno a raíz de su frecuente aparición a finales de diciembre, coincidiendo con la Navidad. La actividad pesquera de estos países se ve notablemente afectada ya que los bancos de peces desaparecen buscando aguas más frías. Ello es debido a los cambios provocados por El Niño, con aumento de la temperatura del agua y aumento de oxígeno. A esta situación se añaden paisajes devastados, epidemias incontroladas, flora y fauna amenazadas y migraciones masivas. Al otro lado del Pacífico ecuatorial también se perciben sus efectos, con inundaciones, sequías, incendios forestales, desabastecimiento de aguas y efectos adversos sobre la producción agrícola y pesquera y sobre la salud. En su desplazamiento hacia el Atlántico, el Niño compite con otra oscilación dominante entre Irlanda y las Azores, influyendo directa o indirectamente en el clima europeo, aunque no se ha demostrado que influya en la deforestación. Probablemente se le está dando demasiada importancia a este fenómeno porque el Atlántico no es suficientemente grande para que haya los contrastes de temperatura necesarios para que se produzca El Niño, que es exclusivo del Pacífico. Los científicos, por su parte, advierten que este fenómeno podrá ser más frecuente y de efectos probablemente más intensos en el futuro. El problema es que se puede predecir muy bien la evolución de El Niño una vez que ha comenzado, cuando se manifiestan los primeros signos, pero no se pueden anunciar antes de que empiece.

Es lógico, pues, que se desate la alarma mundial: según la ONU, el nivel del mar puede subir hasta 6 cm por decenio por la expansión del agua al calentarse y por la fusión de glaciares y casquetes polares. Los científicos creen que el deshielo es uno de los primeros síntomas del calentamiento climático inducido por el hombre, algo que se ha repetido machaconamente durante los años 90, una de las décadas más calientes. Predicen que hasta una cuarta parte de los glaciares de montaña puede desaparecer hacia 2050 y la mitad hacia 2100. Desde finales de los años sesenta la cubierta de hielo y nieve ha disminuido en un 10%, y es probable que muchos ríos y lagos del hemisferio norte pasen helados dos semanas menos que a principios del siglo XX. La mezcla de agua dulce y salada en cantidades tan descomunales puede influir en las corrientes oceánicas naturales. Pero la importancia de este fenómeno va más allá. La superficies heladas del planeta desempeñan un papel destacado en el equilibrio global. Por una parte, son como un gigantesco espejo que refleja parte de la radiación solar, y por lo tanto tienen un efecto refrigerante. Por ello, si la superficie de los hielos disminuye, se reflejará menos radiación solar, con el consiguiente efecto de calentamiento. Por otro lado, el deshielo contribuye a la subida del nivel del mar predicha por los científicos, lo cual supone un gran impacto, no sólo porque el mar inundará muchas zonas costeras, sino porque también afectará a la agricultura y al suministro de agua potable para millones de personas que viven en zonas cercanas al mar.

El nivel global de los océanos está subiendo 3 mm al año, según las mediciones realizadas por el satélite franco-estadounidense Topex-Poseidon. La subida global del nivel del mar predicha por el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC) —organismo asesor de Naciones Unidas para el clima— para el próximo siglo se sitúa entre 15 y 95 centímetros. Otras estimaciones señalan que el nivel de los océanos subirá entre 5 y 12 cm entre 2020 y 2050. Pero el sistema climático tiene tal inercia que, aunque se cumplieran al pie de la letra las reducciones necesarias y cesaran las emisiones después de 2020, el nivel del mar subiría de 14 a 32 cm entre 2050 y 2100. De cualquier forma, el rigor científico impide considerar como definitiva ésta y otras mediciones, pero si la subida continúa, puede ser una prueba contundente de la tendencia a largo plazo al calentamiento de la Tierra, probablemente relacionado con el aumento de los gases de efecto invernadero. Se ha llegado a estimar que el derretimiento de todo el hielo antártico produciría un aumento del nivel del mar de unos 509 metros, lo que supondría un importante descenso de la salinidad de los mares. Esta circunstancia, unida al enfriamiento de las aguas, tendría efectos letales sobre la fauna. Grandes zonas costeras quedarían inundadas: los grandes deltas del mundo (Egipto, Bangladesh, Vietnam, Pakistán, Nigeria) desaparecerían, lo cual podría crear problemas de supervivencia, ya que ello obligaría a desplazarse a más de 25 millones de personas. En España, las zonas con mayores riesgos son el delta del Ebro y el Mar Menor en Murcia (7). Los países menos afectados por la subida sufrirían la presión de esas masas de población emigrante. Por otro lado, el calentamiento agudizaría la desertización: el hambre se puede duplicar.

No obstante y a pesar de la enorme psicosis que ha despertado el problema del calentamiento global, hay científicos que toman todas las precauciones posibles a la hora de buscar una interpretación al mismo. Philip D. Jones y Tom M.L. Wigley, climatólogos de la Universidad de Anglia Oriental en Norwich (Reino Unido), publicaron un extenso y minucioso artículo en el número 169 de la revista Investigación y Ciencia (octubre 1990), en el que ponían en duda la validez de las predicciones, al considerar que los modelos realizados son simplificaciones bastantes toscas de la enorme cantidad de complicados procesos que se desarrollan en la atmósfera y en los océanos. Dichos modelos, dicen, no pueden demostrar que las emisiones de gases de invernadero vayan a alterar apreciablemente el clima terrestre. Jones y Wigley sostienen que “las causas del calentamiento global son menos patentes que el propio calentamiento. Aunque el observado concuerda con el efecto invernadero, otros factores, que van desde las erupciones volcánicas hasta las corrientes oceánicas, influyen sobre el clima y lo enmascaran”.

Las variaciones del albedo planetario y, por supuesto, las emisiones industriales intervienen directa o indirectamente en el cambio climático. En noviembre de 1995 la ONU emitió un polémico informe en el que por primera vez se reconocía la responsabilidad del hombre sobre el calentamiento de la Tierra con una frase que se hizo famosa: “El balance de las pruebas sugiere que existe una influencia humana apreciable sobre el clima global”. Que existe resulta innegable, está cada vez más clara e incluso puede que haya sido el factor dominante en el calentamiento global de las últimas décadas del siglo XX. Pero lo difícil es encontrar una explicación global válida. Es muy posible que las dudas asociadas al efecto invernadero, agravadas por la peligrosa politización del problema, irán cayendo en los próximos decenios gracias al perfeccionamiento de los modelos y a la recopilación exhaustiva de nuevos datos, lo que conducirá a mejores predicciones del cambio climático. Para el IPCC ya no quedan dudas sobre la responsabilidad del hombre en el calentamiento de la Tierra, y señala que un tercio de las emisiones de dióxido de carbono se atribuye a la quema de combustibles fósiles, y el resto a la deforestación. Es muy probable que en los próximos años el nivel de precisión en estos datos vaya en aumento.

Probablemente, la más perjudicada por el fenómeno que estamos analizando será la agricultura, y eso que las prácticas agrícolas actuales favorecen la mayor presencia de CO2. Algunas zonas ya se han hecho más áridas, con lo que aumenta el riesgo de que se conviertan en desiertos. Pero en otras se está registrando un aumento de la pluviosidad, lo que, unido a la falta de arbolado, hace que se acelere la erosión y, por lo tanto, la pérdida de tierra cultivable, lo cual coincide con un serio incremento en la demanda internacional, con China a la cabeza. Posiblemente en las altas latitudes del hemisferio norte, donde ahora los cultivos están restringidos por el clima, se produzcan incrementos del rendimiento de las cosechas. Por cada grado que aumente la temperatura el límite térmico para la agricultura, que ahora pasa por Escocia, el sur de Escandinavia y el norte de Moscú, se desplaza 500 kilómetros. Por el contrario, en las zonas ahora templadas un aumento de temperatura puede suponer sobrepasar la capacidad de resistencia de las plantas. El aumento de la evaporación empeora la situación para las cosechas, por lo que convendría que zonas como el sur de Europa se fueran preparando para unas condiciones de sequía mayores.

Por otra parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS), en colaboración con la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y el Programa de la ONU para el Medio Ambiente, advierte de las consecuencias para la salud de los tres principales componentes del cambio climático: los cambios de temperatura y precipitaciones, los cambios en la frecuencia de las olas de calor y otros fenómenos atmosféricos extremos y el aumento del nivel del mar. Sin esperar a que se consigan pruebas empíricas de dichas consecuencias, el informe señala que los efectos más inmediatos los originarán las olas de calor, las tormentas y las inundaciones, y los menos directos se deberán a las consecuencias socioeconómicas del deterioro medioambiental. En cualquier caso, se puede esperar un aumento de la incidencia de la malaria de un 25% si se produce un calentamiento de tan sólo 3 ºC; también será mayor la incidencia de dengue, fiebre amarilla, paludismo, leishmaniasis, hantavirus, mal de Chagas y cólera. Del mismo modo es probable un aumento de serios problemas de salud relacionados con temperaturas excepcionalmente altas en algunos sitios. De hecho, enfermedades que hasta ahora sólo se daban en latitudes tropicales, pueden empezar a aparecer en territorios inaccesibles para sus vectores de infección.

¿Qué podemos hacer? Prevenir y estar preparados es lo primero.El cambio climático ya es inevitable. Por tanto, nos quedan dos posturas ante el problema: mitigar sus efectos y adaptarnos a él. Los expertos mundiales sobre Cambio Climático del IPCC afirman que el cambio climático puede ser controlado mediante la adopción de diversas estrategias, siempre y cuando los políticos se decidan a implementarlas, ya que en la actualidad se dispone de la tecnología necesaria para estabilizar el crecimiento de los gases que provocan el efecto invernadero. No tenemos una solución mágica, pero se pueden aprovechar las estrategias políticas para hacer frente al problema, aunque la mayor parte de los gobiernos del mundo no son capaces de tomar decisiones. El mejor aprovechamiento de los combustibles, la extensión de fuentes de energía renovables, hacer más eficientes los sistemas de transporte y el consumo energético de edificios y la transferencia de tecnología a los países en vías de desarrollo se perfilan como algunas de las medidas más urgentes.

Algunos países, los desarrollados, entienden que tener a raya a los gases de efecto invernadero exige tomar una serie de medidas que atacan a la base misma de la industrialización, por lo que se oponen a este tipo de medidas por considerar que van contra su desarrollo. Sin embargo, la reducción en los niveles de emisión de CO2 incluye una serie de beneficios considerables: menos lluvia ácida, menos daños a la salud y a los ecosistemas por la contaminación del aire local, mejor seguridad energética y un menor déficit de la balanza de pagos gracias a una reducción de las importaciones de petróleo extranjero. No obstante, una solución mejor sería que los países desarrollados cumplieran parte de su cuota de reducción de las emisiones financiando reducciones mayores en los países en desarrollo que utilizan métodos poco eficaces de producción de energía. Por eso, inversiones de este tipo constituyen una forma eficaz de transferir recursos para el desarrollo.

Las sucesivas Cumbres Mundiales sobre el Clima (Berlín-95 y Kyoto-97) no fueron capaces de poner fin a las dudas acerca de una posible solución al problema. En el Protocolo aprobado en Kyoto 171 países afrontaban la situación planetaria y se proponían alcanzar las cifras de emisión de gases de efecto invernadero de 1990 entre 2008 y el 2012. Para ello, los países desarrollados se comprometieron a reducir sus emisiones de seis gases de efecto invernadero en un 5,2% global, con niveles diferentes de recorte de emisiones: así, Estados Unidos podría reducir un 7%, Japón un 6% y la Unión Europea un 8% (8). Pero de las maratonianas discusiones de esta Cumbre se desprendió la posibilidad de compra por parte de los países ricos de los derechos de emisión pertenecientes a los países pobres. Por otro lado, se permitía una curiosa paradoja en la Unión Europea: mientras unos países como Luxemburgo o Alemania asumen su compromiso de reducir un 30 o 25% sus emisiones, respectivamente, otros tendrán la facultad de aumentarlas; es el caso de Portugal (+40%) o España (+17%). Los defensores de esta situación se basan en la llamada burbuja europea o comunitaria, una solidaridad mal entendida por la que pretenden adquirir compromisos colectivos y luego repartir esfuerzos para cumplirlos o tener excusas para no hacer nada. El argumento que esgrime España, por ejemplo, es que, como país menos desarrollado que otros, es menos responsable del problema. Así, llegó a emitir más de un 45% más que en 1990, cantidad que ahora ha descendido al 34%.

En 1998, los países presentes en la cumbre del clima de Buenos Aires trataron de aprobar objetivos de reducción de emisiones jurídicamente vinculantes y establecer las normas para alcanzar dichos objetivos, pero quedaron aparcados hasta el año 2000. Estas normas son sumamente importantes porque debían afectar los costes económicos de la reducción de emisiones en los próximos decenios, así como las deliberaciones sobre los compromisos futuros que deben asumir tanto los países desarrollados como en desarrollo. Buenos Aires fue escenario de una propuesta consistente en conceder de forma equitativa derechos de emisión de dióxido de carbono para todos los países, pero autorizando el máximo crecimiento para los países pobres. El mercado, según esta propuesta, debe tender hacia las energías sin carbono, lo cual beneficiará a los países del Norte en el plano comercial, y después a los del Sur gracias a la bajada de costes.

Otra asignatura que se dejó pendiente en Kyoto fue la del comercio de emisiones, por el que un país que no emite a la atmósfera su cuota correspondiente, puede vender a otros estados más industrializados su excedente. La cuestión a debatir es si se impone un tope máximo a la utilización de este mecanismo. Uno de los más interesados en este comercio es Estados Unidos, con un 36% del total de emisiones. No obstante, hubo acuerdo sobre la necesidad de apoyar la investigación y mejorar los sistemas de observación y control del clima, así como en lo referente a la transferencia de tecnologías y de información: de nada sirve que los países en vías de desarrollo reciban tecnología para reducir sus emisiones de gases o sistemas de producción menos dañinos con el entorno si no saben utilizarlos. Es lo que se llamó "mecanismo para el desarrollo limpio".

Otro medio urgente para evitar el cambio climático es la reforestación y la preservación de las grandes masas verdes —en un minuto se destruyen suficientes selvas tropicales como para llenar cincuenta estadios de fútbol—, ya que plantas y árboles absorben dióxido de carbono para realizar su función clorofílica, además de proteger el suelo y los recursos de agua. Y es que la cantidad de CO2 absorbido en la fotosíntesis es mayor que la producida en la respiración, cosa que hasta ahora no se había podido demostrar científicamente. Lo han hecho investigadores de Brasil, Reino Unido y Australia en la selva amazónica. Descubrieron, por ejemplo, que las plantas trabajan más en el proceso de la fotosíntesis en las primeras horas de la mañana y que a las cuatro de tarde el sistema se encuentra en equilibrio (la respiración y la fotosíntesis se contrarrestan), mientras que luego la emisión por respiración es lógicamente mayor. Se ha demostrado incluso que las plantas pueden no sólo absorber el exceso de CO2 en la atmósfera, sino trasvasarlo al agua subterránea, donde puede permanecer almacenado durante miles de años. Si se diera el caso, por ejemplo, de que la Amazonia fuese totalmente deforestada, se lanzarían a la atmósfera cerca de 50.000 millones de toneladas de carbono por año. Los seres vivos no soportarían esas dimensiones y probablemente tendríamos que enfrentarnos ante una nueva extinción masiva de especies. Si se tala un bosque para transformarlo en pastizales o cultivos, el sumidero de CO2 se convierte en fuente de metano. Otros investigadores recuerdan cosas tan curiosas como que cuando se destruye un bosque, a efectos de las emisiones que ello supone, lo importante es si se quema o no. Si la madera se emplea para hacer muebles, por ejemplo, una parte importante del carbono quedará en ella (9).

Algo tenemos que hacer. Nuestra no tan humilde contribución debe basarse en reducir al máximo el uso del automóvil para que disminuyan los gases de escape: un coche de 2.000 cc o más consume siete veces más que un autobús y el doble que un avión, con relación al número de personas que viajan en él, emitiendo 20 kilos de dióxido de carbono cada 100 kilómetros. Por eso, desde los hogares y las escuelas debemos fomentar el uso del transporte público o, mejor aún, de la bicicleta. Una buena motivación podría ser el experimento del calcetín viejo en el tubo de escape de un coche: al cabo de poco tiempo aparece sucio de algo que normalmente escapa a nuestra vista. A partir de ahí, podemos imaginar lo que ocurriría con los tubos de millones de coches durante horas y horas todos los días.

También podemos recurrir a otro tipo de medidas cuya aplicación no es tan complicada como parece: instalación en casa de lámparas de bajo consumo, incrementar la eficacia de los puntos de luz en el sector servicios (oficinas y comercios), solventar los problemas de aislamiento que hay en nuestras casas, con medidas como el doble acristalamiento o el aislamiento térmico... Las Administraciones de todos los países deben fomentar y promocionar estas actitudes así como el uso de las energías renovables.

Ahora tenemos una nueva oportunidad en Copenhague, una cumbre calificada como festival mediático donde los políticos tendrán ocasión de chupar cámara y tomar decisiones que luego probablemente caigan en saco roto. Hasta 192 países se reúnen para superar demasiadas dificultades para llegar a acuerdos. No debe ser nada fácil encontrar un punto medio entre la voluntad de los países ricos y la de los pobres. Para empezar, la Unión Europea se ha puesto seria y exige a Estados Unidos más ambición. El país más contaminante del mundo (en términos per cápita) ya ha sido capaz de reconocer que las emisiones de gases invernadero constituyen un serio peligro para la salud. Pero su propuesta no va más allá de recortar el 17% de emisiones para 2020 con respecto a 2005. Por su parte, los países en vías de desarrollo lograron una prórroga del protocolo de Kyoto, cuyo primer periodo de cumplimiento terminaba al final de 2012, y que no les obligaba a nada (tampoco afectará a Estados Unidos, ya que no lo ha firmado). Un primer borrador de acuerdo contempla la posibilidad de reducir hasta 2050 entre un 50 y un 95 % las emisiones de CO2 con respecto a 1990, pero China se niega a que exista un sistema transparente de declaración de emisiones por considerarlo una intromisión en su política interna. La Unión Europea acordó aportar 7.200 millones de euros hasta 2012 a los países en vías de desarrollo para que luchen contra el cambio climático. Finalmente, se llegó a un acuerdo de mínimos entre cinco, Estados Unidos, China, India, Brasil y Suráfrica, según el cual los países en desarrollo realizarán su propia "medición, declaración y verificación de sus emisiones", pero a la vez aceptan un sistema de "consultas y análisis internacionales bajo unas guías claras que asegurarán que se respeta la soberanía nacional". En otras palabras, que cada uno podrá hacer lo que quiera. En términos cuantitativos, los topes de emisiones se quedan lejos de los inicialmente previstos (18% para los países desarrollados en 2020) y se fija el compromiso de limitar la subida de la temperatura del planeta a dos grados (ver Claves del pacto). Con estos mimbres será difícil alcanzar acuerdos vinculantes.

Cabe preguntarse de qué sirve una cumbre de estas cuando en Bali (2007) los que mandan se comprometieron a lograr un acuerdo satisfactorio para todos en Copenhague y no han cumplido. Por otro lado, es preciso cuestionarse si es necesario dedicar tantos días de reuniones cuando todo se decide en las últimas horas, y además no sirve para mucho. Decepción, desastre, fracaso, fiasco... son palabras que iban de boca en boca de todos los asistentes a la cumbre. Lo que parece claro es que, mientras ellos juegan a ver quién dice el mensaje más llamativo, nosotros no podemos quedarnos esperando sin hacer nada, ni dejarnos abatir por el desánimo. Y no olvidemos que hay otra medida que podemos y debemos tomar como ciudadanos: exigir a los que nos gobiernan que cumplan con los compromisos que adquieren en nuestro nombre.

 
     

(1) Las últimas investigaciones indican que, como media, las nubes tienden a enfriar el sistema climático porque absorben mucha más radiación solar de lo que se creía, radiación que no llega al suelo. Si se calienta la atmósfera por el efecto invernadero inducido por los gases como el CO2 y aumentan las nubes por el aumento de la humedad en la atmósfera por evaporación de los océanos, este aumento desacelerará probablemente el ritmo de calentamiento.

(2) El País, 1-4-98. Walker sostiene, entre otras cosas, que en el problema del cambio climático se dan intereses económicos y sociales: si el clima cambia, lo hace también la producción agrícola. El clima influye en la economía y sus cambios son simultáneos a los de los mercados. Pero mientras el cambio climático resulta beneficioso en latitudes septentrionales del planeta, con mayor presencia de verde, más bosques y un clima más suave, en el sur provocará una pérdida de biodiversidad y de tierras de cultivo, con lo que los ricos serán más ricos y los pobres más pobres.

(3) No se puede negar, a pesar de todo, la cuestión del cambio climático. Jim Shuttleworth, experto en clima de la Universidad de Arizona (USA), señala que los cambios en las lluvias pueden tener efectos enormes sobre las actividades y las infraestructuras humanas, mucho mayores que el aumento en uno o dos grados en las temperaturas medias globales. Las variaciones en las precipitaciones pueden suponer inundaciones mayores y también sequías más duras y prolongadas. La incertidumbre científica no disminuye el riesgo, sencillamente dificulta su identificación. Aunque no se ha medido con exactitud la responsabilidad de la actividad humana en el posible cambio climático, los estudios más fiables indican que hacia el año 2030 las temperaturas medias de la Tierra serán dos o tres grados más altas que ahora y que en el 2090 el incremento podría llegar a los cuatro grados. Esto no deja de tener su importancia si tenemos en cuenta que el periodo conocido como “la pequeña edad del hielo”, una época anormalmente fría que alcanzó su máximo entre 1.570 y 1.730, obligó a muchos campesinos europeos a abandonar sus campos como consecuencia de una variación de 0,5º en la temperatura media del planeta.

(4) A lo largo de su vida, algunos árboles son capaces de absorber más de 28.000 metros cúbicos de CO2 de la atmósfera, transformándolo en madera, y liberar más de 28.000 metros cúbicoa de oxígeno.

(5) El almacenamiento de carbono por los océanos tiene su lado negativo, ya que el agua se está haciendo cada vez más ácida (un 30% más desde el comienzo de la Revolución Industrial), un fenómeno que se conoce desde el siglo XVIII y que afecta a la calcificación de los corales y puede llevar a su desparición a finales del siglo XXI. Pero también afecta a otros elementos de la cadena alimentaria, como moluscos y crustáceos, así como al fitoplancton y el zooplancton, que son el alimento básico de muchos peces.

(6) Los incas lo llamaban “timpu llatu”, que significa tiempo caliente, o “guaico”.

(7) Los últimos datos confirman un aumento de temperaturas de 2,5ºC hacia el año 2050 en España, acompañado por una mayor sequía (las precipitaciones descenderán un 10% y la humedad un 30%) y un incremento de entre 6 y 9 centímetros en el nivel del mar, lo cual hará peligrar muchas de nuestras playas turísticas.

(8) Algunos países como Alemania, Francia y Holanda tardaron sólo un año en darse cuenta de que no podrían cumplir los compromisos adquiridos en el seno de la UE para alcanzar conjuntamente el acuerdo internacional sobre cambio climático. Además, el 5,2% dejó insatisfechos a los ecologistas, mientras que los científicos advertían que haría falta una reducción del 30% para atenuar realmente el cambio climático.

(9) Los últimos estudios científicos parecen demostrar que las hojas muertas y otros restos de las plantas que se acumulan en el suelo almacenan hasta un 30% más de carbono que los vegetales vivos. La cantidad de materia vegetal muerta depende más de la tasa de producción de las plantas, es decir, de su tasa de crecimiento, que de la cantidad de producción. Por ello, la tendencia hacia la sustitución de la vegetación de crecimiento lento por otra de crecimiento rápido a escala planetaria podría liberar una gran cantidad de carbono orgánico, contribuyendo a aumentar la concentración de CO2 en la atmósfera y, por tanto, a acelerar el efecto invernadero. Como el planeta es cerrado a efectos de balance del carbono, lo que no está en el suelo está en el aire. Por la propagación de cultivos, el cambio de bosques por pastizales y, en general, por los procesos de sustitución tanto en los sistemas naturales como en los explotados artificialmente, la cantidad de carbono en el suelo y en el océano disminuirá hasta un 30% a escala global.

 

PARA SABER MÁS...

•  AEDENAT: Vivir mejor, destruir menos, Fundamentos, Madrid, 1991

•  DELIBES, Miguel y DELIBES DE CASTRO, Miguel: La tierra herida, Destino, Barcelona, 2005

•  JONES, Philip D. y M. L. WIGLEY, Tom: Tendencias hacia el calentamiento global, Investigación y Ciencia, nº 169, octubre, 1990

•  FAGAN, Brian M.: El largo verano, Gedisa, Barcelona, 2007

•  FAGAN, Brian M.: La pequeña Edad de Hielo, Gedisa, Barcelona, 2008

•  FLANNERY, Tim: La amenaza del cambio climático. Historia y futuro, Taurus, Madrid, 2006

•  GORE, Al: Una verdad incómoda, La crisis planetaria del calentamiento global y cómo afrontarla, Gedisa, Barcelona, 2007

•  SARTORI, Giovanni y MAZZOLENI, Gianni: La Tierra explota. Superpoblación y desarrollo, Taurus-Santillana, Madrid, 2003

•  TOHARIA, Manuel: El clima. El calentamiento global y el futuro del planeta, Debate, Madrid, 2006

•  VILCHES, Amparo y GIL, Daniel: Construyamos un futuro sostenible, Cambridge University Press, Madrid, 2003

     

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